VISTIENDO LA PIEL DE UN DIOS


Se siente reconfortado en parte. Era un tipo duro. Eso creía él. Se sentía capaz de cualquier cosa y todo lo veía desde una barrera infranqueable, desde un espacio protegido donde no entraba nada, ni sentimientos, ni amistades, ni cualquier otro signo que implicara debilidad y diera una oportunidad al resto de los que, como él, estaban esperando ocupar un hueco imaginario que marcara la diferencia entre el respeto en sus entornos y la sumisión a los que se lo han ganado a golpe de crueldad y dureza.
Era joven de edad,  pero en las calles, en los barrios, era un adulto, quizás demasiado para ciertas cosas. La experiencia es algo que le sobra, que conoce al dedillo, que le asquea y le sirve para sobrevivir.
En las últimas horas, ha cambiado tanto que no se reconoce. No física, lo cual es increíblemente cierto, sino internamente; ha conocido dolorosamente su verdadero yo, ha descubierto que es capaz de encontrar su humanidad.

Despojado de todas las ataduras  y lazos hacia su entorno, no le ha quedado más remedio que rebuscar en su interior para conocer los cimientos sobre los que está construida su alma, su intelecto, sus valores más elementales.
No encuentra otra cosa más que rencor, odio, podredumbre y desprecio, pero ésta vez dirigido hacia el mundo que le ha criado, que le ha educado de forma cruel y autosuficiente, que no le ha dado nada a cambio pero que sí le exige todo lo posible para que sirva a sus fines y le convierta en una pieza más de utilidad para el engranaje de la maldad, aunque perezca en la causa.


Ahora ha decidido devolver la pelota, devolver el favor a  quienes consintieron que su sitio estaba al margen de la ley, en un paria social, en alguien sin posibilidad de escape hacia ningún sitio... hasta ahora.
No deja de lado su propia responsabilidad, no es tan pueril como para no saber que la responsabilidad última de su futuro depende de él, de sus decisiones, de su coraje y sus errores, pero cuando se es un niño, cuando no se tiene una mano amiga para  indicarle que los caminos que existen en la vida son muchos, aunque puedan estar tan alejados que parezcan un mal sueño, se deja arrastrar por la necesidad de sobrevivir y le convierte en barro para un artista de la corrupción como es la calle y su ley.
No es culpable de ser como es. Es responsable de sus actos, de sus decisiones, pero no de las opciones que tuvo que elegir.
Ahora que su alma está desnuda, abierta y a la luz, ahora que necesita descargar su culpa y su venganza sobre los que considera los verdaderos culpables de todo su trayecto, empieza nuevamente a ver lo que le ocurre con otros ojos.
Se le ha ofrecido una gran oportunidad, una excepcional oportunidad.


Necesita redimirse, en parte por la responsabilidad que le toca en este juego macabro que no entiende, ni comprende, pero que intuye es una pieza importante, un vil juego de grandes movimientos del que no conoce ni siquiera las reglas. Pero le ha tocado a él.  Es el elegido para bien o para mal, y va a aprovechar todo este nuevo poder que se le ha regalado, mientras dure, para llegar a limpiar su alma definitiva y contundentemente. Por primera vez, puede hacer algo al respecto, de verdad.
Volverá a su ciudad, nuevamente, inmediatamente, para no olvidar, para no huir. No puede huir. Porque sabe que no puede esconderse en ninguna parte. El mal le acompaña allá donde vaya, y para vencer las pesadillas, la fuente de su desgracia, debe empezar por combatirla.
Buscará a quien le ha hecho esto, a quien le ha reducido hasta saberle despreciable, y no por su aspecto físico, que también, sino por su carga espiritual, por su carga infinita de muertes, de futuro sesgado gratuitamente sin considerar su opinión.
Buscará a quien le ha convertido en la persona idónea, a quien durante años permite que gente como él sea el arquetipo de la insalubridad de la sociedad.
Ahora tiene poder para buscar respuestas, para juzgar conciencias y... para sentenciar acciones.
Será un ejecutor, un ejecutor anónimo e implacable.
Mientras termina este pensamiento, se sorprende en parte de lo cristalino de sus ideas, de sus límpidos conceptos de inquebrantable moralidad, su moralidad, y de tener un objetivo, un fin, un sentido a su vida que le hace descansar la conciencia.
Nunca le importó ser un asesino, pero ahora lo será de aquellos que se lo merecen, a su único parecer. No habrá inocentes en sus sentencias, en sus juicios. Tiene toda su vida para encontrar a quien le convirtió en un monstruo.
Aunque ahora comprende que, en cierta manera, ya lo era antes de la transformación.
Decide volver.


Sus motivos son muy claros.
Su conciencia está preparada.
Su moral será inquebrantable.
Sus acciones serán implacables.
Su cuerpo no.


Con esta decisión sabe que va un paso por delante de la policía, que ya debe haber descubierto los cuadros que escondió en el almacén del puerto, cuando decidió huir en un contenedor como habitáculo de salvamento. Habrán descubierto como ha utilizado su astucia para escapar de sus redes, de sus tentáculos, y también descubrirán rápidamente su destino de huida. Pero no esperarán que cuando ya lo había conseguido, su nueva, renovada y angustiada conciencia le impida escapar hacia una libertad incierta pero segura y vuelva de nuevo para buscar respuestas, para reclamar deudas.
No esperarán que se enfrente a sus fantasmas en el lugar más ilógico.
Volverá para reclamar justicia y ejecutar sentencias.
Venganza es su religión desde este momento.
Es listo pero, no está cultivado, no está preparado para abordar una tarea de esa dimensión, reconoce que se le escapan muchos matices, muchos conocimientos que le serían de capital importancia para encaminar sus pasos y sus acciones hacia el camino correcto, hacia, por lo menos, el adecuado.
Tiene ante si varios aspectos que todavía no ha cuestionado, que no ha reflexionado lo suficiente para utilizarlo como arma a su favor, como ariete de su fuerza motriz, y que pudieran volverse en su contra, en manos de alguien más experimentado, en alguien con mayor sabiduría.
Empieza a recapitular todo lo que debe saber y que no sabe. Empieza por intentar conocer su capacidad física. Sabe muy poco de ella, de su potencial, de sus límites, de su activación, de su naturaleza.
¿ Qué detonó la fuerza para conseguir que no fuera consciente de la destrucción que generó? ¿ Fue algo casual o causal?
¿ La domina por completo o, llegado a cierto punto, ella le domina a él?
¿ Puede desaparecer un buen día igual que llegó?
Todos los interrogantes que se plantee llevan a un único camino, a una ineludible e inevitable posición respecto a su nueva capacidad. Debe aprender a conocerse. Debe intentar ponerse al límite de sus facultades y averiguar si realmente tiene una fuerza fantástica, sobrehumana, inhumana.
Se observa. Se mira detenidamente. Realmente impresiona. Todo su cuerpo está fortalecido, recubierto, entrelazado de multitud de músculos en tensión, abultados, inmensos, creando una maraña de energía, de potencia viva que le hace sentir de alguna manera un poco enardecido, orgulloso, si no fuera porque todos ellos están poblados de un sin fin de venas azuladas y grisáceas, que le confieren un aspecto fantasmagórico y amenazante, intranquilizador y bestial.
En ese aspecto no puede hacer nada. Ahora es así y cuanto antes se acostumbre a su naturaleza mejor asumirá sus habilidades y crecerá su estima.
De lo que no puede escapar tampoco, y de eso si que se encuentra terriblemente afectado, es de su aspecto facial; su cara ya no es una cara, ya no tiene un aspecto vulgar y corriente, que le hacia pasar desapercibido entre la gente, entre cualquiera que se sentara a su lado en el parque o en el cine. Ahora es único, raro, diferente, extraño, anómalo e identificable. No lo supera. Estaba orgulloso de su aspecto. Se consideraba ciertamente atractivo, con razonable éxito entre el sexo femenino y ahora... su cara está mas cerca de una abominación que rechazaría cualquier persona en su sano juicio que de un problema de auto estima.
Es cruelmente terrorífico.
Se dice a si mismo que quizás encuentre quien pueda hacer algo al respecto, un cirujano plástico, un grupo científico, no sé, alguien.


Tiene problemas mayores que su aspecto, como por ejemplo, los que le provoca el tenerlo. Está perseguido por la policía, por toda la policía, y sabe que cuando alguien le divise, le observe, da igual donde esté o quien sea, llamará rápidamente  a las autoridades, pues creerá que está viendo un demonio salido del mismo infierno.
Y no le culpa.


Y como su imagen está relacionada con el incidente, de sobra sabe que, en cuanto ponga un pié en el país no podrá escapar. No le importa vivir o morir, lo que le atemoriza es no acabar su venganza, no ser capaz de conseguir dar descanso a los inocentes que ajustició sin piedad ni posibilidad de escape, no tener suficiente tiempo.
Su rencor y su odio le hace entender que no debe nada a nadie, ninguna obligación con la sociedad que le dejó ser un fracasado, salvo a las víctimas y a si mismo.
Entonces cae en la cuenta, no se le había pasado por la cabeza que puede que su nombre no esté relacionado con, como lo llamaba el periódico, “la abominación”, pues si su aspecto ya era ése cuando se inició el holocausto, es posible que, al menos, pueda contar con el anonimato.
Es importante averiguar a quién se le inculpa del acto. Quién es, según la policía, el responsable de la destrucción. Saberse desconocido le permitirá moverle con mucha más autonomía y eficacia en los terrenos en los que va a implantar su reino de dolor y terror.


De pronto, escucha un sonido estridente, que inunda toda la estancia de la bodega, sordo, aumentando por momentos hasta convertirse en una chirriante cadena de metales rozando entre sí, al unísono, que le revela la imagen de las puertas de acceso al mismo, abriéndose.
Asume  que ha llegado a su destino, a su anterior destino, pues desde que embarcó en ese barco, muchas cosas han cambiado, muchas cosas han sido estudiadas, han sido puestas en tela de juicio, y una de ellas es el destino final de su viaje. Ahora lo que iba a ser el billete de escape hacia una libertad incierta, se ha transformado en una escala dentro de su ruta de movimiento.
Su destino final es el mismo punto de salida.
Tiene unos segundos para decidir como saldrá ahora de esa bodega. Sólo unos segundos antes de que se llene de operarios que laboriosa, trabajosa e incansablemente empiecen con sus máquinas a desembarcar todos los contenedores apilados con cuidado y en línea.
¿ Qué debe hacer? ¿ Desembarcar protegido por la oscuridad de su contenedor, al que casi puede llamar casa, pues en él se ha encontrado más cómodo, seguro y tranquilo que en la suya?, ¿ Escapar de su protección y buscar un refugio amparándose en las sombras que todavía quedan en la bodega, y desde allí hacia otro lugar ya en el exterior?
Se acaba el tiempo. Decide dejarse llevar por las maquinas hasta el puerto, hacia una zona de descarga de productos manufacturados, donde se quedarán hasta que el papeleo se resuelva satisfactoriamente, y le regale el tiempo suficiente para buscar la vía de escape que necesita y encontrar el transporte adecuado para la vuelta.
Ahí esta. Dentro de un contenedor a siete metros de altura, formando parte de una pila de cinco contenedores en fila, igual a las dieciocho filas restantes que se apilan a tu lado y le dan la clandestinidad que necesita.
Al llegar la noche, vuelve a desvencijar la puerta del contenedor como tantas otras veces ha realizado a lo largo de la travesía. Inconscientemente, se agarra a las paredes del mismo con tus fuertes dedos y sube hasta el último de los cinco contenedores.


Observa a tu alrededor. Nadie le ve. No ve a nadie. Siente que por ahora su plan está resultando, saliendo a la perfección. Ha podido realizar un viaje de siete días y nadie le ha descubierto.
Mira al suelo y le da un leve vértigo, pues está a una altura suficiente como para que si da un mal paso se precipite hacia el suelo y se mate. Se acabarían todas sus preocupaciones, sus odios, sus nuevos planes. Sin embargo, piensa que ahora ya no es como antes, que la precaución que muestra es síntoma de, por un lado, la costumbre de otro tiempo, cuando de vez en cuando robaba en alguna casa de piso alto y sabía que el riesgo de un accidente supondría la muerte, y por otro, en natural y comprensible, disculpable y humano sentido de supervivencia.
La ocasión es buena. Debe saber cual es el alcance de su nuevo poder. Decide que cuando la venganza es aquello que le mueve, no hay lugar para dudas o ingerencias en el objetivo final. La coherencia debe darse en el tiempo de las reflexiones, no de la acción. En combate, en batalla, la duda o la inseguridad, conducen a la muerte.
Cierra los ojos, traga saliva y decide acabar con la primera, y espera que no sea la última, prueba de conocimiento de sus habilidades, y salta al vacío.
El tiempo que transcurre hasta que sus pies tocan el suelo se ha convertido de pronto en eterno.  Nunca antes había puesto su vida en juego en una sola posibilidad incierta.
Sin embargo, le sorprenden las sensaciones que nota, no las consecuencias. En el fondo, conscientemente, conocía de antemano lo que iba a suceder, aunque necesitaba experimentarlo. Apenas nota el contacto con el suelo; aterriza en una especie de almohadilla, en un colchón de aire, manteniendo un suave movimiento de flexión. Su cuerpo se ha adaptado a la distancia de caída y ha sabido absorber  perfectamente el impacto, relajando unos músculos y tensando otros, lo que le ha permitido posicionarse en la postura elegida un instante después del impacto. Increíble, inaudito.
Va descalzo, desde hace muchos días, pero no nota frío o calor. Su temperatura siempre es constante, templada, y aunque siente en sus pies  las diferentes texturas, no le transmiten su temperatura como siempre han hecho. Su cuerpo reabsorbe la diferencia de la misma y le permite el contacto continuado con ellas, de forma que éste se puede alargar. ¿ Hasta cuánto tiempo? ¿ Cuál es la temperatura máxima que puede soportar para que esta regla se mantenga?.
Con los medios de que dispone, de momento, no puede saberlo, pero es importante recordar que puede estar bajo una escala de temperatura diferente al resto de las personas, que puede mantenerse estable en condiciones extremas y que eso le da una ventaja importante en determinadas circunstancias.
No debe estar por más tiempo a la vista potencial de cualquiera que pase por allí. Debe esconderse de momento, buscar un refugio lo suficientemente seguro como para que pueda dar los siguientes pasos con la cautela y la precisión que necesita.
Se apresura hacia las sombras, amigas constantes de su vida, y en especial de la última semana, en las que se ha dejado envolver, arropar, y en las que ha estado especialmente protegido, pues le han permitido convertirse en la persona, mejor dicho,  renacer en el ser que ahora es.


Cuando se introduce en ellas, vuelve a notar la sensación a la que ya se había acostumbrado durante la travesía. Ya casi no recordaba la facilidad con la que puede distinguir los objetos en condiciones de luz casi nulas. Los objetos adquieren como una especie de halo, de perímetro espectral, que le permite seguir su movimiento sin dificultad. Han sido muchas horas en constante oscuridad, y sus extraños ojos se han adaptado a esas condiciones.
De pronto, oyes voces, salen del callejón donde se había ocultado, donde se ha introducido buscando la discreción de las sombras; no se ha fijado en que el callejón tiene una salida, que ésta no es su ciudad, donde se acostumbró a aprovechar estos lugares, oasis de maleantes, rincones inhóspitos usados por aquellos que necesitan ocultarse, esconderse de los demás, porque nadie que no esté en verdaderos apuros se arriesgaría a poner su vida en peligro sólo por el mero hecho de estar allí.
Está en un apuro; si sale corriendo, le verán huir, y generará una situación que no quiere; puede que le sigan creyendo que tiene algún problema, que pueden ayudarle o que oculta algo.
No puede quedarse, pues le delatarían, y eso es lo último que quiere. No pueden verle, en su nueva forma, no ahora, no todavía. No está preparado para que el horror en el que se ha convertido se convierta en su epitafio antes de tiempo.
No puede avanzar, pues es de ahí de donde viene el murmullo, la conversación alegre y desenfadada de un grupo, calcula de entre diez a quince personas, y no puede intentar ocultar su cara y su aspecto, ni avanzar corriendo entre ellos, forzando una huida o una situación inesperada.
No puede ocultarse entre las sombras del callejón, pues, aunque la oscuridad puebla todos los rincones, no tiene donde refugiarse alguien con su corpulencia, ni de su estatura.
Tiene sólo unos segundos, y se están agotando; busca con la mirada un espacio que no encuentra, un lugar rápido y seguro, pero no existe, y no puede esperar. Debes decidir lo que sea. ¡Ya!
Entonces mira hacia arriba, hacia las plantas superiores. Intentará algo, que no sabe si conseguirá pero el tiempo se le escapa y, entonces, salta con todas sus fuerzas. Pero ahora  son nuevas, no están mesuradas, y su mente no domina la tensión necesaria para su control. Su salto supera sus expectativas. Esperaba una altura, en el mejor de los casos, y debido a sus nuevas posibilidades, de unos dos o tres metros, pero ha realizado uno de casi diez, llevándole a la azotea del edificio y casi pasando por encima de ella.
Está asombrado. Está perplejo. Está encantado.


Ha conseguido huir, pero sólo es una situación temporal, y el riesgo a ser descubierto ha sido muy grande. Necesita un refugio rápido y decide buscarlo.
Por suerte para él, la isla no cuenta con una infraestructura demasiado importante como para que deba preocuparse excesivamente de las fuerzas del orden, de la vida ciudadana o nocturna. Desde su nueva posición, puede ver que la zona portuaria está casi completamente despejada de gente, prácticamente vacía, a excepción de la zona en la que se encuentra.
Atraviesa los edificios saltando entre ellos, gracias a la nueva habilidad que acaba de descubrir, y va alejándose de las luces y el murmullo que pueda recordar a la humanidad y la vida de ciudad.
No deja de sentir un cierto desamparo cuando consigue llegar a una zona cubierta de árboles y vegetación, idónea para su camuflaje, pero solitaria, ausente de vida cercana, de fraternización. Quizás empieza a necesitar tener alguien a su lado, a quien pueda contar lo que siente, lo que le arde por dentro, quien no le mire con ojos de miedo o de terror y pueda confiar en él.
Lo mejor es no tener este tipo de pensamientos, pues empiezan a ser dolorosos. Ha decidido emprender un camino que en su mayor parte, recorrerá absolutamente solo, y si no está dispuesto a afrontarlo así, es mejor que lo deje.
La venganza no tiene amigos, ni compañeros, ni estabilidad.
Es un vagabundo por propia convicción, un recuerdo, un exiliado. Lo acepta.
Piensa en cosas más provechosas par él en estos momentos. Necesita encontrar un barco que vuelva a Nueva York lo antes posible, y embarcarse en él.
Es una isla, y sólo hay dos formas de escapar de ella; por barco o por avión. De las dos es capaz de salir sin problemas, pero sólo de una con la suficiente discreción como para no ser descubierto, por lo que usará una vez más el barco como forma de transporte hacia su destino.
Sus ropas siguen siendo insuficientes, tanto para pasar desapercibido como para considerarlas como tal. Ahora no puede preocuparse de ello, aunque se alegra de no sentir la temperatura ambiente de igual manera que hace apenas unos días, cuando era una persona normal y corriente y sólo tenía que preocuparse de salvar su vida delante de la policía.
 La vida es un niño que se entretiene jugando con el destino.
El destino se conjuga contra ti.
Este apartado paraje es una medida temporal. Al amanecer, dejará de serle útil. Además, no ha resuelto ninguna de sus prioridades. Se toma su tiempo para disfrutar de un poco de aire libre, de aire fresco que le regala la noche, una noche especialmente apacible, tonificante, una noche como las que no recuerda desde que era niño, pues en la ciudad, en su barrio, las noches sólo eran calles iluminadas, en un cielo gris negruzco, sin estrellas, sin vida, con una débil neblina general constante, fruto de la contaminación.

Desde que se embarcó, ha podido disfrutar de dos noches distintas, diferentes, ha podido saborear la presencia de las estrellas, ha sentido el aire limpio y fresco, sin olores mezclados que lo enrarezcan, que lo adulteren y lo corrompan. Siente la brisa procedente del mar que le golpea suavemente su nuevo rostro, y se siente reconfortado.
¡ Qué extrañas sensaciones nuevas descubre desde que se ha transformado!
Ahora, sin embargo, le preocupan, le interesan cosas que antes le hubiera dado vergüenza reconocer, que los consideraba aspectos femeninos, impropios de un hombre educado en la dureza de las calles. Qué equivocado puede llegar a estar quien se niega a sí mismo el universo de las sensaciones.
A pesar de todo, el tiempo apremia. Le quedan unas pocas horas de oscuridad, y luego no podrá aprovechar las sombras para deslizarse, escurrirse sigilosamente  entre las dependencias de los muelles para encontrar un transporte hacia la ciudad. El bullicio de la mañana no debe sorprenderle sin soluciones concretas. A desgana, pues se encuentra en un estado anímico de tranquilidad y relativa paz, se pone en movimiento.
Busca un punto elevado en el pequeño bosque, donde se divisa una vista excepcional. Pero no está allí para ver la isla. Lo que está oteando es un barco que pueda tener las características que necesita. Ver el puerto y sus enclaves es lo que le interesa.
Le resulta relativamente fácil alcanzar las cotas altas del bosque. No se siente cansado, ni fatigado. Ha recorrido varios kilómetros ascendiendo y apenas lo ha notado. Su cabeza ha estado sumida en pensamientos de culpa y revancha, venganza y necesidad de perdón y cuando llega a su objetivo el tiempo transcurrido  ha sido un suspiro.
Le agrada que su cuerpo le recompense con esas nuevas cualidades físicas. Al menos, está mejorado en este aspecto.


Al observar con detenimiento el puerto y sus alrededores, puede distinguir varios barcos que se ajustan a sus necesidades. Principalmente uno de ellos, que desde primeras horas de la noche, está introduciendo meticulosamente contenedores y demás carga en sus bodegas. Cree que puede volver de la misma manera que llegó, pero se da cuenta que, esta vez, le va a resultar algo más difícil.
El barco está patrullado por los agentes del puerto en todo momento y la zona de carga está muy iluminada. No podrá deslizarse entre las sombras, no tiene a su favor la oscuridad para esconderse. Sin embargo, el barco partirá inmediatamente, en unas horas, o quizás un día y eso es, exactamente, lo que necesita.
Ya lo ha elegido. Será ese barco. Suficientemente grande como para que su travesía sea transoceánica y con espacio para que alguien que no quiere ser descubierto pueda esconderse debidamente.
Intenta sacar partido a sus nuevas cualidades. El barco, por su estructura, soportará un gran número de pasajeros, principal cualidad y atractivo de la isla, lo que le dará una oportunidad para introducirse en él.
Se prepara. Vuelve a desandar lo andado y se sitúa cerca del perímetro del muelle. Cuando considera que tiene un espacio abierto y seguro se lanza al agua, en silencio, con el menor ruido posible.
Bucea hasta el barco, descubriendo cosas que no sabía y verificando otras que sí había tenido ocasión de comprobar. Su visión en la oscuridad sigue siendo igual de buena bajo el mar. No se encuentra afectada. Descubre que su capacidad para aguantar la respiración es mucho mayor, quizás cinco o seis veces mayor. Empieza a comprender que todo su cuerpo se relaciona en función de su estructura corporal. Todo empieza a ser más coherente, más racional, dentro de lo extraordinario de su transformación.
Se da lástima a si mismo, pensando que es una rareza, un ser despojado de su humanidad, físicamente un eslabón nuevo en una cadena que no tiene más eslabones, es un engendro creado a imagen de nadie, sin referencia, sin raíces, sin futuro.
Sigue buceando, ya se ha acostumbrado a pensar en negativo, los remordimientos que le invaden continuamente le hacen estar en un estado melancólico, casi privativo de cualquier alegría espontánea que pueda surgir, ni siquiera recuerda la última vez que se rió, que se divirtió sin más contemplaciones que pasar el tiempo inmerso en la propia diversión, sin más. Ahora no puede, no quiere.
Se encuentra con la rabia y la desesperación suficiente para que no le importe otra cosa que su objetivo, su finalidad en la vida, puesto que no cree que para él haya un futuro.
No quiere pensar más. Le deprime.
Cuando alcanza el barco, por el lado interior, por el mar, busca una forma de introducirse de formal discreta, silenciosa.
No la encuentra. No ha sido una buena idea. No puede permanecer dentro del mar hasta que el barco zarpe, pues pueden  pasar demasiadas horas y quizás alguien, cuando las primeras del día salgan e iluminen tímidamente el horizonte, y con él se torne azul y atractivo el propio mar, le descubra. Puede ser visto por cualquiera que esté paseando, trabajando o en el interior del barco que, desde su privilegiada situación y con la altura suficiente que le permite la cubierta, observe su figura en contraste con las claras y tranquilas olas que chocan con timidez contra el casco dentro de unas horas.


Busca otra solución rápida y, cada vez más precipitada. Las horas que le restan para encontrar la solución son escasas, y no tiene idea nuevas que le ayuden a resolver su situación.
El buque elegido cumple las expectativas que puede necesitar, pero está demasiado iluminado, hay demasiado movimiento entre los trabajadores y tripulación, el riesgo es demasiado elevado.
¿ Qué puede hacer? No tiene mucho tiempo para cambiar de planes, para buscar otra solución alternativa y decide buscar nuevamente una posibilidad que pudiera habérsele pasado por alto, algo que le ofrezca la oportunidad que necesita.
No llega.
Empieza a amanecer. La noche se torna más clara, las sombras y el mar que se confundían en un negro uniforme y constante, empiezan poco a poco a separarse en diferentes matices de gris y azul, de tonos oscuros cada vez más alejados. No hay más tiempo. Debe hacer algo ahora.
No puede acceder al barco por mar, no con las condiciones de agitación y vida que tiene desde hace horas, no sin que la posibilidad de ser descubierto sea excesiva.
Vuelve a nadar, a bucear, a regresar el camino que había emprendido con la esperanza y la excitación de creer que iba a poder, por fin, encontrar un lugar decididamente idóneo para regresar a su ciudad y empezar a poner su plan de venganza en marcha. Nada con el desánimo de quien ha fracasado en su empeño, en su objetivo, y un pensamiento cruza su mente, una idea sobre si su tarea impuesta, su venganza, no será demasiado grande para alguien como él, que quizás no sea capaz de conseguir lo que se propone, que no esté a la altura.
Deja de nadar, se para un momento y decide dar la vuelta; el riesgo es algo que debe empezar a soportar, a superar y a asumir en dosis cada más elevadas a las que está acostumbrado a recibir. Ya no es un personaje de un barrio cualquiera de la ciudad, husmeando entre los de su calaña un posible atraco, un golpe de suerte que le retire, pero con la precaución de dejar todos sus pasos bien cubiertos, donde lo importante no es hacer el trabajo sucio, sino la justificación del lugar y el sitio donde se está, a la hora en que ocurrió.
Quizás tarde días o semanas en partir otro barco que pueda coger tan grande, tan competo de posibilidades como éste, y no puede permitirse el lujo de dejarlo marchar. No puede.
Vuelve hacia el barco, con un riesgo añadido, pues la luz es ahora lo suficientemente intensa como para poder ser detectado. Es la primera vez, desde que partió, que se arriesga de esa manera. Pero no hay marcha atrás. Las posibilidades se escapan cada segundo que pasa. El tiempo apremia.
No encuentra todavía una entrada, una solución.
El puerto sigue con su frenética actividad. Quizás nadie le vea. Puede que pase desapercibido su movimiento, su intrusión.
Actúa.
Toma suficiente aire y se sumerge hasta alcanzar el borde mismo del muelle. Apenas deja ver su cara, su boca, por encima de la superficie, cuando toca su hormigón, sus límites.
Se sitúa debajo de la rampa de acceso, y observa. Espera una mínima oportunidad para subir, para entrar. Y la oportunidad se hace de rogar.
Sólo tiene tiempo de actuar, sin pensar en las consecuencias, sin plantearse más allá que la acción.
Los vehículos que están introduciendo en el barco, ya facturados y dispuestos, entran uno tras otro al vientre del buque para situarse, en perfecta formación, en su lugar definitivo de viaje. Una vez que están colocados, no se moverán de su sitio hasta que desembarquen, y tan sólo estarán vigilados, pero no serán de acceso público, lo que le da un margen de clandestinidad aceptable. Si pudiera introducirse en uno de ellos, le ofrecería el tiempo, una vez en alta mar, suficiente como para decidir como reubicarse en una posición más privilegiada.
Nota la constante presión que los vehículos realizan en la rampa metálica cuando su peso deja su huella en ella, y sopesa sus posibilidades. Piensa de forma diferente, pues ahora tiene unas capacidades especiales que debe aprender a sacar partido, a utilizar de forma consciente y favorable. No es como los demás, y su mente debe empezar a comprenderlo.
Su fuerza es su base, la columna vertebral de su nuevo poder, y todavía no la ha utilizado, en parte porque la ocasión no se ha presentado, en parte porque desde su interior, se mantiene vivo el miedo a que se repita la situación que le ha llevado a estar donde está, a que no pueda controlar lo que se desencadene y vuelva a condenar a inocentes a una muerte inútil y terrible y tu conciencia, no puede soportar ese peso.
Ya no.
Si la fuerza no puede ser controlada en toda su extensión y crudeza, entonces no puede contar con ella, pues se convertirá en quien odia, será igual a aquellos, las mafias, que utilizan la suya para conseguir sus fines pero sin reparar o sin que les importe el mal que ocasionan al conseguirlo. Pero no lo sabe. Nunca la ha probado desde aquello.
Vuelve a sumergirse. Vuelve a bucear.
Al menos ha podido encontrar un lugar donde ubicarse cuando entre, si es que entra. Ya no sabe dónde mirar, cuando sale a la superficie a escasos centímetros del barco, cerca de la rampa de acceso de los vehículos, por un lateral, en su lado menos iluminado.


Debe entrar antes de que se cierren las compuertas, antes de que todos los vehículos estén dentro, pues el acceso a ellos se realiza desde dentro, y no puede permitirse esa solución.
Calcula que quedan unos treinta coches, lo que le da un margen de entre media hora y tres cuartos de hora. Después cerrarán la compuerta y sus esperanzas se desmoronarán.
Para su desgracia, los vehículos son inspeccionados antes de entrar en el barco, para evitar que puedan llevar pasajeros o mercancías “adicionales”, y lo realizan con suficiente personal y perros amaestrados como para que no pueda contar con subirte a uno de ellos antes de su embarque.
Empieza a dudar que la idea sea buena, pues si sólo un perro rastreador realiza el viaje en las dependencias de los los vehículos, su olfato le delataría sin dudar.
Se arriesgará, después de todo, no tiene muchas opciones.
Nuevamente, y por tercera vez en esta noche, se pregunta “¿ Qué puedo hacer?”
De pronto, de forma imprevisible y sin que contara con ello, una posible solución le es concedida.
Los perros empiezan a mostrarse muy nerviosos y a ladrar con furia. Los guardias que los sujetan se ponen tensos, rígidos, mantienen la distancia entre ellos y forman un círculo alrededor de un coche. Uno de ellos grita dando unas instrucciones que él, desde su posición, no escucha bien, y que por otro lado no entiende, pues el idioma en el que están siendo pronunciadas no es el suyo, y que, aunque con bastantes deficiencias, es el único que entiende.
Uno de los guardias ordena al personal más cercano a ellos, al personal civil que se encontraba en las inmediaciones haciendo su trabajo de carga  y transporte, que se alejen, que se sitúen a una distancia prudencial.
Cuando abren la puerta, todo el personal, y los pocos curiosos que deambulaban  buscando las primera horas del amanecer en el puerto, están  pendientes de la acción gratuita y singular por la que están pasando, pues cualquier cosa que les saque de sus rutinas es, sin lugar a dudas, bienvenida, y además, el hecho en sí mismo es suficiente como para que la natural curiosidad del ser humano se active y se preste atención a la situación extraordinaria, independientemente de su naturaleza.
En cualquier caso, tiene una oportunidad, una gran y única oportunidad para introducirse en el buque. Todos miran hacia otro lado y tan solo necesita unos segundos para ello.
Se sitúa pegado al buque por la parte que está enclavado a la pasarela, arquea sus piernas sobre el caso, y da un impulso ascendente para situarse encima de ella. La acción no dura más de un segundo, tiempo suficiente para conseguir lo que se propone, tiempo suficiente para pasar desapercibido de la acción secundaria, que le es propicia, y que mantiene a todos interesados y fijos en una dirección diferente a sus movimientos. Se agacha inmediatamente, toca la pasarela, siente que la clandestinidad de sus acciones es total; tiene tiempo de observar su entorno para descubrir si alguien puede estar viéndole. No es así. Sus movimientos son increíblemente ágiles, a pesar de su corpulencia y tamaño, y el silencio de sus pasos, desde que puso los pies en la pasarela, es contundente. Solo dura un segundo y ya está agachado y recorriendo los espacios entre los vehículos, eligiendo uno que esté lo suficientemente cerca como para que no esté en peligro más que el tiempo estrictamente necesario, y que sea lo suficientemente amplio como para que su nueva forma exageradamente grande, pueda acomodarse mínimamente.
No le resulta complicado encontrarlo. Un vehículo caravana es ideal para sus planes. Es amplio, fácil de forzar y tiene en su interior ciertas comodidades que no puede permitirse un turismo o una furgoneta. Con una leve y rápida palanca realizada con sus manos, fuerza la puerta de acceso, procurando no hacer apenas ruido, imperceptible, para alguien que no se encuentre muy cerca, y se desliza a su interior. Cierra la puerta y fuerza su seguridad para que no pueda abrirse por fuera.
Cuando lo ha hecho, se hecha hacia atrás unos pasos, hasta que encuentra una silla, y se sienta con una sonrisa en la cara. Deja pasar un buen rato pensando en los acontecimientos, cómo se han desarrollado y esperando que nadie le haya visto. Todo a sido muy rápido y además, ha sido muy precavido; ha utilizado los vehículos que estaban aparcados y el vehículo de la rampa como parapeto para posibles tripulantes que estuvieran en el interior poniendo orden a las filas de los coches.
Así está, hasta que empieza a notar que la actividad del buque se reanima. La normalidad en la cubierta vuelve a ser la tónica habitual, las acciones y movimientos, las voces de los trabajadores dándose indicaciones unos a otros, y todo ello, en vez de ponerle tenso, le relaja, le tranquiliza pensar que no ha sido reconocido, que la vida sigue como si él no hubiese llevado a cabo  su obligada entrada en el buque y por fin, descansa.
Sabe que ahora tiene poco que hacer, y dedica un pensamiento de agradecimiento a quien creara la situación que ha motivado su éxito en la subida al  barco. No intuye qué puede haber sido, drogas, alguien que, como él, intentara colarse, o cualquier otra cosa; posiblemente no lo sepa nunca, pues no pudo quedarse a  averiguarlo, aunque en el fondo la curiosidad también le acechaba.
Se reclina, en parte, sobre la silla, con cuidado ya que sabe que no puede hacer ningún ruido, y su peso ahora puede crearle un problema si desvencija la silla, si la rompe.
Observa a su alrededor, con tranquilidad, con  minuciosidad, con detenimiento, pues tiene mucho tiempo, hasta que pueda salir de este vehículo en busca, como mínimo, de agua y comida.
Cae en la cuenta de que no ha comido en muchas horas, pero ahora no puede dedicar un segundo a cambiar esa situación, así que estudia su nueva “casa”.
Pasan las horas, y sigue en silencio. Sus pensamientos viajan hacia la hecatombe que generó hace ya varios días y un escalofrío recorre su cuerpo. Sigue sin poder asumir que él es una víctima más de ese horror, de esa destrucción sin sentido. Sigue convencido que debe hacer todo lo que está haciendo para limpiar su conciencia, porque siempre ha tenido honor en sus acciones, aunque fuera distinto, peculiar, y porque el culpable de todo ello, quien le ha cambiado por dentro y por fuera de una forma tan desgarradoramente insultante, sigue ahí fuera, riéndose de todo esto. Le buscará  y se lo hará pagar.


Encuentra cosas que le son útiles. Que le ofrecen información importante y le permiten situarse espacialmente. En  la guantera del vehículo encuentra un plano gratuito de la isla. Sabes por éste, en que isla se encuentra, aunque la inormación que le indica le sirve de poco, pues no está muy ducho precisamente en geografía.
Aunque su única opción para salir de la isla ya la ha aprovechado, no tiene ni idea hacia donde se dirige el barco; puede estar en el camino correcto o tardar meses en volver a su país en circunstancias parecidas. Lo único que puede hacer es esperar que el destino siga estando de su parte, que no le lleve a otro lugar alejado de su objetivo final.
Busca algo de comida, de ropa, pero no la encuentra. Tampoco esperaba encontrar muchas cosas, aunque al menos puede quitarse la sed, ya que la caravana cuenta con su propio sistema independiente de reserva de agua, y no estaba vacío. Algo es algo.
Las horas siguen transcurriendo lentas, espesas, silenciosas, sólo ahogadas por el rumor exterior de una actividad que poco a poco es cada vez más débil, donde el ruido de motores y voces cada vez se aleja más y más de él, indicándole su situación entre las filas de coches y su próxima salida a alta mar.
No puede ni debe hacer nada.
Pasan las horas y por fin, nota que reina el silencio, que toda la estancia ha sido cerrada al tráfico, a los trabajadores y se siente más tranquilo. Puede moverse en el interior un poco más relajado, aunque con muchas reservas, pues no sabe si existirá un puesto fijo de vigilancia en el buque, de esta bodega de vehículos.
Con mucho cuidado, descorre una de las cortinillas que decoran la estancia por dentro del habitáculo, y puede situarse espacialmente entre las filas.  Está por la mitad de la sala, hacia la izquierda, en un grupo de vehículos de características muy dispares.
Bueno, lo importante es saber que hasta ahora, no ha sido descubierto.
 Busca en el interior una cama y descansa. La verdad, es que hacía mucho tiempo que no dormía en una  y se siente como un niño, le relaja la espalda, el tacto con la almohada le sumerge en un estado de excitación y euforia impropio de alguien como él, pero la disfruta, la saborea, la agradece.
 Y se duerme, en un sueño que será una constante en su vida, pues no consigue descansar del todo, sus pensamientos se convierten en sueños que le juzgan, que le reclaman y le dan la espalda. Es una pesadilla, un bucle de retorcidos rostros que le instigan pidiéndole una explicación, una verdad que se le escapa y una justicia que no niega. Se siente perseguido por ello y no puede huir. Los rostros de los inocentes, la fotografía de los cuerpos en bolsas, en la calle, una detrás de otra, no puede olvidarla, y le mortifica.
Cuando despierta, tiene el cuerpo empapado en sudor; un sudor frío que le envuelve, y le recuerda que tiene una misión, un deber, una deuda. No puede abandonarla ni ignorarla. Le duele el alma, las entrañas, y necesita desesperadamente liberarse por fin de su pesada carga.
Nota que se encuentra en un silencio perfecto, y esa ausencia de ruido le indica que está solo, o relativamente solo, pues no escucha pasos, ni conversaciones ni nada que no sea algún que otro sonido metálico producido por el vaivén de las olas y las ondulaciones del mar en el casco.
Ha decido explorar sus nuevos dominios. Con precaución, fuerza la claraboya de la caravana, el mejor sitio para entrar o salir, porque está fuera del alcance de la vista de cualquiera que pudiera pasar a controlar la sala y pudiera darse cuenta de la cerradura y sus “modificaciones”, y además, porque con su envergadura, el mejor espacio por donde puede pasar es por este receptáculo, forzando y adaptando ciertas modificaciones, como romper los bordes hacia dentro para ampliar sus límites.
Una vez hecho, y con las precauciones adecuadas en cuanto al ruido y demás, saca tímidamente la cabeza, apenas un centímetro por encima de la altura de los ojos, y observa a su alrededor. Aprovecha su mejorada visión para escudriñar cada rincón de la sala en busca de algún vigilante, pero no descubre a nadie. Sin embargo, sí observa una especie de habitación acristalada al fondo, al final de la sala y piensa que puede ser el sitio adecuado donde puede atrincherarse un tranquilo vigilante.
Sale de la caravana, en silencio, con precaución pero con prestancia, y en apenas dos segundos, está en el suelo, al lado de ella y acurrucado. No escucha ningún ruido, y avanza hacia la habitación, sorteando los coches, aunque encuentra ciertos obstáculos para pasar entre alguno de ellos debido a su tamaño.
No debe forzar la situación, por lo que busca caminos alternativos hasta situarse ante la sala de vigilancia; pasa la cabeza entre dos coches situados delante y observa el interior de la misma y descubre que:
¡ El cuarto para guardar las llaves de los automóviles, numeradas según su colocación en la sala ¡ y lo peor no es eso, sino que se encuentra ¡Vacío!

Se siente un poco estúpido. Lleva unos diez minutos sorteando coches, intentando no hacer el más mínimo ruido que pueda delatarle, se ha arrastrado por el suelo, ha contenido la respiración sólo para no delatarse... ¡ Y estaba sólo ¡
En fin, sonríe un poco, lo cual le sienta bien, pues las ocasiones en las que se divierte son muy pocas, casi nulas. En cualquier caso, el destino le brinda una nueva oportunidad, la segunda en pocas horas, y nuevamente agradece el detalle.
Ahora tiene a su disposición las llaves de todos los coches,  la posibilidad de encontrar mucha información que hasta ahora le ha sido vetada, y sin tener que forzar ninguno de ellos pues entrará tranquilamente en cada uno ¡ con sus propias llaves ¡
Observa con una mirada rápida la sala intentando encontrar algún detalle que se le hubiera podido pasar por alto, como cámaras de seguridad o algo parecido, pero no encuentra nada. Se relaja, y se yergue definitivamente.
Empieza a andar entre los coches tranquila, sosegadamente buscando algo que le pueda llamar la atención de alguno y, de pronto, repara en algo.
La matrícula de casi todos ellos es de Estados Unidos, lo que le indica que el viaje corresponde a un viaje de placer de línea regular entre la isla y su país. Es algo que no esperaba, pues el idioma que había escuchado al entrar, no correspondía con el suyo, ni otros de vaga referencia, y se había resignado a varias escalas entre países hasta que por fin pudiera haber conseguido una ruta directa para entrar definitivamente.
Es la tercera vez que el destino pone en sus manos una carta ganadora, y empieza a preguntarse si es él, quien está detrás de todo esto o por el contrario, se le está brindando una ayuda que, hasta ahora, no se esperaba.
Incluso sospecha que el incidente en el puerto, el que le dio la oportunidad de entrar en el buque, no fuera tan casual, sino que pudiera estar provocada para darle la ocasión que precisaba  para entrar.
¿Empieza a desvariar o estás encontrando pautas comprometedoras?
En cualquier caso, ahora no puede hacer nada al respecto, porque su principal prioridad vuelve a ser, como siempre que se encuentra en un barco, la comida y la bebida. Sin embargo, estará mas alerta a partir de ahora.
Las pequeñas ventanas que circunvalan la sala, ofrecen una envidiable situación para la observación del mar, de su grandeza, de su infinitud, visto desde su posición; pero para él, es la vía de escape para llegar a las cubiertas superiores y buscar, una vez más, lo necesario para subsistir durante el trayecto con las máximas garantías para no ser descubierto.
No puede utilizar estas ventanas, sin poner en peligro la seguridad del propio buque, además de considerar la idea de que si se crea una entrada de agua, por mínima que sea, pueda detectarse desde el centro de mando. Nunca ha estado en un barco de estas características, y desconoce hasta donde puede llegar la tecnología para el control automático de estas cosas. Busca otra solución. Encuentra dos.
La primera pasa por utilizar la puerta de acceso a la sala de los vehículos que el personal del barco utiliza de forma normal. La lógica le indica que no puede usar ese conducto, a no ser como último recurso.
La segunda es más agresiva, pero quizás sea la que le permita la discreción que reclama su presencia clandestina; las puertas que componen los accesos de los vehículos tienen en su parte superior, unas barras entrelazadas de acero, a modo de nudos, con el espacio suficiente para permitirle pasar por el hueco, si las elimina. Sospecha que, aunque situadas a una altura elevada, son respiraderos naturales de la sala para evitar posibles concentraciones de vapores potencialmente peligrosos.
De un salto, se sitúa en la ventana más al extremo, y rompe sin mucho esfuerzo dichas barras, en la parte soldada a su marco. No quiere romperlas del todo, solo forzarlas para que le permitan pasar y poder volver a colocarlas en su posición, o lo mas parecido a ella.
Cuando lo tiene, vuelve al suelo y espera a que se haga de noche, pues ese será su momento para la intrusión por el buque. Mientras espera, se distrae entre los coches buscando algo que no sabe muy bien, nada en concreto, pero con atención, por si le destacara cualquier cosa que le pudiera ayudar.
Y lo encuentra. Uno de los coches tiene en uno de los asientos un periódico olvidado de hace apenas dos días, lo que le reportará información y distracción. Tan fácil como ir a por la llave y sustraerlo.
Empieza a leer apoyado a la puerta posterior de la sala de vehículos del barco, a la puerta que le sirvió de entrada apenas un día antes.
Las noticias son intranscendentes, ajenas a sus intereses, aunque le sirven para pasar las tediosas horas en espera de que llegue la noche.
Mencionan, sin embargo, el acontecimiento ocurrido en las calles de Nueva York hace unas semanas, pero ya no es noticia relevante, aparece en páginas interiores y comentan la pocas pistas que se tienen al respecto del culpable. Indican que la policía indaga sobre la posibilidad que éste, al que anteriormente llamaran ”abominación”,  pudiera haber abandonado el país. Justo, lo que había intuido que pasaría. Le están siguiendo la pista, lo que le refuerza en la idea de saber que su decisión de volver es la correcta, por su seguridad, aunque pudiera parecer un contrasentido.
En cierta manera le duele la ausencia de noticias, le favorece pero le duele. El mundo olvida rápido, y aunque la noticia tiene un componente único, como es la existencia de una criatura extraordinaria, el pasar de los días hace pensar que las habladurías sobre su existencia no eran más que exageraciones, malas interpretaciones de un hombre normal o que el atentado fuera realizado por activistas que el propio gobierno quiere, de momento, ocultar. Le duele pensar que el mundo olvida con extremada facilidad y la vide sigue a pesar suyo. Es historia, sólo un recuerdo de unos pocos.
Por lo demás, nada. No hay mucho más información importante.


Cuando llega la noche, decide que es el momento y sale al exterior por la vía que ha creado. Se encarama a las ventanas y, desde el exterior, va escalando poco a poco, no por no poder hacer saltos más grandes, sino por una pura y lógica precaución.
Sólo busca comida, agua, y volver a su refugio.
Mientras escala, va viendo un poco de la vida de los pasajeros en sus respectivos camarotes, unos alegres, algunos discutiendo y otros, en fin, disfrutando de los placeres de la vida.
Envidia a todos.
No tiene acceso a las estancias pues sus ventanucos son lo suficientemente pequeños como para que la idea de acceder a ellos no entre en sus planes. Cuando llega a la cubierta inferior, la zona le descubre sus pasillos exteriores, sus piscinas y sus zonas recreativas y de juegos. El ambiente en ella es constante, bullicioso y divertido.
Busca, como en la anterior ocasión, el bar de la piscina para conseguir lo que busca, pero esta vez no tiene tanta suerte, pues a unos cinco metros se encuentra un tripulante de vigilancia, con apariencia de ser un puesto estable de seguridad del barco, lo que  inutiliza su plan estrella.
Recorre la cubierta por el exterior, ayudado por su gran fuerza y los salientes de los camarotes más cercanos a ella y se acerca al restaurante. El aroma de la comida preparada a conciencia le envuelve, le recrea, le increpa.
La quiere y piensa como conseguir una pequeña parte de ese suculento manjar que otros están aprovechando.
Las ventanas están abiertas, para conseguir ofrecer a los turistas un ambiente sofisticado y misterioso, con el ruido sordo del mar como música de fondo, y las luces del local en perfecta armonía con él.
Espera. Espera hasta que la ocasión llega.
La cocina del restaurante ofrece a los comensales una inesperada y atractiva sorpresa; las luces se apagan para recibir un nuevo espectáculo que el barco regala a los pasajeros para su distracción. Es una atracción circense de varios actores, vestidos de camareros, que desarrollan sus habilidades en medio del salón entre fuegos y bandejas.
Ocasión que, sin luces y con el pasaje mirando al centro de la pista, aprovecha una vez más para introducir su mano por la ventana abierta y sustraer, de uno de los carros de los camareros, y apoyada en la mesita auxiliar que le sirve de expositor, la cesta más cercana.  El movimiento es rápido, y aprovechando las condiciones ambientales favorables y el momento más álgido del espectáculo, sabe que no será visto. Un segundo, y su mano está dentro; Otro segundo y tantea que va a coger. Un tercer segundo le sitúa con la cesta en el exterior y descolgándose por los ojos de buey de los camarotes hasta una zona neutra, a medio camino entre su destino y la cubierta, donde  su figura no puede ser vista por la tripulación ni el pasaje. Un punto que utilizará más a menudo para salir a tomar el aire, para despejarse.
Abre con delicadeza el paño que la cubre, con cuidado, con excitación, pues el hambre que hasta ahora contenía le domina y cualquier manjar que se encuentre dentro de la canastilla significará para él la mejor comida del mundo.
Cuando la retira, ve que la comida que contiene es ¡ Fruta ¡
¡ Se ha arriesgado tanto para conseguir seis malditas piezas de fruta ¡
En fin, que se le va a hacer. Un médico nutricional le diría que es la mejor opción que puede escoger debido al tiempo que hace que no come, y la tan irregular dieta que últimamente lleva, pero, Dios, le apetecía cualquier manjar que hubiera en la mesa antes que fruta. Además, llevaba mucho tiempo sin tomarla, pues apenas le gusta.
Cuando se introduce nuevamente en la caravana, después de arreglar con cuidado el enrejado de la puerta, se sienta tranquilamente a degustar las piezas, sin prisas, pues, después de todo, es la única comida de que dispone. Con el agua de la caravana, completa su menú.
Encuentra, eso sí, un paquete de cigarrillos empezado, olvidado en un vehículo, y con él, da por terminado su tiempo a la alimentación.
El resto de la jornada, lo ocupa recorriendo mentalmente el camino de vuelta, el transcurso del viaje, pensamientos de su barrio, de su vida anterior, de su futuro y de los planes que empieza a esbozar, a planear, inmediatamente llegue al país. Empieza a buscar su destino.
Tardará aún siete días más, entre robos furtivos de comida, meditaciones personales, pesadillas nocturnas de culpabilidad  y largos silencios en su aislado exilio.
Consigue, a pesar de todo, que nadie le descubra.


Cuando por fin llega a Nueva York, decide que la mejor forma de abandonar el buque es lanzarse al agua, a unos pocos kilómetros del muelle, de forma anónima y sin forzar la situación. Para cuando indaguen lo ocurrido en la caravana y en el propio barco, el margen de distancia que mantiene con las autoridades que, está seguro, le siguen, será de uno o dos días, lo que le ofrece un tiempo suficiente para seguir en movimiento en su objetivo sin sentirse hostigado.
Sabe que nadar esa distancia, en su nuevo estado, no le supondrá un esfuerzo excesivo, si no le mata la contaminación del agua.
Ahora, cuando asciende por el muelle, se siente en casa. Su putrefacto olor, mezcla de carburantes, pescados sobrantes y suciedad arrinconada en contenedores que rara vez se limpian, le hace sentir bien. No es, por supuesto, que le guste, sino que su familiaridad, su hedor, le hace trasladarse a su infancia, cuando recorría todos esos callejones en busca de cualquier cosa que pudiera convertirse en dinero, donde las horas y los días eran infinitos, eternamente iguales, eternamente arriesgados.
El olor es lo que más caracteriza a una ciudad, a un barrio, a un recuerdo.
Se siente revivido, renacido, siente que su camino de regreso, que su itinerante devenir, ha tocado su fin, que está entre los que conoce, que no amigos, pero donde puede y sabe desenvolverse, donde es de verdad él.
Viene buscando una venganza contra la naturaleza que le eligió a él entre millones y, sobretodo, busca encontrarse, busca su paz interior, aceptarse, acostumbrarse a su aspecto, a su responsabilidad, a sus actos. Busca, en suma, el perdón que, por irónico que parezca, sólo puede darse él. Aunque para hacer eso, el camino que debe recorrer es todavía muy largo, y se divide en dos vertientes; justicia para los culpables y redención para su alma.

Muy largo.
Desde que salió del agua, apestosa y vendita agua neoyorquina, se ha movido rápido. Ha buscado los tejados, los sitios elevados lejos de la mayoría de las miradas indiscretas, observadoras e inquisidoras, para buscar un refugio donde poder empezar a mover la que debe convertirse en la maraña de sus estudiados hilos.
¡ Nueva York visto desde las alturas es magnífico!
Le reconforta el alma volver. Estar otra vez donde todo empezó. Sus ojos ahora le devuelven nuevos matices de la ciudad, colores y texturas nunca antes observadas, reflejos de vida que tienen, para él, un sentido increíble, que tienen cuerpo y alma.
Se recuerda a una gárgola desde su posición al borde mismo de una azotea, oteando siempre el suelo desde su privilegiada y distante situación, desde su superioridad.
¡Y siempre solo!
Aquí, en Nueva York, se desenvuelve como pez en el agua, es capaz de encontrar todo lo que necesita, toda la información y comprar todos los silencios que precise.
Lo primero que busca es un refugio, un lugar que le remita a la tranquilidad que necesita, a la discreción de las miradas, ajeno a todos los lugares clásicos que pudiera haber tenido en el pasado, y nada convencional, pues su aspecto así lo reclama.
Encuentra, un depósito abandonado de agua situado en lo alto de un edificio de trece plantas, usado antiguamente para solventar la posibilidad de un incendio en los pisos superiores, pero hoy en día totalmente obsoleto y fuera de uso, pues los sistemas modernos de activación de emergencias no necesitan de éstas medidas adicionales y trasnochadas.
Un depósito de unos tres metros de diámetro, engarzado en una estructura metálica de hierros entrelazados, que la levantan a una altura de unos cinco metros por encima de la superficie de la azotea, con una cuba de madera y cemento, cimentada posiblemente en los años cuarenta o cincuenta. Es bueno que Nueva York tenga tendencia a multiplicar por cincuenta las medidas de seguridad y por dos los medios económicos para desmantelar las anteriores.
Recuerda todavía muchos de los antiguos edificios por los que se movía confiado, en su anterior forma de vida, donde el conocimiento de estos sistemas antiguos le permitía en más de una ocasión el acceso a las viviendas ajenas.
El depósito, su depósito, lleva años vacío, y aunque le ha llevado casi toda la noche dejarlo en condiciones mínimas para acondicionar su habitabilidad interior, no está en demasiado mal estado. Sabes que por fuera no puede tocar ni siquiera una pintada, pues debe seguir pareciendo que nadie lo ha tocado, y por dentro la humedad generó un foco de infección y putrefacción que consiguió que fuera considerado no apto para el servicio.
Una obra cercana le ha proporcionado los materiales necesarios para que pueda construir en su interior un espacio libre y estanco, donde poder elevar una cubierta de ladrillos y arena que le aísle totalmente de su base.
Esta cubierta, tiene en sus laterales materiales plastificados, que recubren la cuba hasta su parte más alta, para conseguir un aislamiento térmico aceptable.
Desgraciadamente, para que pueda considerarlo un refugio seguro, no puede disponer en su interior nada que conlleve un poco de vida doméstica, por lo que sólo será usado como escondite y lugar de escape durante las largas, tediosas y bulliciosas horas diurnas.
Se recuerda a si mismo dos cosas; Que es un monstruo, una gárgola deforme y ello  conlleva  que cualquier otra forma más convencional para vivir está fuera de su alcance, y que es un refugio temporal, pues no sabe cómo se desenvolverán los acontecimientos futuros, ni donde acabará.
El acceso por la parte superior de la cuba le permite entrar y salir de él sin ser visto, pues no se encuentra al alcance de ninguna ventana cercana y además, su utilización nocturna le proporciona un entorno lo suficientemente oscuro y sombrío como para que nadie pueda observar movimientos en sus alrededores.
La trampilla que ha creado para tal fin, no está rota, se pone y se quita, para que no pueda llamar la atención de día.  Es perfecto para empezar.
Roba en ciertas tiendas elegidas,  donde se hace con un colchón, una almohada y unas mantas, y con ello tiene todo lo que necesita.
Se acomoda en su interior, y decide que pasará su primer día en él, intentando descansar.
Se ha acostumbrado, con el paso de los días, a agotarse lo suficiente como para que cuando se abandona al sueño, éste venga rápidamente, no por las horas pasadas, sino por agotamiento, y con suerte, no soñará y no tendrá las pesadillas que casi siempre le acompañan.
Escucha el bullicio incipiente de la  vida neoyorquina que empieza a latir, y con su constante cacofonía  se duerme. Descansa a ratos, sufre a ratos. Duerme a ratos. Como siempre, como cada día.
Sin embargo, la vida diaria tiene demasiadas horas para que las dedique al sueño, al descanso, y cuando ya lo ha consumido, no puede hacer otra cosa que elaborar su plan maestro, su plan de acción. La falta de actividad, la pasividad le desespera, pero no puede impedirlo. Su única baza ventajosa es la sorpresa, el desconocimiento de que ha vuelto. Llegará el momento en que se presente socialmente, pero ese momento todavía no lo ha elegido, todavía es pronto.
Elabora mentalmente una serie de prioridades, de necesidades inmediatas para desarrollar la estrategia.
Piensa que debería buscar un atuendo necesario para permitir que su aspecto quede disimulado, escondido entre ese ropaje, su identificación y su relación con lo ocurrido quedaría de esa forma sesgada, y por lo menos la gente en general no vería una abominación vagando por la ciudad, sino un desconocido, un peligro igual al de miles de los que pululan diariamente y de forma anónima por ella.
No le cuesta mucho encontrar lo que busca. Cuando llega la noche, se desliza por la cubierta de la cuba y recorre la ciudad entre saltos y saltos por los edificios anexos, por los tejados y las cornisas. Ha aprendido a sujetarte incluso en las lisas paredes, pues sus dedos se clavan en el ladrillo y en los revestimientos como si fueran cuchillas en mantequilla, así es ahora su descomunal fuerza sobrehumana.

Fuerza una tienda de disfraces, entrando por la puerta trasera, que da a un callejón oscuro y poco concurrido. Pero, para él, no hay cerraduras lo suficientemente duras que le paren; su objetivo es muy claro y su estancia en ella no dura más de uno o dos minutos, tiempo suficiente como para que se mueva con soltura entre sus maniquíes y coger lo que ha venido a buscar.
Cuando la policía llega al local, avisada por la alarma silenciosa conectada a la comisaría, él ya está lejos con su botín.
No lleva muchas cosas, lo cual asombrará a quien tenga que investigar el robo, y no le preocupan las huellas digitales, pues ahora no corresponden a las que desde su nacimiento ha tenido, ni le preocupa que le graben en vídeo, pues su aspecto bajo las ropas que lleva no indica a nadie fichado y da la imagen de alguien disfrazado.
En fin, es un robo perfecto, suficientemente anónimo y de muy poco valor como para que la policía haga el más mínimo caso, que no sea incluir el hecho en el ordenador central y dejar de investigar.
Su aspecto ahora le ayudará a empezar a buscar. Su ropaje de color ocre sucio, su piel gris oscura le beneficia. Lo primero que le interesa saber es el nombre de todos los fallecidos en la hecatombe que provocó, pues todavía puede tener algo de suerte y encontrar su nombre entre los fallecidos, de forma que su anonimato sea más contundente.
Buscar en Internet se plantea como la opoción más válida, un espacio ideal para encontrar toda la información necesaria y disponible de cualquier materia. La idoneidad del medio, su clandestinidad a la hora de las consultas y la discreción con la que puedes indagar en cuantas cuestiones pudiera preguntar, le hace pensar en la necesidad de buscar un camino que pase por dominar el medio para aprovecharlo en sus fines.
De momento, no piensa en sus propias capacidades, sino en usar y aprovechar las posibilidades  de quienes dominan ya el medio. Gente al margen de la ley, que pudiera ser de utilidad. Mas adelante, pensará seriamente en ello.
Para conseguir dicha información, se dedica a espiar el edificio de un vecindario del centro, desde la azotea cercana, para conseguir encontrar un apartamento vacío, aprovechando la ausencia de su propietario, y entrar desde el exterior por la ventana.
Encuentra uno en la planta diecinueve, donde sus ocupantes se han ido lo suficientemente arreglados como para presuponer que no vendrán en varias horas, lo que le confiere un margen de maniobra suficiente y amplio como para disponer de su ordenador y obtener toda la información que precisa.
Se desliza entre las cornisas hasta el piso en cuestión y fuerza la cerradura de la ventana,  de escasa seguridad, pues la entrada por ella es absolutamente impensable para cualquiera que no fuera él. Una vez dentro, observa por unos momentos los ruidos del piso, en busca de cualquier mecanismo que delate la presencia de algún sistema de  seguridad. No lo hay, sin contar las cuatro cerraduras de que dispone la puerta de seguridad reforzada y los sistemas conectados a la propia puerta.
En el piso a nadie se le ocurrió que alguien pudiera entrar por la ventana de un piso diecinueve.
Busca con tranquilidad, a oscuras, pues de un lado evita que la iluminación le delate antes de tiempo, por la posibilidad de que algún vecino le viera y le denunciara, y porque con sus nuevos ojos no necesita de luz para ver con total nitidez todas las cosas que están y ocurren a su alrededor.
No tarda en encontrar un ordenador, en una de las habitaciones. Cuando lo enciende, la conexión a Internet, es automática, como en la mayoría de los ordenadores, y sin claves de acceso, como en la mayoría de ellos cuyos confiados  dueños, no dependen de los negocios y no los utilizan como extensión del trabajo en casa. Es bueno que hubiera reparado en ello, cuando buscaba una casa adecuada a sus expectativas. Sabía que si había jóvenes de por medio, tenía el camino abierto hacia los ordenadores e Internet.
Se alegra por ello. No es tan torpe, se dices a si mismo.
Una vez, que se ha regalado un poco de autoestima, se sientas en la habitación, a oscuras, en silencio, y se sumerge en el inquietante mundo de la red.
No tarda demasiado, a pesar de reconocerse ciertamente profano en estas cuestiones, en encontrar las respuestas que busca.
La lista oficial de muertos en la destrucción asciende a 173; cinco más que los que en un principio creía. Se siente terriblemente mal, odioso,  sucio, mezquino y sobre todo, culpable.
Cada vez se está sintiendo peor, cuando, junto a los nombres y apellidos, aparece entre paréntesis la edad de cada uno de ellos. Es terrible observar que todos ellos eran gente relativamente joven, sesgados sus futuros por una fatalidad impropia y sin sentido. Lo que le destroza de verdad, lo que le hunde, es la certeza de la existencia de niños entre las victimas, de pequeños que por diferentes razones se encontraban en los edificios que destruyó.
Eso no lo puede soportar, y retira la mirada. Es incapaz de seguir leyendo nombre tras nombre, sabiendo que cada uno de los asientos que allí aparecen corresponde a una víctima, a una persona de carne y hueso que él se ha encargado de asesinar.
No quiere, sin embargo, olvidarlos; no quiere que se queden en un recuerdo global de víctimas, donde ninguno es especialmente recordado, e imprime la copia de la lista. Cuando la tiene en tu poder, la dobla con mucho cuidado, como si fuera un documento de vida o muerte, de un valor incalculable, y lo guarda bajo tu túnica.
Quiere estudiar a todos ellos y recordar sus nombres, sus edades, y tener para cada uno un recuerdo exclusivo. Les debe mucho más que eso.
Antes de dar por concluida su clandestina y delictiva incursión, busca entre los periódicos digitales información que pudiera resultarte útil. Cuando lee los artículos de diferentes sectores y fuentes, observa que hay ciertos puntos que no coinciden, varias  versiones de los hechos, no en el fondo, pero sí en la forma en que se desarrollaron los acontecimientos. Destaca, uno de ellos, la explosión de un camión cisterna de gas-oil que en ese momento, y bajo escolta, atravesaba la ciudad por ese punto para dar servicio a una estación próxima. La explosión pudo ser la causa que precipitó la caída del edificio, aunque la causa que le hizo explotar no está clara.
De pronto, le deja una puerta, un resquicio a las súplicas que desde hace muchos días implora al cielo, pues pudiera ser que sus acciones no estuvieran relacionadas con los acontecimientos posteriores, y que el solapamiento de dos circunstancias se diera a la vez en ese momento. Debe, por encima de todo, investigar.
Destaca el nombre de los periodistas, que allí indica, están llevando el caso, pues las fuentes oficiales, según consta, son llevadas con una discreción absoluta por la CÍA.
Imposible intentar saber cualquier cosa por ese lado.
Sin embargo, las fuentes periodísticas le resultan muy atractivas, pues, aunque sólo fuera por la primicia de la información, del contacto, y por mantener la noticia en exclusiva, guardarán el silencio necesario sobre su existencia.
Apunta con cuidado el nombre de los dos periodistas que llevan la noticia, el caso, y lo imprime.
Ahora quiere saber quiénes son, los casos que han seguido, sus edades, su experiencia, pues toda esa información le ayudará a crearse un perfil de cada uno de ellos para así decidir si se arriesga a confiar en ellos o no. En eso es un maestro, pues toda su vida ha aprendido a juzgar, con muy poco margen de tiempo, a la gente, ha aprendido a saber escudriñar las aptitudes de cada uno, su sinceridad, su doble juego, su doble moral, su lealtad, a partir de unas pocas sensaciones, a partir de su intuición. A esa filosofía le ha consagrado su propia vida y, de momento, sigue vivo.
No dejará de hacerlo ahora.
Recopila, durante un buen rato, todo lo que puede encontrar sobre ellos; cuando cree que sabe lo que necesita, imprime todo lo que ha conseguido.
Apaga el ordenador y la impresora, y se dispone  a marcharse lo más sigilosamente que puede; sin embargo, conforme recorre la estancia en dirección a la ventana forzada, no puede dejar de pensar en algo que durante estas últimas semanas no ha tenido ocasión de realizar en demasiadas ocasiones.
Decide arriesgarse un poco más. Ha pasado una hora desde que entró en la casa y nadie ha detectado su presencia. Puede permitirse un poco más de tiempo, y recuperar algo de la vida anterior que no tiene y hecha de menos; no es el orden que le gustaría haber escogido, pero sí es el más adecuado, así que se va a la cocina y saborea el manjar que guarda su frigorífico. Come como un chiquillo, troceando indiscriminadamente de cuantas cosas están a su alcance, sin importarle que estén frías, pues tan sólo su sabor le reconforta lo suficiente como para dar por buena la operación. Después de realizar este improvisado atracón de alimentos y de degustar la grandeza de la cocina de la dueña de la casa, realiza lo que tanto le está tentando, lo que por encima de todo ansiaba hacer: darse una ducha con... ¡agua caliente ¡
Cuantas cosas se empiezan a echar en falta cuando no se pueden conseguir fácilmente.
Dedica tu tiempo a la limpieza de su cabeza, aunque le hubiera gustado tener otra vez pelo, para disfrutar de su textura; utiliza casi todos los jabones que tiene a la vista y su olor, su perfume, su tacto, le embriaga, le inspira y le renueva.
Cuando sale de la vivificante ducha, y se dirige a ventana, sonríe agradecido a una noche de avances importantes y de tonificantes sensaciones, sensuales placeres que necesitaba.
Piensa en los dueños de la casa, cuando al entrar se encuentren una ventana forzada, una nevera vacía y una ducha usada, como único robo. Les resultará increíble.
Salta entre los edificios para buscar un espacio apartado y ajeno a las miradas indiscretas de los vecinos ociosos  y aburridos, que no encuentran otro entretenimiento para pasar las primeras horas de la noche, hasta que el sueño les reclame, que espiar a sus propios vecinos o buscar entre la visión limitada de su ventana cualquier cosa que pudiera parecerles extraña, o que se salga de sus rutinas, ¿ Quién les creerá cuando, si alguien les pregunta, digan que el ladrón entró en el piso diecinueve por la ventana y se fue de un salto por ella hasta el edificio de enfrente?,Tantea inconsciente los documentos que transporta en su túnica y que le servirán para indagar en su desgracia, en su ruina personal.
Son verdaderamente valiosos para él.
Además, no ha podido encontrar todavía la causa principal por la cual necesitaba conocer la lista de las víctimas; saber si él se encuentra entre ellas. Mas tarde, cuando el ánimo que ahora le falta sea mayor, lo hará; Además, las mañanas en su depósito son eternas y poder tener algo en que ocuparse no es, lo que se puede decir, algo normal, por lo que lo dejará para ese momento.
Antes de buscar su refugio para meditar en lo trascendente del paso que va realizar, se entretiene lo suficiente como para conseguir un par de periódicos diurnos de diferentes editoriales, en especial del perteneciente a los periodistas que ahora son su objetivo y que puede que, con el tiempo, se conviertan en su aliado, y con todo ello se vuelve a tu escondite.
Mientras lo hace, el destino le depara una prueba para saber si es lo que dice ser o lo que crees que es, o sólo una sombra desfigurada y ficticia agrandada por la luz de sus poderes, pero irreal al fin y al cabo.
Está en una azotea, esperando un momento adecuado para saltar al siguiente edificio, cuando escucha un grito, ahogado y sin buscar con él el amparo de quien lo escucha, sino nacido del miedo y la desesperación del instante.
Le llama la atención y le presta la suya. Durante años ha conocido ese tipo de situaciones y no necesita saber más de ella para reconocer exactamente que es lo que está ocurriendo.
Alguien está siendo atracado. Es algo común, es algo ordinario, es algo natural en la ciudad. Hasta hace muy poco, era parte de esa cadena, de esos acontecimientos y realizaba ese acto casi mecánicamente, pues son tantos los atracos que ha perpetrado que no puede acordarse de todos ellos.
Observa la situación sin intervenir. Se pregunta si debería hacer algo al respecto, o dejarlo correr, al fin y al cabo, no es su problema; filosofía que ha tenido siempre presente y que le ha permitido seguir siempre vivo y seguro. Pero ahora es distinto, pues tiene el poder y la distancia de ese particular mundo, para poder hacerlo.
No es un bendito, no es un santo, ni pretende serlo. Además, tiene una misión más importante que llevar a cabo y no puede arriesgarse a derrumbar todo lo que  tanto esfuerzo le está costando conseguir, como es su clandestinidad.
Sin embargo, ahora algo le escuece, le duele y le hiere por dentro al reconocer el miedo de la víctima, ahora ve las cosas desde el otro lado, desde el desvalido, desde la indefensión.
Piensa durante un instante que juró hacer algo al respecto sobre ello, sobre la intervención de unos pocos, a la fuerza y sin escrúpulos, sobre la mayoría; juró luchar contra el poder que le hizo ser elegido para esta desgracia, y ahora tiene delante una oportunidad para enfrentarse a él.
Por otro lado, los dos bandos, los dos  individuos que forcejean en el callejón debajo de él, son en realidad víctimas de ese poder, pues a cada uno se le ha otorgado un papel en la representación de su obra maestra, del enardecimiento de su superioridad, y cada uno de ellos hace lo que tiene que hacer. Así lo ve él, pues durante años era uno de ellos.
Lo deja correr, deja que sea atracado y golpeado, pues su error es estar donde no debía en el momento equivocado. Él va a por los peces gordos, a por los que de verdad hacen un daño irreparable a la sociedad comprando almas y poder a golpe de talonario, a quienes mantienen los horrores de la droga, de la delincuencia y la prostitución como única salida de escape a sus miserables vidas, como única forma de supervivencia en un mundo cruel, y que les desprecia hasta el punto de no ofrecer una oportunidad real de escape de tanta podredumbre. Cada cual tiene su papel, pero él ha jurado luchar contra los que realmente deciden quienes viven y quienes mueren, como un simple, espeluznante y nauseabundo negocio.
Sin lugar a dudas, no hará nada. Pero el delincuente se le parece, es él reflejado en el prisma de  lo que era hace tan solo unas semanas. Se ha estado diciendo a si mismo que su culpa está  en que nadie le ofreció una salida para escapar de ese tipo de vida malsana, que no todo es culpa suya, sino de quienes pudiendo, no se dignaron, no se molestaron en ofrecérsela. Ahora él es ese alguien, es quien puede ofrecer esa oportunidad, y decide darla; por conciencia, por cercanía, por  honestidad consigo mismo.
Salta entre edificios, acompasando el ritmo del delincuente que corre entre las calles para alejarse del lugar donde ha cometido el delito, y a un par de manzanas del lugar, se refugia en un callejón, buscando la soledad y la complicidad de las sombras para hacer un recuento de su botín.
Es su oportunidad.
De un salto, se proyecta hacia el suelo, buscando el rebote entre los edificios, de forma que sólo necesita cuatro o cinco segundos para llegar hasta él, sin ser visto y sin ruido. Le asombra en parte lo rápido que domina esta forma de recorrer la ciudad, pues si se lo hubieran contado hace unas semanas no podría haber hecho otra cosa que reírse a carcajadas. Ahora es su medio de acción.
Rápido, sin tiempo para otra cosa, se coloca a su altura, y sin dejarle reaccionar, le coge por el cuello con su gran mano, y le levanta en el aire, a un metro por encima de sus rodillas.
Su corpulencia, su altura, su forma sobrehumana, le dejan paralizado. No sabe que está pasando, pero se siente acobardado, intenta hablar pero no puede, intenta respirar pero no le deja. Ahora es él la víctima, y quiere que se sienta así por unos instantes.
Está agarrado a tu muñeca con las dos manos, buscando desesperadamente aire con qué renovar sus pulmones, y patalea de forma inconsciente buscando un punto de sujeción que se le es negado. Está totalmente a merced de su poder.
Entonces se lo acerca a escasos centímetros de su cara, de su terrible y extraña cara, y nota el terror en sus ojos; la expresión es la que busca, su pánico es lo que está intentando aflorar, pero le duele por dentro saberse terrorífico.
Sus ojos están fijos en él, los suyos no pueden mantenerle la mirada e intenta evitar el contacto visual directo, como si supiera que si lo hace puede considerar la prepotencia como una acción agresiva.
Entonces, le habla, le dice lo que le hubiera gustado que alguien le hubiera dicho a él cuando aún era joven y tenía una oportunidad para escapar.
Aunque no lo entienda, aunque no comprenda que está pasando, le indica que es su objetivo, su presa y que le buscará por las calles, en la noche, si le encuentra otra vez, y si ocurre, no volverá a tener piedad de su vida. Volverá a buscarlo, y si no ha cambiado sus hábitos de vida, no se merecerá la oportunidad que le brinda.
Le suelta, y le ve correr entre exabruptos, toses y miedo.
Espera que ese mismo miedo le impida hablar de él, sobretodo porque nadie le creería.
Quizás consiga cambiar, quizás lo ocurrido hoy haga lo que no pudo hacer la vida. La oportunidad ya está dada.
Observa que el botín que había conseguido está ahora a tu lado, en el suelo.
Todo lo ha tirado, ya no era importante. Lo recoge y se lo lleva.
Recorre los edificios nuevamente en dirección contraria, y puede ver a la víctima de su protegido hablando con un policía explicando, el robo y el delito en sí.
Guarda todo lo que recogió en la cartera y, desde lo alto del edifico, la lanza para que caiga cerca de ellos, de forma que pueda recuperar cuantas pertenencias le habían sustraído. No lo haces por él, pues no le importan esos bienes y sabes que puede conseguir otros, que no le hacen falta para sobrevivir, lo que a su protegido sí, pero con esta acción entiendes que, al recuperar todo lo robado, no habrá denuncia, los hechos no traspasarán las  fronteras de la ley, y se quedarán así, permitiendo a tu protegido, aunque él no lo sepa, tener la oportunidad que unos minutos antes le había  ofrecido.
Por esta acción, al menos, no será detenido ni perseguido.
Cuando el guardia y la víctima miran hacia arriba, en clara consecuencia temporal, no hay ya nadie a quien ver, nadie a quien buscar ni nadie a quien agradecer.
Ha tenido tiempo suficiente para seguir su camino y esperar que la mano que ha tendido, se aproveche. Pero eso ya no depende de él.

Ahora vuelve a su cubículo, donde la protección de su escondite le ampara y donde se siente aislado de la podredumbre exterior. La noche acaba para él hoy. Se siente bien.