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RESPUESTAS


Unas botellas de vino, encontradas en un contenedor, de gran calidad, dentro de una atractiva caja y con apariencia de ser exclusivas, le reconforta y le transporta por un momento al mundo que nunca saboreó, al mundo reservado a una limitada clase social, que nunca le hubiesen aceptado, pero que siempre a tenido presente; tenerlas delante le recordaba quien era y cual era su sitio en las capas sociales; por un lado le agrada robarles un poco de esa exclusividad con este acto y, por otro, los encuentra más próximo ahora mismo a él que la realidad pura y dura que está viviendo.
No encuentra comida. Decide buscar en cubierta, al abrigo de la noche y ahora que tiene ropas para disimular su aspecto, se encuentra más fuerte mentalmente, más animado.
Cuando ésta llega, no le cuesta forzar una entrada hacia una bodega paralela dentro del barco, con un acceso al exterior mediante una escalera fija alojada a la misma y completamente vacía. Da cierto vértigo encontrarse en una bodega vacía, donde el fondo apenas se vislumbra, si no fuera por su nueva capacidad para distinguir más claramente las cosas en la oscuridad, y donde un traspié puede llevarle al fondo en un segundo, aún cuando, conscientemente sabe que su nuevo poder le salvaría, pero su mente todavía no se ha acostumbrado a él, no ha asumido esta nueva capacidad y el miedo, la prevención, la seguridad, la supervivencia le hacen mantener una sensación de pánico apagado, de ligera intranquilidad hasta que consiga llegar a la superficie.
No es difícil. Espera hasta no oír ningún ruido y se arriesga. La zona por donde sale está a oscuras, en sombra. Ha habido suerte.
Se desliza por los contenedores rápidamente, con asombrosa agilidad, nacida no de su nueva condición, más torpe y severa debido a su gran tamaño, sino de los años de escudriñar los callejones, acechar en la oscuridad y parar desapercibido en las peligrosas calles en las que se sentía confiado y seguro.
Huele comida, a lo lejos, y se asombra. ¿ Cómo puede ser? No hay ninguna luz encendida cerca, sin contar las de emergencia de la planta en la que se encuentra. No hay ruido, ni voces, ni conversaciones. No están los comedores cerca. Sin embargo, atisba en el aire un delicado olor a comida europea, a elaborados planos creados a partir de especias y mariscos.
El aire trae el aroma de la cubierta superior. Sube hasta ella por la parte exterior del barco, eludiendo a cualquier turista que estuviera dando una inoportuna vuelta por ella aprovechando la tranquila y bella noche que el mar regala.
No hay luna. Se agradece, pues su luz impediría muchos movimientos clandestinos que se ve forzado a realizar.
Cuando se encuentra en la cubierta superior, el ambiente general es muy distinto; hay un gran trasiego de gente de un lado para otro, bailando, riendo, bebiendo, festejando su suerte y el viaje hacia unas prometedoras vacaciones, en alguna que otra ocasión, bien ganadas.
Es un gran problema, pues aunque la comida y la bebida corren a raudales, suficiente para satisfacer a cuantos se acercan a saborearla, para él se encuentra vetada como si estuviese a un millón de kilómetros, pues no puede ser visto en ningún momento.
La fiesta parece que se alargará horas, así que decide subir a la última cubierta e intentar encontrar la comida que ansía sin despertar sospechas y sin que nadie se percate de su presencia.
Esta cubierta está también tomada, pero por otro tipo de personas. Son parejas, y algún que otro solitario, que busca la soledad de la noche, el romanticismo de las limpias, nítidas y, desde esta privilegiada posición, abundantes estrellas que pueblan el firmamento. Mala suerte también.
Debe decidir en qué cubierta intentará encontrar comida. No le queda más remedio.
Desde su escondite en un lateral exterior del barco, descubre la piscina de la cubierta superior, encantadora superficie de disfrute y placer donde se hacen negocios de todo tipo y se compran almas. Él nunca tuvo el lujo y la vida regalada tan cerca y le inunda una sensación mezclada de odios y envidias que le hace querer ser uno de ellos, pero sabe que no puede y ahora no podrá ser jamás. Se resigna.
Sin embargo, se fija en un detalle que antes le había pasado desapercibido; el bar de la piscina; imprescindible para satisfacer las necesidades más básicas de cualquier turista, donde se demuestran las miserias de todos los que rondan sus mesas, donde los que piden sus consumiciones se regocijan ante la sumisión impersonal del barman, ante la categoría personal superficial y ficticia, reconocida solamente por el lugar que se ocupa en la mesa.
Requiere mantener un servicio amplio y variado de aperitivos y snack con que acompañar las bebidas y, por ende, suficiente para satisfacer las necesidades de esta noche, aunque traga saliva al recordar por un momento las exquisitas viandas que se sirven tan solo unos metros más abajo, y que tiene clavadas en sus papilas desde que salió de la bodega. En fin, es cuestión de perspectiva.
De momento espera encontrar lo suficiente para varios días si la distribuye bien.
Busca un lugar apartado donde esperar a que quede despejada la cubierta y decide situarse cerca del ancla, en la parte exterior del barco, donde las miradas indiscretas de enamorados y demás parejas  no tienen acceso.
Reconforta el alma el aire marítimo en la cara, el sonido inconstante y lejano de las olas que son cortadas por la popa del barco, el cielo limpio de nubes que deja ver con increíble nitidez y belleza un firmamento que nunca antes había observado, en parte porque las luces y la contaminación de la ciudad  lo impedían, en parte porque nunca se había preocupado de mirar mas arriba del último piso de los edificios que componían el entorno de su barrio.
Es curioso la gran cantidad de sensaciones, sentimientos y reflexiones profundas a las que está llegando, las que ha considerado en las últimas horas y que durante toda su vida no había prestado ninguna atención, incluso las consideraba un signo de debilidad que no se podía permitir en lo que hasta entonces consideraba “ su oficio”.
Por primera vez en las últimas horas, el tiempo vuela, inmerso en un mar de pensamientos que se agolpan en su mente, recuerda toda su vida, con pocos recuerdos felices, sin padres a los que abrazar, sin regalos, sin un beso por las noches, sin comida suficiente cada día, pero al final, es su vida, y añora las calles de su ciudad, el hormigueo antes de la consecución del último plan maestro que iba a resolver todos los problemas que le acuciaban y que al final nunca salía como esperaba...
Era una persona de acción, impulsiva, violenta, activa, y ahora se ha convertido de la noche a la mañana en alguien distinto, alguien mucho más reflexivo, más cuidadoso de sus actos, mide más las consecuencias y no sólo las acciones y, cuando más poder tiene para ser como era, más le sirve para ser como es, diferente. Y le gusta, le gusta mucho.
No oye ruido. La noche está ya muy avanzada y cree que ha llegado el momento. Se dirige hacia la cubierta superior y, con un rápido vistazo general, se asegura que no queda nadie en ella.
Con rapidez, se sitúa en el bar de la piscina y descubre que detrás del mostrador está la bandeja de los aperitivos cerrados en bolsas. No se paras a nada más. Abre una bolsa y se la come de inmediato. Después abre otra. Con la tercera su hambre retrocede y comienza a ser más cauto, más metódico. Observa a su alrededor para conseguir la mayor cantidad de comida posible, ésta ya para llevársela al contenedor y administrársela tranquilamente en los siguientes días.
Fuerza una pequeña despensa situada debajo del mostrador y una máquina de snack y con todo ello, consigue alrededor de treinta unidades independientes de productos fáciles de consumir.
No tienes demasiado tiempo para elegir.
Con un mantel del bar, improvisa una bolsa e introduce todo lo conseguido en él. No le atrae nada de lo conseguido pero al fin y al cabo, es comida, y eso es más que suficiente. Se alegra de haber podido forzar la máquina de los refrescos, pues llevas muchas latas y botellas de agua, suficientes para unos cuantos días, aunque estén calientes.
Sabe, sin embargo, que todo lo que consiga ahora será lo que pueda tener en varios días, pues cuando descubran lo ocurrido se investigará y, aunque no le descubran en la bodega, si se reforzará la vigilancia y le resultará muy difícil salir de su escondite sin que puedan verle.
Cuando tiene todo en el mantel, anuda las cuatro esquinas, y deja el bulto a un lado.
Ve las cerillas con la publicidad del barco que el camarero del bar tiene en el mostrador para ofrecer a los clientes que reclamen fuego. De pronto necesita fumar, desesperadamente, como siempre y como durante años. Que curioso que en las últimas horas, y con tanta tensión como ha soportado, con tantos acontecimientos drásticos que le están ocurriendo, no se haya parado a buscar uno de los vicios que le acompañan desde pequeño, y del que siempre se apoya como si fuera un amigo de la infancia porque le proporciona una pequeña seguridad adicional. Curioso.
Al irse, coge el periódico del día, de la papelera, porque puede distraerse leyendo y quizás explique lo que pasó y si hubo bajas o no. Es importante.
Con todo ello, y guardando la precaución adecuada, vuelve a su escondite sin dejar más pistas que la perplejidad del camarero cuando al día siguiente encuentre el bar en un estado lamentable, sin suministros y donde la mayoría de las cosas que faltan son gratuitas y las suministra el propio barco para entretener a sus clientes.
Espera, con lo que ha conseguido, tener suficiente comida y bebida hasta el final del viaje, pues, por mucho que dure, no pasarán más allá de cinco o seis días.
Cuando se introduce en la bodega del barco, no puede dejar de notar un especial escalofrío de satisfacción que le recorre el estómago, que siempre sintió cuando realizaba algún ” trabajo” y salía bien. Le hace sentir confortable, grande, auténtico.
Abre el contenedor y deposita allí todo lo que ha conseguido. Hace una pequeña selección de las viandas y separa en apartados todo lo que sea semejante, como si fuera una despensa improvisada.
Con los paquetes de cigarrillos hace una columna, y se pone cómodo. Calcula que tienes agua y comida para siete días si no despilfarra nada, y le agrada. Decide que la hora de las restricciones será la siguiente comida, pero no ésta, pues ha sudado mucho para conseguirla y se mereces un premio, así que coge una bolsa de patatas fritas, un paquete de cigarros, unas cerillas y el periódico, sale fuera del contenedor y busca un lugar con cierta claridad, donde la mejor luz es una oscuridad naciente, pero que para sus nuevos ojos no es impedimento para ver y leer el periódico. Le gusta la idea de esta nueva situación. No los ojos.
Se pone cómodo entre dos contenedores, abre la bolsa de aperitivos, abre el paquete de cigarros y enciende uno; la calada le transporta a sus ambientes de ciudad, a su barrio, a su olor, a su entorno. Llena sus pulmones de ese humo favorecedor de recuerdos y se acomoda un poco más. Entonces coge el periódico para buscar las noticias de lo que le ocurre y de lo que hizo.
Lo hace con cierto temor, pues aunque se encuentra lo suficientemente fuerte como para hacer frente a lo que pudiera poner, no quiere aceptar que las muertes que pudiera haber causado fueran muchas. Está acostumbrado a la violencia y alguna muerte nunca le ha causado mucha impresión, pero... ojalá ningún niño...
Da una tercera calada profunda, intensa, contundente  y empieza a leer despacio.
La noticia del titular no puede ser otra,

                                      ¡ UN MONSTRUO MUTILA NEW YORK!


La editorial la firma el propio director del periódico, indicando bajo esa contundente  frase:


NEW YORK ATACADA POR UNA ABOMINANICIÓN CAUSANDO 167 MUERTOS Y MULTITUD DE DESTROZOS EN APENAS TRES MINUTOS


Y después aparece una fotografía que se le clava en el alma, en la mente, en el corazón para siempre, y que ilustra de una forma cruda lo que tanto temía, lo que esperaba que no hubiera pasado; una interminable fila de bolsas mortuorias al margen de una calle derruida, destrozada hasta los cimientos,  llenas de ambulancias y policías, bomberos y curiosos.
No puede pasar de ahí. Por tercera vez en su vida, llora amargamente. Esta vez de impotencia ante lo que ha hecho y que no puede rectificar, porque lo que ha pasado es horrible, injusto, terrible, y es el único responsable, el único culpable y daría su vida si pudiera rectificar esa situación. Pero no puede. Es la primera vez que se cambiaría por algo o alguien que no es él mismo.
Arruga el periódico con fuerza y lo lanza al otro lado de la bodega de un solo lanzamiento. ¿ Qué puede hacer para remediar este mal, esta vileza tan baja y canalla, de destrucción sin razón  ni causa aparente, sin sentido?
Su remordimiento le está destruyendo por dentro. Su dolor por el mal causado es tan intenso que casi es físico. Él es la causa, el causante, el problema en sí mismo y no puedes evitar serlo.
Inconscientemente busca un lugar oscuro dentro de la bodega y se refugia en él con la insensata esperanza de encontrar consuelo en la absoluta oscuridad, donde no pueda verse a si mismo y donde pueda encontrar un ápice de aislamiento para reconfortarse.
Se queda en silencio, espera que pase algo que le obligue a ser otra vez persona.
Espera, espera.
Pasan las horas. Sale de este improvisado refugio y en silencio, vuelve al contenedor y se tumba indiferente a todo lo que es ajeno al pensamiento de culpa que le invade y le envuelve. Lleva un hedor a muerte, a genocidio que no puede desprender de su mente. Cierra sus extraños los ojos y una lágrima se desprende nuevamente de ellos.
No puede soportar la visión de los muertos en la calle.
¿Por qué le ha tenido que pasar a él?
Era un tipo duro. Acostumbrado a todo tipo de violencia. Muchas de sus formas las practicaba. Incluso ha asesinado alguna vez a ciertos tipos que se encontraban en su camino e impedían la buena marcha de sus negocios, de su imagen.
Pero eran tipos que se lo merecían, o así lo entendía él, que de alguna forma comprendían la vida y los negocios de la misma manera y corrían la misma suerte que todos vosotros; aunque ellos tuvieron menos. Esas eran las reglas, tan estrictas, tan duras, tan simples.
Pero él ha asesinado a personas inocentes, a gente común, ajenas a este mundo de crueldad y miseria, a padres de familia y niños, a los que siempre ha envidiado en silencio, sin que lo reconociera en público nunca, porque tenían la única cosa que ha ansiado en su vida: el amor y el cariño de otros.
Y ¿ por qué? No lo sabe. Es por un capricho del destino. Por un azar o por una cruel broma pero sólo ve que de los millones de personas que pueblan la tierra, de los millones de almas que existen, el elegido  para convertirte en un asesino de masas, en un mutilador de futuros, en, como dice el periódico, una abominación criminal y asesina, ha sido él.
¿Quién entenderá lo que le ocurre?
Él ya lo está pagando, lo pagará durante toda su vida, porque la responsabilidad de los actos es suya en último término, aunque puede hacer algo al respecto. Puede intentar encontrar la causa por la que se le eligió por encima de los demás; puede indagar hasta encontrar una explicación sobre su terrible futuro y hacérselo pagar muy caro, muy duro y terriblemente intenso. Su dolor es sólo suyo, pero es heredado, es donado por alguien que no se preocupó en considerar si tenía madera para aceptar algo así, que le despreció hasta el extremo de elegirle, que pensó que era tan despreciable como para que esa maldita suerte fuera para él,  que le trató como una rata de laboratorio en su macabro plan y que incluso, antes de la consecución del mismo, sabía el potencial de destrucción que desencadenaba y lo consideró viable. Esa rata despreciable será su objetivo en la vida. Después de conseguir aceptar su propia miseria, pues el que le ha elegido sabía de la baja calidad moral del prototipo de persona que buscaba, y entrar en ellos, es terrible y odioso. Pero él nunca se planteó hasta ahora todo esto, nunca consideró que su vida dañaba otras hasta límites imposibles de cuantificar, hasta ese nivel de tan bajo, porque siempre ha creído que la sociedad le debía algo, que estaba en deuda con él por su sufrimiento; y ahora ¿ qué?. Ya no puede ni quiere recibir más dolorosas sorpresas. Quiere conocer toda la verdad desnuda, llegue hasta donde llegue su crudeza, pues está tocando fondo en la penumbra de su alma; así que decide buscar el periódico que tiró con rabia, con desesperación y terminar de leer toda la noticia, todos los datos y conocer de una vez por todas el daño que ha hecho.
Cuando lo encuentra, lo estira con cuidado, y no por intentar cuidar el ejemplar, sino por que inconscientemente intenta darse tiempo para prolongar la verdad que se le oculta por unos instantes.
Está de pié, tenso, absorto en el periódico cuando empieza a leer.
Con cada frase que tu mente descifra, la realidad pone de relieve sus más profundos temores. El daño es indescriptible. Gente de todo tipo y condición fueron víctimas inocentes de su potencial y primitiva fuerza y después... descubre que murieron en el ataque 43 niños, almas inocentes que estaban en un edificio de los que derruyó sin contemplaciones en una guardería, ajenos a todo, jugando, riendo, soñando.
Suelta el periódico de tu mano, no quiere leer más allá pues no tiene más interés ni importancia cualquier otro detalle. Ahora sí está verdaderamente desamparado. Allí, en la soledad de la bodega, en el silencio que le envuelve y le ahoga, que le devora  y le enfrenta a si mismo, allí mismo, por cuarta vez, llora por ellos.
Como explicar a sus padres, a sus familias, que fue él, pero que no pudo contener la locura que le inundó, que le dominó y que ni siquiera eral consciente de las acciones que estaba haciendo. Ellas eran suyas y es el responsable. Responsable por ser él y porque su vida anterior le ha llevado a serlo; se ha ganado el dudoso honor de ser  el elegido día a día, hora a hora y eso no lo puede justificar.
¿Cómo podrá compensar todo esto?
¿Suicidándose?
En un principio la idea no la desecha, pues vivir no es algo que en este momento le interese, pero no quiere que el verdadero responsable de las viles acciones que le han obligado a  realizar se salga con la suya, y no puede permitirlo.
Considera que la única manera de poder compensar mínimamente a las familias que han tenido la desgracia de perder a sus familiares en la hecatombe que ha originado es hacer pagar al verdadero culpable por sus culpas. Ya no lo hace por él, sino por ellos.
Dedicará todos sus esfuerzos, toda su vida entera a encontrar a quien le ha convertido en un peón de un juego que ni ha elegido ni quiere jugar. Va a por él con toda su fuerza, con todo su corazón, con toda su alma y, sobre todo con todo su nuevo poder.
Y después...
Los días transcurren lentos, infinitos, silenciosos, sólo rotos por el alejado rumor de los turistas, unos metros más arriba, en sus constantes idas y venidas y con sus risas ajenas a cualquier tragedia, al divertimento de saber que apuran las últimas horas de unas vacaciones que quizás tarden años en poder repetir, y cualquier minuto puede y debe ser el tiempo que se tarde para forjar en la mente un recuerdo que durará toda la vida.
Ha aprendido a escuchar el sonido lejano del mar, sus ecos, su misticismo, y todo ello se convierte  en el sonido de la soledad, en un concierto de pensamientos, del camino hacia su interior, y, por encima de todo, a la sinceridad con la que se juzga.
Sabe ahora más cosas de si mismo, en las últimas horas, que durante toda su vida. Ahora no hay nadie delante, no va a ser juzgado por su entorno ni debe dar una imagen específica; ahora se conoce cristalina, sinceramente y ha aprendido a censurar las cosas desde su propia orilla y empieza a reconocer los valores morales que le mantenían alejado de la realidad, como propios. Pero no todos;  sigues pensando, aceptando, que la justicia es suya, que debe tomársela por su mano sin reservas, contundentemente y sobre todo, de forma brutal y drástica.
Admite que las personas con las que convivía, que no con las que trataba, son dignas de ser protegidas, arropadas, separadas de personas como las que representaba él, que necesitan a alguien que las defienda de la impunidad amoral de quienes sólo conocen el poder, en todas sus formas, como religión y donde la devoción que mantienen pasa por encima de cualquier cosa.
Debe ser protegida de gente como él. Como era él. Les debe al menos eso. Por los niños que nunca tendrán un futuro por su culpa. Por la posibilidad de que lo tengan otros.
Ha aprendido a no creer en la justicia. En sus representantes. En las instituciones. La corrupción de sus miembros la pervierte, la condena desde la base y la inutiliza como fuerza de defensa, de choque frente a los que aprovechan esta debilidad y la utilizan a su favor.
En su mundo, está acostumbrado a conocer las caras de esos representantes de ambos casos, de esos despojos que hacen del cinismo profesional su carta de presentación, donde cualquier cargo, alto o bajo, tiene un precio, y, en muchos, conocido.
No es suficiente que también haya quien crea en ella, quien la defienda y dedique su vida y esfuerzo a intentar que vuelva a ser pura y digna, pues se nutre de cada uno de los que la representan.
Siempre ha tenido una ética en su “oficio”. Todos los que la componen la tienen. Es simple pero efectiva, y se basa en reglas inquebrantables, que dictan quien se salva o se condena en la rueda del respeto y el miedo, de la superioridad forjada por el abuso del más débil y la lucha entre ambiciones.
Pero no se permite el doble juego, los dos bandos, la hipocresía. Se es fiel a quien se  decide ser, y para siempre. Sin cambios, sin dobleces, y se castiga con contundencia y severidad el error, la duda, la ausencia de devoción a la causa.
Es una justicia paralela a la oficial, pero siempre se cumple la sentencia dictada. Da igual el tiempo que pase hasta su ejecución, al final se cumple. Esa es su justicia, en ella se educó y esa es la que impondrá. Ya ha juzgado y condenado, y tan sólo le queda repartir la sentencia.
No conoce todavía  quien o quienes forman el grupo de condenados, de sentenciados según las reglas que ha seguido siempre, y aplicará las mismas ejecuciones que ha visto muchas veces a lo largo de su vida, aunque esta vez lo hace por otras razones, y, sobre todo, por otra gente.
La justicia que reclaman las almas inocentes de los niños que ha matado sin poder evitarlo, incluido él mismo, le obliga a buscar culpables, a descargar su ira e intentar que su recién estrenada conciencia descanse lo suficiente como para poder seguir viviendo. Ni siquiera vivir en paz, feliz, sólo seguir viviendo, quizás tranquilo.
Empieza a encontrarse a si mismo, en un sinuoso camino serpentino empedrado por el arrepentimiento de su anterior vida, que ha dado lugar a ser el elegido por el destino para convertirte en el ser más despreciable de todos. Pero eso puede cambiar, para él, si es capaz de evolucionar hacia el otro lado, evitar la locura y buscar la coherencia.
Ahora no tiene secretos para si mismo. Se conoce profundamente, es sincero hasta lo más profundo de su alma y se siente limpio por dentro, depurado, nuevo.
Por fin, se ha dado cuenta de la verdad más absoluta de todas las que marcarán su vida:

                            ERES RESPONSABLE, PERO NO CULPABLE

Su responsabilidad la marca su propia vida, el antes, que le colocó en el lugar indebido, y después, pues debe aprender a vivir con el horror que generó.
La culpabilidad no depende de él, porque potencialmente puede ser muchas cosas, puede ser incluso el idóneo para esta jugada del destino o de quien lo ideara, pero sólo en potencia, y la potencialidad no es nada, no se materializa nunca si no se genera el germen de la acción concreta, la semilla del paso físico, y ese, no le dio.
Ahora que lo sabe, ahora que ha llegado a esta inalienable  conclusión, sabe lo que debe hacer, sabe como se siente y sabe que está en el camino correcto, en la línea adecuada para poder conseguir superar con el tiempo todo lo que le ha marcado y cambiado hasta las entrañas.
Puede, con el tiempo, empezar a vivir otra vez, pero esta vez con una, débil e incipiente,  razón para ello.
Por primera vez desde hace dos días, se duerme y descansa con la mente más tranquila, despejada, creyendo que ahora se considera mejor persona, o incluso, sólo persona, y eso le llena de cierto  orgullo, de satisfacción.
Hoy no le asaltan las pesadillas, los remordimientos, los rostros anónimos que claman por una justicia que todavía no ha repartido, que no le exigen aún su propio castigo. Pero sólo por esta noche. Llegarán y tardarán muchos años en irse.
Pero esta noche deciden esperar, y descansa.
Cuando despierta, se siente renovado, como si hubiera pasado una enfermedad grave y la hubiese superado, dejándole secuelas importantes, cicatrices marcadas en la piel del alma que nunca se borrarán, pero que se cerrarán lo suficiente como para que pueda seguir viviendo de forma aceptable.
Tiene hambre. Tiene sed. Se deja llevar por sus apetitos sin controlar las pautas que se auto impuso para el abastecimiento básico de supervivencia. No le importa ahora.
Fuma un cigarrillo, y con cada calada va recuperando su antigua esencia de intolerancia hacia quien le oprime y le fustiga, le acorrala y le utiliza, y empieza a buscar respuestas, otras respuestas distintas a las que le han tenido derrotado, o las que le han corroído el alma.
Ahora busca respuestas más concretas. Respuestas de vida y muerte. De venganza.
Busca encontrar pautas de algún vestigio que delate las pistas para encontrar a quien ha creado tanto horror, en si mismo y en los demás.
Se encuentra con fuerza para repasar mentalmente los pocos recuerdos que le quedan de los primeros momentos. Lo hace. Pero no encuentra nada.
Se observa con cuidado, y se odia, odia su aspecto y su siniestro y atroz semblante, su naturaleza inhumana y empieza a comprender que lo que le ha puesto en esta situación no corresponde a fuerzas cercanas a su entorno, su barrio, sus enemigos.
Ninguna banda, ninguna organización mafiosa tendría en su poder algo tan absolutamente extraordinario como para dominar la ciencia que pueda conseguir tal milagro, tal hazaña científica, y eso, salvo que divague en un mar de elucubraciones, sólo puede ser cosa del gobierno, del ejército o de ambos. Ese será su principal objetivo cuando llegue a algún destino donde consiga estabilizar su situación y encuentre un refugio donde estudiar sus nuevas y “curiosas” cualidades físicas.
¿Quién si no, puede tener tal tecnología o conocimientos científicos como para conseguir tal proeza?
¿Y si es así, es único, una rareza, una anormalidad, una anomalía, un proyecto que salió mal, o, por el contrario, fue un éxito?
¿Quizás hay más como él en algún lugar del mundo?
¿ Cómo saberlo?, ¿ Dónde empezar a buscar?
Sabe que en el supuesto, irracional y singular, que el gobierno o fuerzas tan poderosas o iguales como él, no estuvieran metidas en el asunto, no podría buscar ayuda en sus laboratorios pues  pasarían a convertirle en la rata de investigación que les sirviera para intentar averiguar la tecnología que lo ha logrado, competir con quien la tiene en este momento, buscar nuevas defensas para un posible ataque, crecería la creencia de que un ser como él amenazaría la paz en todo momento, por activa o por pasiva, sólo con el conocimiento de que está vivo, sería amenaza suficiente para hostigarle y no poder consentir que viera la luz el resto de sus días.
Quizás algún día, cuando quiera desaparecer del todo, pueda ser su mejor opción. Ahora, de momento, es mejor no tomar ese camino.
De todas formas, y con las pistas que tienen debido a la destrucción y a los testigos que presenciaron el acto, deben de aportar sus propios recursos para perseguirle, para encontrarle, y no cejarán en su empeño. Debe contar siempre con ello, no puede perder la sensación de estar continuamente perseguido, y eso en el caso que pueda escapar a las miradas indiscretas y a los curiosos ocasionales, pues en cuanto alguien le vea antes de que esté dispuesto a salir a la luz nuevamente, esas fuerzas darán un paso de gigante en su empeño por encontrarle y estudiarle y... recluirle.
No puede permitirlo. Tiene una misión que realizar demasiado importante, pues se lo debe a las víctimas inocentes y a si mismo.

No necesita dormir, necesita descansar.