CATARSIS    
Ya queda poco para que las sombras dominen la ciudad. Cuando eso ocurre, puede salir de su escondite para recorrerla, para poder ser persona, notar el aire en su rostro, acercarse a sus semejantes, aunque sólo sea desde la distancia que le proporcionan los edificios y ser de alguna forma libre.
Hoy, cuando salga, se acercará al edificio del TRIBUNAL JOURNAL, lugar donde mañana podrá dar, si todo sale como espera, un gran paso en su camino para el conocimiento de la verdad que le hostiga. Lo hace de forma inconsciente, pues mientras recorre la ciudad entre saltos y malabarismos, no controla los caminos que el azar le indica, porque viaja en una nube de pensamientos y culpabilidades que le mantienen ajeno a la realidad consciente.


Cuando está frente a él, en el edificio anexo, se para de pronto, volviendo a la realidad, a la cruda sensación de notar cada uno de los matices que le rodean, y extrayéndose de su mundo imaginario, pensativo, melancólico y familiar en el que hora tras hora se has hecho un verdadero maestro.
Mira a su alrededor, y sabe que  no debería estar allí, pues no conoce si su misiva ha forzado una vigilancia expresa de la azotea desde el momento en que descifren sus contactos la clave del mensaje, o si, alguien, al observarle, pudiera dar la voz de alarma y desmantelar todo lo que hasta ahora tanto le ha costado crear.
Sin embargo, a pesar de sus precauciones,  la ciudad no tardará en conocer de su existencia, pues inevitablemente alguien le verá, y cuando esa cuenta suba y sean suficientes, nada habrá que le haga parecer invisible y, entonces, sus problemas se multiplicarán por mucho. Antes de eso, debe resolver ciertos desarreglos que le mantienen viviendo una vida miserable y hostil.


Observa el edificio, con una rápida mirada para notar la vida que fluye en su interior, en perfecta armonía con el ritmo que impone el trabajo bajo presión, y admite que envidia esa sensación, poder ser alguien cuya ocupación fuera normal, relativamente estresada y deliciosamente en sincronía con el resto.
Se da media vuelta, pues ahora ya no puede ni podrá aspirar a algo ni remotamente parecido, así que intenta sacar algo de partido a su especial manera de disfrutar de la vida, y salta para alejarse de ese edificio.
Su destino hoy, ahora, le lleva a pagar una deuda que no quiere tener; es pequeña, insignificante, pero le bulle por dentro como si no estuviera pagada, como si el delito cometido fuera mayor que el hecho en sí. Es de naturaleza moral, sabe que ha generado un miedo innecesario y perdurable, un miedo que se quedará en el alma en forma de incertidumbre, de intranquilidad y desasosiego, de inseguridad, y necesita repararlo.
Cuando llama a la ventana del piso diecinueve, con fuerza suficiente como para poder ver como la luz de la habitación contigua se enciende y por el pasillo se alargan las sombras precipitadamente denotando que alguien corre hacia su dirección, le da tiempo suficiente para escapar hacia la azotea de ese edificio, y ver como el perplejo dueño de la vivienda coge un paquete descansando en el alféizar de la ventana, con 2.000 dólares perfectamente atados entre sí, y una nota presidiendo el fajo con un escueto y sincero texto.
“Disculpas por la intromisión. Fue necesaria. Nunca más. Ceres.”


Se siente mejor. Ahora sí ha cerrado esa deuda, pues los demás son empresarios que pagan seguros para cubrir sus pérdidas o son indeseables que se merecen alguien peor que ellos. Ya no quiere generar víctimas inocentes en ningún sentido.
En su cabeza, bullen varias ideas para recuperar su perdida vida. Una de ellas es recopilar el dinero necesario que le permita, de forma discreta, mejorar su aspecto facial, intentar que algún cirujano pudiera modificar su rostro, aunque fuese en parte, de forma que al menos pudiera pasar desapercibido por ese motivo entre los de su especie, entre la gente normal. Después, si consigue estar en paz consigo mismo, buscará un lugar donde retirarse e intentar llevar una vida, quizás en las montañas, que no ofenda a nadie y donde su tamaño y su aspecto no tengan que ser examinados a cada momento. Pero todo eso conlleva mucho dinero, y robárselo a quienes manejan los hilos de las mafias es extremadamente peligroso, pero también es la única manera de que su estrenada conciencia esté limpia. Su moral puede no ser mejor que la de los demás, pero esa ética especial es la suya, y debes ajustarse a ella.
Nadie va a ayudarle, ni siquiera espera que lo hagan, así que debe, como siempre ha hecho, solucionarse sus problemas, y sólo sabe hacerlo de una manera, aunque ahora las circunstancias han cambiado mucho y tiene unos prejuicios nuevos, una moralidad cambiada, y no es el robo lo que le molesta, es el sujeto a quien se roba, lo que ha sido modificado. Quizás con el tiempo, cuando deje de necesitar desesperadamente cambios en su vida deje de llevar esta manera de vivir que no le atrae, que le molesta, pero que no puede cambiar.
Existe otra razón para atacar a quienes antes le protegían, aunque falsamente, y es que se siente bien cuando les golpea con fuerza, cuando les hace daño en sus negocios, cuando por sus acciones otros se benefician, aunque sea el sistema en el que no cree. Si otros lo hacen, lo dará por bueno.


Su destino ahora no reclama dinero, pues en el ataque a los MOLDONNY ha conseguido más de lo que esperaba, y tiene dinero para ciertos gastos que espera realizar en breve, lo que le permitirá salir del agujero en el que ahora vive.
Hay que esperar, y no tiene prisa, pues el dinero ahora sólo se cambia por objetivos de vida, y ya no tiene sentido disfrutar con él en gastos y efímeras maneras de aparentar un estatus y un lugar que ya no le corresponde, que no tendrá nunca.
Mientras piensa esto, su mente se pierde en la hermosura de la noche vista desde esta perspectiva, donde las luces de la ciudad, desde la altura necesaria, se convierten en un espectáculo impresionante de movimiento y vida serpentina, del esplendor del poder humano frente a la naturaleza.
De pronto, escucha un grito, un impresionante alarido que le subyuga y le devuelve a la realidad de una forma cruda y rápida. Gira la cabeza para observar que ocurre, y de inmediato, se das cuenta que el culpable de esa desesperada y aterradora manera de expresar el miedo es él; con sus pensamientos a flor de piel, ha bajado la guardia hasta el punto de dejarse ver, y al no ser precavido ni cuidadoso,  ha permitido que su mejor defensa se vea rota. Le han visto claramente, y la cadena ahora ya tiene un eslabón. Cuando sean los suficientes ya no podrá contenerla. Es un error grave, aún a pesar de que ha desaparecido de la escena en apenas dos segundos. 
Su huída le lleva hacia otro lugar de la ciudad, bastante alejado, y más oscuro, donde las luces no tienen tanta vida y la noche se deja sentir con más intensidad.


No quiere líos, no hasta que tenga atada la relación con los dos periodistas, no hasta que el destino le dé una tregua y le permita encontrar respuestas sin ser perseguido, hostigado.
La policía, sabida de su existencia, ya debe estar buscando la pista en su país, quizás en su ciudad, y no puede ofrecerles ninguna pista más que las que puedan  encontrar, las que por sí misma encuentre. Esta noche ha dado un paso en falso, y las consecuencias las verá más adelante. Pero no puede estar escondido siempre, no puede ocultarse eternamente, y en algún momento saldrá a la luz. Pero su deseo es hacerlo cuando, el cielo lo quiera, pueda demostrar que es inocente de las muertes que se generaron, que  es una víctima más del holocausto y que está limpio.
Por eso es tan importante que mañana los periodistas accedan a ayudarle a encontrar las pautas que generaron las circunstancias propicias para que todo encajara y se le inculpara de un delito terrible que puede que no haya cometido. Por desgracia, no tiene recuerdos claros de ello y no puede aportar nada para demostrarlo; su mente no estaba consigo durante los pocos minutos que pasaron, durante el tiempo que duró todo, y eso le da miedo, pues piensa que si su furia se desbordó, se pudo volver loco y, al final, ser el culpable de ello. De momento, se agarra desesperadamente a la idea de no ser quien lo hizo.
Ha intentado evitarlo, interiormente no quería, pero al final no ha podido evitarlo. Tenía que verlo con sus propios ojos, y ahora está allí, donde todo ocurrió, de pié, desde la azotea de un edificio cercano, observando el espacio vacío que la destrucción y la policía mantienen acordonado.
El lugar, aunque bastante recuperado debido a los días transcurridos, todavía muestra la crudeza de lo que ocurrió, todavía muestras las heridas que el asfalto, los cimientos derruidos y el caos dejaron hace unas semanas. Se queda ahí plantado, sentado en la barandilla de ladrillos que separan el vacío de la seguridad de la azotea, observando, en silencio, y las horas se escapan despacio, silenciosas, sin interferencias que detecte, hasta que, cuando con las luces del alba se levanta, despacio, ceremoniosamente, jura que dedicarás su tiempo y su vida a conocer por qué.
Un “por qué” para responder a quien generó tanta crueldad, a quien motivó su cambio para que esto pasara, a qué es lo que se esconde con esta acción, cual es el plan final y definitivo que le hizo ser el idóneo para esta misión, en definitiva, cuando nació, cuando se generó un plan que desembocara en esta matanza.


Mantiene viva tu promesa de venganza y de justicia. Es Ceres, y ahora vive para ello, dejará que el tiempo, la historia o el destino le juzgue, pero su camino está fijado. El tiempo para las preguntas, ahora ya ha pasado, y solo queda espacio para encontrar respuestas.
Es el primero de los que como él, nacerán sin pedirlo en un mundo conocido con un cuerpo extraño, con unas cualidades fuera de lo común y es responsabilidad de cada uno jugar las cartas que le han tocado lo mejor que pueda. Su baza es una mala baza, pero es la que tiene y, por Dios que la va a jugar. Es el primero de muchos que vendrán, pues, quien generó el conocimiento para crear uno, tiene la semilla para crear cientos, y está seguro que lo hará. Y como el asteroide, del que hasta hace poco no había oído hablar, nació a la luz de los hombres siendo el primero, por lo que desde ese momento, ya no se identifica con el nombre que le llevó a ser elegido, ya no responde al nombre de John J. Elvount, ya no tiene raíces, ahora es un proscrito, desarraigado de cualquier circunstancia que le ligue a su vida anterior, ahora es Ceres, el primero, y de momento único de su clase.


Su nuevo nombre tapará su vida anterior, su enlace con su mundo de miseria, ahora tiene una nueva vida, un nuevo aspecto y un nuevo nombre.
Se ha liberado, en cierta manera, de su carga destructiva de humanidad perdida, ahora es otro y como tal debe empezar a vivir y a conocerse, a comprenderse y a amarse. Es así y el mundo debe saberlo, en su momento.
Cuando llega a su refugio, a tu santuario, se siente en parte, renacido, no es el mismo que salió, unas horas antes, a mendigar a la noche un poco de humanidad perdida.
Empieza, no a superar todo lo que le hace sentir miserable y culpable, sino a aceptar su nuevo status, su corporalidad nueva y diferente, su aspecto. Empieza a comprender que ahora es una persona nueva, con unas cualidades especiales y únicas, con capacidades por encima de lo que nunca ha podido conseguir el hombre, pero que no por ello ha dejado de ser persona. Su orgullo nacerá a partir de esta premisa.
Quien no pueda o quiera verlo así, será asunto suyo. No tiene que demostrar a nadie que sigue siendo humano, no debe dar explicaciones sobre su persona; lo es sin más. Nadie debe darlas sobre su naturaleza. Él tampoco.
Las explicaciones implican ciertas dudas que no tiene, y no las necesita para conseguir la paz consigo mismo,  para reconocerse de forma íntima y personal.
Hoy, cuando se adentra en la penumbra del depósito, no descansará alguien que añora su humanidad perdida, lo hará una persona nueva cuyo nombre para los demás será Ceres. Un humano más.
Mientras descansa esperando que el sueño le regale unas horas sin que las pesadillas le atrapen y los rostros de los anónimos niños le miren con sus ojos fijos, sin pestañear nunca, en silencio, agrupados y le señalen acusadores, busca las razones del por qué de ese  cambio de nombre, como si eso fuera un resorte que le haya permitido encontrar un camino nuevo, un pasadizo entre las tinieblas que atrapaban su alma impidiendo que la luz de la auto estima naciera. El nombre nuevo le ha dado la fuerza y el valor suficiente para creer en él,  para enfrentarse al mundo de ahí fuera, con el rostro alto y orgulloso. No es su aspecto imponente, aunque no le agrade, es su alma, sus sentimientos, su interior lo que le hace humano, lo que le hace persona.


Mientras se duerme, piensa en lo mucho que ha cambiado, en  cómo se conoce ahora, en todo lo que ha evolucionado hasta llegar a este punto, y le agrada, le agrada mucho.  Por fin, se duerme, aunque descansa sólo durante unas pocas horas, pues las pesadillas, no conocen los remordimientos, no son el motivo, ni son conscientes de las causas que provocan su aparición, son consecuencia, son síntomas, son preludios.
Deberá solucionar la causa que las provoca, para intentar que no aparezcan,  para que su mente descanse.
Cuando despierta, todavía faltan muchas horas para que la noche llegue. No está preparado para salir de día, no puede arriesgarse, y sin embargo, le encantaría poder hacerlo. Escucha,  desde la seguridad del interior de su refugio, el sordo murmullo de la vida diurna, roto por las sirenas de la policía y alguna que otra ambulancia, el sonoro claxon que lo inunda todo y las conversaciones uniformes y constantes de cientos de personas que pululan por la zona, yendo a sus destinos sin saber que están siendo escuchados, oídos y envidiados. Llegará el día, se dice a sí mismo con la esperanza de darse ánimos para conseguir estar en silencio, quieto, esperando; llegará.
Pasa las horas como siempre, con los periódicos del día anterior, como salvavidas a su monótona existencia, en espera de encontrar algo que le ayude, que le indique una salida rápida, donde estar en contacto con la realidad del mundo, sus inquietudes.
Hoy, no ha podido encontrar muchos, más bien sólo ha “captado” dos, y uno de ellos no es muy serio, pues su ocupación está fundamentalmente dirigida a un público ansioso de chismorreos y excentricidades, de noticias sin fundamentos e impresionable.


Se entretiene, al menos un rato y le hace sonreír. De pronto, su tonta y mantenida sonrisa se ve truncada, cortada en seco, cuando observa una noticia que le deja helado, indicando una conexión con los acontecimientos que le atormentan, pero desde una óptica diferente.
 “El horror que causó el desastre, y que el periódico se hizo eco en su momento, “vuelve a aparecer, vaga por la ciudad buscando algo o alguien”, y aparece, junto a los comentarios, una fotografía hecha con un móvil, de escasa calidad y en la lejanía, de un ser saltando entre edificios”.
No tardará mucho tiempo en saberse la verdad. El medio que se hace eco, de momento, es poco fiable, no es, profesionalmente hablando, una buena fuente, pero por desgracia está en lo cierto. La fotografía no revela nada, pero para la policía, que sí sabe de su existencia, habrá tomado buena cuenta y sabrá donde para; ahora está más en peligro que antes y lo peor es que no lo puede parar.
 El tiempo está más en tu contra que nunca. Recorta la fotografía con las manos y la guarda en la caja donde tiene los objetos sustraídos en su gran robo. Cuando lo dobla, coge la figurita de jade y la observa con detenimiento, con detalle, intentando encontrar la belleza que debe estar transmitiendo y que a él no recibe. Sigue sin notar su energía, más allá de ser algo mono, estéticamente bonito, pero sin mayor valor, así que lo vuelve a dejar en su sitio, y piensa de nuevo en redoblar las precauciones cuando salga afuera, al mundo al  que ahora le resulta hostil y peligroso.
Hoy es una noche importante, inusual, y espera dar un giro fundamental a su estancada investigación. Cuando las luces de la ciudad se encienden, cuando el murmullo general se diluye y los coches toman el sonido de la calle, le indica que su hora ha llegado. Puede salir a buscar su destino, a respirar un aire limpio, sin viciar, desde las alturas que ahora le parecen su entorno más natural.


STONSEY está inquieto, irascible, no le gusta la obligada cita que tiene esta noche en la azotea del periódico. No han podido descifrar todo el mensaje, o la misiva, según sea el resultado final de la noche. Saben que lo que ocurra, puede tener para ellos una gran trascendencia, pues, si están en lo cierto, han relacionado el atentado del “día de los los inocentes”, con el robo en el edificio Romanna, y todo ello realizado por alguien o un grupo denominado Ceres, donde uno de sus miembros, en el caso de ser más de uno, tiene que ver con la víctima 109 de la lista oficial, facilitada por la policía.
Además, están seguros, que lo que ocurra, se verá a las 20:05 desde la azotea, lo cual es muy intranquilizador, pues no saben qué puede ocurrir, y temen que sea un atentado, o algo similar. Se arriesgan mucho al no contar nada a su director, o a la policía, aún a pesar de que todo ello, pudiera no ser más que la calenturienta imaginación de dos periodistas ávidos de acontecimientos, no ser absolutamente nada, fruto del tiempo ocioso de un lunático, o por el contrario, ser cierta.
En cualquier caso, debe estar sólo, tu compañero no puede estar ahí, pues la nota va dirigida a él, y aunque los casos los resolvéis entre los dos, eso es un asunto privado, y no trasciende a la opinión pública. Por la razón que sea, es el elegido.
Pero no será así. Tenéis un plan. Desde la hora de la salida, desde las cinco de la tarde, tu compañero se irá, como siempre, de forma habitual, hacia el ascensor, hoy sin la consabida salida del cigarrillo, y se despedirá hasta el día siguiente.
Pero en vez de tomarlo, subirá por las escaleras, hasta la planta de arriba, hasta la puerta de la azotea y una vez allí, esperará a que su compañero le abra, desde afuera, desde la misma azotea, aprovechando la salida que desde la oficina tienen a ésta. Cuando llegue a ella, el cigarrillo que tiene costumbre fumarse no llamará la atención a nadie, pero hoy subirá por la escalera de servicio, exterior, que le llevará a situarse frente a la puerta y le abrirá.


Cuando ambos estén dentro, volverá a bajar por las escaleras y se introducirá en la oficina, y aparentará trabajar hasta tarde en sus asuntos, lo cual siempre le viene bien, pero con el propósito de hacer tiempo hasta las malditas 20:05.
Su compañero permanecerá oculto, a hurtadillas, cenando un bocadillo para pasar las tres horas de larga espera, fumando algún cigarrillo mientras la luz diurna  mantiene la clandestinidad de la parte encendida del mismo, y cargado de varias cámaras de fotos y una cámara de video. Si no ocurre nada, habrán pasado un día divertido, diferente y se reirán de todo ello, delante de una cerveza por ser tan “primos” y dejarse atrapar entre las redes de un lunático fantasioso.
Si por el contrario, algo ocurre, deberán estar preparados para inmortalizar la noticia y ser los únicos que cuentan de primera mano con la prueba documentada. Ya estudiarán la manera de sacarle partido, pues la línea en la que se mueven es muy arriesgada, ya que la información como tal puede comprometerlos y ser tomados como cómplices del hecho en sí, por omisión,  por tener información privilegiada y no contársela a la policía.
El miedo a que lo que ocurra sea un atentado, les mantiene en una tensión elevada, nerviosos e intranquilos.
Las horas pasan muy despacio, más despacio que nunca, y las miradas furtivas al reloj se cuentan por decenas. Por fin, llega la hora. Son las 20:00 horas.
 Stonsey se levanta de su mesa, ficticiamente tranquilo, teatralmente pausado y se dirige, como tantas otras veces, hacia la terraza de la oficina, en la azotea inferior. Allí se sitúa frente a las letras que identifican al periódico, y observa a su alrededor.
Se sabe acompañado, pero no puede mirar hacia donde su compañero está situado, pues no quiere delatar su posición ante un posible observador.
Le sorprende una idea peregrina, fruto de la vida estresada y veloz a la que siempre se ve inmerso; nunca se había parado a observar con detenimiento todo lo que desde esa posición se aprecia de su ciudad. Hace años que sale con Winwood a fumar un cigarrillo cuando acaban la jornada, pero no sabría definir muchos detalles de su entorno, detalles concretos.
Mira su reloj, una vez más; son las 20:04 horas.
Espera tenso a que algo ocurra. Mira a su alrededor, buscando con ello algo extraño, algo que no cuadre, algo extraordinario. Sabe que su compañero está grabándolo todo desde su privilegiada y oculta posición.
Las 20:05 horas. Espera con la respiración contenida, pausada, intentando con este hecho inconsciente no hacer el más mínimo ruido.
Entonces, algo ocurre.    

 
Son las 19:15 horas. Ceres sale de su escondite con la seguridad de todos los días. Quizás alguna más, puesto que la sensación que le generó ver la fotografía en el periódico la lleva dentro, quizás durante varios días, y no puede evitar intentar ser más escurridizo, para que no vuelva a ocurrir. Sabe que sólo es cuestión de tiempo, pero lo que no puede permitirse de ninguna de las maneras es que su escondite, su refugio, deje de ser seguro.
Recorre la ciudad a bocanadas de aire renovado, henchido con la alegría del condenado que por fin puede escapar de su jaula. Sus músculos ahora están ejercitándose, libres de la pasividad estática de los pocos metros que su recinto le permite.
Se acerca al edificio en cuestión. Observa sus oficinas, sus movimientos, su vida. Nada parece anormal. No había contado con una posible trampa, y tampoco la nota.
Decide hacer tiempo al abrigo de un recodo en una azotea cercana, aprovechando la oscuridad que proporciona y que, debido a su corpulencia, agradece. El edificio es algo más elevado que el del periódico, y le ayuda a tener una óptica del mismo muy completa. Entonces le ve. Ve a uno de los periodistas agazapado, escondido entre las sombras, un poco más arriba, en la azotea superior. Le delata un cigarrillo que se afana en esconder entre sus dedos, pero que la especial y sensible visión nocturna que posee no pasa por alto.
 Sonríe, porque le indica que su mensaje ha caído en manos adecuadas, que lo han considerado suficientemente serio y desconcertante como para convertirlo en motivo.
Le alegra saber que están ahí, desde antes de la hora señalada.
Rodea el edificio en el que estaba situado; eso le permite saltar hacia el periódico por su cara oeste, salvando la pared este donde está escondido Winwood, y evitando la cara sur, donde las oficinas tienen su salida hacia la terraza de la azotea inferior.
Cae en el mismo borde, en la barandilla de seguridad, y se deja resbalar por ella colgándose de una sola mano de los ladrillos que la sustentan. Espera, escuchando el ruido de Winwood, que no llega, si se hubiera percatado de algo. No lo hace. No se ha enterado.


Con la mano en tensión, se eleva un poco, lo suficiente para que sus ojos se sitúen por encima y pueda ver con claridad todo lo que ocurre en ella. No se escucha nada, no ve al periodista, pero puede percibir pequeños movimientos, casi imperceptibles, que Winwood no puede contener y le delatan. Está a cinco metros al este, agachado.
Se desliza despacio, ayudado por su gran agilidad,  hacia él, y cuando le tiene situado a escasos centímetros, por debajo, ve las cámaras, y de pronto, escucha como alguien sale a la terraza de la azotea inferior. Intuye que es la hora señalada, y actúa.
De un salto, se sitúa delante de Winwood, y con su mano le tapa la boca para que no chille. Puede notar su pánico, su terror al verlo. . Ahora, aún cuando su intención no era él, no puede dejar que le grabara, que tuvieran una prueba tan contundente. Winwood no podía imaginar que el ser que tiene delante fuera real.
Intenta tranquilizarle, y le habla, mirándole a los ojos. Pasados los primeros instantes de pánico, a pesar de su forcejeo, su compañero, absorto en el momento y a la espera de que ocurra algo a lo lejos, delante de él, no se da cuenta de que la acción está ocurriendo unos metros más arriba.


Tengo una propuesta para ti y tu compañero” - Dice Ceres, en tono tranquilizador.
Despacio, relaja la mano y nota que el pánico ha pasado, dejando paso al asombro y a la incredulidad. A pesar del riesgo, se pone de pié delante para que pueda ver toda su impresionante corpulencia.
Busco respuestas, y exijo discreción, soy... Ceres”- Continuó hablando.
¿Qué eres?”-  Preguntó Winwood, ya repuesto de la sorpresa inicial y haciendo acopio de valor.
  La   contestación es sincera, pero a la vez es enigmática y esquiva:
Soy el primero- Respondió contundente Ceres.
la respuesta es predecible:
¿El primero de qué?- Indagó Winwood,  dejando  paso a su faceta periodística.
La contestación también:
Todo a su tiempo– Cerró Ceres ceremoniosamente.
Entonces, desviando el tema de momento, aleja la conversación hacia lo que le ha llevado hasta ellos, y de forma tajante, le examina:
Soy la respuesta a muchas preguntas, pero algunas no debo contestarlas yo. La justicia tiene muchos caminos, y el intercambio de información la beneficia.
He sido culpado de actos que no he cometido. Lo que soy, el mundo no tardará en conocerlo de vuestra mano; lo que no soy, os encargaréis de demostrar
.” – Dijo Ceres, abriendo así el camino para construir las futuras pautas  a seguir.
Después de decir esto, sacó de su sayo un pequeño objeto y se lo entregó a Winwood en la mano, dejando que sepa, con ello, su implicación en el caso  Moldonny.
El mundo, de momento, no debe saber de mi existencia, hasta que ciertas preguntas queden respondidas. De vosotros depende.” Añadió Ceres.
De forma tan enigmática y silenciosa como llegó, desaparece de su vista por encima de la pared que le ocultaba, dejándole allí parado, sin saber muy bien qué hacer, y sin tiempo para que pudiera sacarle alguna fotografía.
Ha creado el ambiente apropiado, ha dado el paso necesario para buscar aliados, pero no puede arriesgarse más hasta que no sepa si puede confiar en ellos verdaderamente, sin resquicios.
Sin embargo, no se esconde demasiado lejos, pues le interesa conocer el final de su puesta en escena, y se refugia en las sombras del edificio donde antes esperaba que llegara la hora.
Desde allí, ve como baja de forma precipitada y sudorosa, intranquilo y ansioso un Winwood ausente, incrédulo de lo que le ha ocurrido, en dirección a su compañero.
Cuando toca la escalera, le llama con voces sonoras graves, y observa como  Stonsey le recrimina con la mano, indicándole que se calle, que se oculte, pues sólo han pasado cuatro minutos desde la hora señalada y todavía espera que algo ocurra.
Pero Winwood no le hace caso. Baja lo más aprisa que su engordado cuerpo le permite y cuando llega su altura, sus ojos desencajados señalan que algo ha pasado, algo grande y extraordinario, pues un periodista de su talla, ya ha visto suficientes cosas como para que lo que le  impresione, sea excepcional. Stonsey no dice nada, sólo espera que su compañero le cuente algo, aunque no es capaz de imaginar que puede ser.
Winwood se detiene a su altura, en silencio, mirándole a los ojos.
Vámonos de aquí. No digas nada. Acompáñame a mi casa. Allí hablaremos.” - Indica a su compañero.
STONSEY, sorprendido, no dice nada, pues él también está acostumbrado a sobrellevar las situaciones al vuelo, es un eficiente intérprete de la realidad y sabe que no debe preguntar hasta que la información le sea dada.
Cruzan la oficina sin decir una sola palabra, sin caer en la cuenta que Winwood no debería estar allí, y quizás, si alguien cae en el detalle, mañana tendrá que explicar su presencia.
Cuando salen de la oficina, cogen un taxi, y van directos a la residencia de Winwood.


Ha estado observando todo lo ocurrido desde su privilegiada atalaya, y se percata del improvisado viaje,  por lo que decide seguirlos, para conocer que se traen entre manos. Le alegra la situación, pero se le escapa la posibilidad de que fueran directamente a la policía y denuncien lo ocurrido. Ahora, tienen una prueba de su delito, y aunque debía dárselo para conocer su verdadera capacidad, sabe que puede ser un mal paso si deciden utilizarlo en su contra.
No le es difícil seguirlos. Con el tráfico de Nueva York, las azoteas son mucho más rápidas que las propias carreteras. Para alguien como él, acostumbrado ya a recorrer la ciudad cada noche entre saltos irreales y malabarismos circenses, apenas son unos metros los que separan la distancia entre ambos.
La residencia de Winwood está situada en un barrio tranquilo, relativamente seguro, en el piso sexto de un edificio de los años cincuenta. La zona este de la ciudad tiene un especial encanto, pues rezuma  ambiente de épocas pasadas, gloriosas.
Los dos periodistas se reúnen por espacio de dos horas, tiempo que dedica a estudiar el vecindario de Winwood, hasta que  Stonsey, sólo, abandona  la vivienda.
Presupone que las decisiones que hayan tomado son concluyentes. Las cartas están echadas y la partida ha comenzado. Sigue su taxi hasta que localiza su casa, a las afueras de la ciudad, en la zona noroeste, en una vivienda unifamiliar, en un residencial verdaderamente encantador, donde no existen edificios altos y las casas se aúnan en filas semejantes. Localiza la posición de la propiedad gracias a la oscuridad de la noche, a las luces del taxi, a la escasa circulación y a su excelente visión nocturna.
Le es importante saber dónde viven cada uno de ellos, pues podrá estar en contacto con ellos de forma más expresa.
Ya no tiene nada que hacer allí, así que decide abandonar el lugar para recorrer la ciudad a su capricho, esperando que en los próximos días los periódicos no traigan noticias del anillo que les ofreció, y la forma de recuperarlo.
De pronto, cuando está en una azotea sopesando la fuerza necesaria para realizar el siguiente salto, un ruido sonoro, familiar y seco, corta el entumecido murmullo de la ciudad. Identifica claramente un tiro, y por su lugar de origen, conoce rápidamente su procedencia. Parte de un piso situado en un edificio una manzana más al sur, en una dirección diferente a la que llevaba, pero que le hace pararse en seco e investigar la causa, sólo por curiosidad.
Cuando llega al lugar de los hechos, encuentra dos mujeres tumbadas en el suelo, muertas. Una de ellas falleció de un disparo y la otra de los claros y terribles golpes recibidos por todo el cuerpo. No tendrán mas de 25 años, y sus cuerpos todavía están calientes;  la sangre de las dos brota aún por las heridas.
Es terrible, no quiere este tipo de complicación y decide irte. No se le ha perdido nada allí y además, no es su problema. Pero lo va a ser, pues entonces escucha desde el apartamento del edificio de enfrente, las voces vecinales de tres muchachas que, alertadas por el ruido, han salido a investigar lo ocurrido. Cuando abandona el lugar por la ventana que usó para entrar, un grupo de personas que están en la calle le identifican y chillan acusándole y señalándole.
No quiere aparecer como un ladrón delante de la opinión pública, y mucho menos un asesino, así que, cuando se eleva de un salto hacia la azotea, piensa que ha sido un verdadero error inmiscuirse en la vida de nadie, pero que ahora es tarde y deberá enmendar la situación y mantener su aparición pública al margen.
Lo último que le hace falta ahora es que le relacionen con un nuevo crimen, y eso ya, en estos momentos, sería demoledor.


Desde su posición, observa como un coche recorre las calles adyacentes de forma precipitada, arriesgada, presumiblemente huyendo de algo. La experiencia le hace suponer que es el asesino intentando huir y decide no dejar que lo consiga.
Se emplea a fondo y en pocos minutos, nueve manzanas más al norte, le da caza y, sin dudarlo, se lanza contra el coche, desde una altura de ocho o diez metros, rompiendo su capó y frenándolo de inmediato. El conductor, debido al efecto de la violenta parada, se golpea con el volante quedando sin sentido, momento que es aprovechado para evitar que el tiempo de reacción corra en su contra. Arranca la puerta de cuajo, y con una sola mano le saca sin miramientos del coche, y desde el centro de la calzada donde se ha situado toda la acción, corre muy rápido hasta  el callejón más cercano; una vez allí, nada le impide saltar hacia arriba para situarse, en unos segundos, en la azotea del mismo. Durante toda la acción ha tendio la precaución de taparse la cara con su gergón, intentando que su aspecto pasase lo más desapercibido posible. La acción ha sido rápida, por lo que unido a una mala visión, hará, espera, que los testigos no tengan una idea clara de lo que ha ocurrido, aunque es posible que pueda estar en su contra, pues la imaginación y el desconcierto a veces genera "realidades" peores que la realidad en sí misma.


Registra al inconsciente adversario y advierte de la presencia de una pistola recientemente disparada, y da por hecho todo lo demás.
Se cuelga al hombro al hombrecillo y recorre la distancia que le separa de edificio donde las desgraciadas muchachas yacen muertas.
La zona, al igual que el piso en cuestión, está rodeada de un cordón policial, pero eso no le impide, intentando que la suerte le sonría lo suficiente, situarse en la ventana del lugar y lanzar al asesino dentro de la habitación, con el consecuente revuelo de los policías que en ese momento estaban en su interior.
No espera nada más, así que se vuelve a la seguridad de la azotea y desde allí se aleja varios edificios, consiguiendo que su movimiento pase desapercibido tanto para los policías que custodian la puerta de acceso al propio edificio como para los miembros que se situaban en el interior, aunque sabe que son demasiados testigos los que hoy han tenido la oportunidad de presenciar su figura. Ya no es anónimo, quiera o no.
Como ahora el asesino está en manos de la policía, puede estar seguro de que no le inculparán por este delito. Sin embargo, ha sido visto en demasiadas ocasiones y sólo el tiempo descubrirá que consecuencias acarrea.
Ahora, al policía tiene demasiadas pruebas fehacientes de su presencia en la ciudad, y aunque ha podido conseguir que no le inculpen en ningún crimen nuevo, le estarán rastreando y no puede bajar la guardia, no debe dejar que le atrapen.
Por hoy la noche ya ha dado todo lo que tenía que dar de sí, por lo que se retira a su escondite, no sin antes recoger de un contenedor dos ejemplares distintos de periódicos del día, tal como es su costumbre desde que su habitáculo no permite otro entretenimiento que la lectura pausada y tranquila para las tediosas horas diurnas. 


Un nuevo día, una nueva noche.
Ha estado ansioso por salir nuevamente, para recorrer la ciudad en busca de comida, aire limpio, libertad y movimiento. Durante la noche, es cuando puede sentirse él mismo, y cuando puede centrar sus actividades en busca de pautas que le permitan encontrar quién está detrás de “la matanza de los inocentes”.
Esta noche, decide buscar la respuesta de los periodistas, que tantas molestias le han costado, definir de una vez por todas su postura y, en consecuencia, conocer la información que no está a su alcance.
El método de contacto es simple, pero definitivo.
La casa de Winwood es un sexto piso, y su ventana, debido a la construcción antigua del edificio, da a un callejón con una escalera de servicio de emergencias, por lo que no le es difícil llegar hasta ella. Observa con cuidado y le ve, en tejanos y deportivas, pulular tranquilamente por las habitaciones de su domicilio. No intenta asustarle, no busca que se sienta intimidado ni perseguido, ni siquiera pretende que su estabilidad se vea amenazada,  por lo que intenta llegar hasta él sin que se sienta atacado en su intimidad, así que pone en su ventana una nota y llama. La respuesta no la espera, no la busca, y se va.
La nota es escueta, y dice:
Tu azotea es perfecta para los arriesgados.”
Unos minutos después de dejarla, la puerta de acceso a ella se abre, con cuidado, con temor, por unas manos temblorosas e inseguras, buscando el contacto con un ser que le da miedo, del que no sabe nada y que ni siquiera está seguro de su total humanidad.
Cuando sale, le está esperando en una de las esquinas, con una perfecta postura, estática, abierta, para no dejar lugar a dudas de sus intenciones, para que no se sienta intimidado, sino seguro, confiado.
Se acerca  manteniendo unos dos metros de distancia, lo que le indica que no se fía, que tiene muchas dudas sobre él. Aún así,  lo entiende.
Entabla una conversación tranquila. Le mira sin agresión, intenta que no se sienta cohibido, y tantea la relación.


He venido a por respuestas” - Inicia la conversación Ceres
Mi compañero está al corriente de todo. Supongo que lo sabe” -Interviene Winwood, con cierta inseguridad en su voz.
Contaba con ello-Resuelve Ceres,que percatándose del detalle, ajusta su tono para suavizarlo.
¿Por qué nos has elegido?” -Interroga Winwood, pues es algo que le ha estado hostigando desde el principio.
Estamos en el mismo bando, en el mismo camino, con idénticas responsabilidades. Busco un culpable. Pero no sé todavía quien es. A cambio, os doy la posibilidad de acorralar a las mafias de Nueva York. Información a cambio de justicia.” –dice Ceres, intentado no dar, de momento, demasiadas explicaciones, pues no sabe como va a resolverse la situación.
"¿Culpable?, Tú eres quien provocó la destrucción más terrible que la ciudad ha visto en los últimos años. No pretenderás que crea ahora que no tienes nada que ver.” -Intervino Winwood, que no acababa de aceptar la respuesta como justificante.
¿Estás seguro?,¿Estás verdaderamente seguro que fui yo, con todas las consecuencias, sin lugar a dudas, absolutamente?- Dijo en tono más severo Ceres, dejando ver sus verdaderas intenciones.
No.” – Reconoció Winwood, que desde ese momento dejó de temer a Ceres, de considerarlo un asesino sin más, para verlo desde otra dimensión.
Las apariencias indican cosas, pero no tienen por qué ser ciertas. Vuestra misión es culpabilizar al responsable de la matanza, incluso si crees que fui yo, pero sin dejar espacio para la duda.” – Completó Ceres, observado que la expresión de Winwood había cambiado positivamente.
¿Acaso no lo sabes?– Interrogó Winwood, con cierta sorpresa, ante esa extraña e inusual respuesta.
No puedo estar seguro. Algún día, quizá os explique la naturaleza de mi existencia, pero de momento, vuestra misión es concreta, específica.” – Se sinceró Ceres, que desde hacía un buen rato intentaba llegar de una forma disimulada al centro de la cuestión. 
El riesgo es muy grande. Las mafias te perseguirán de por vida, y quizás a nosotros, si encuentran un punto de conexión.” – Indicó Winwood, previendo la gravedad de lo que le estaba pidiendo Ceres.
La decisión es sólo vuestra. El riesgo, de todos. La relación no debe conocerse por el bien de ambos. De vosotros depende. Yo cargaré con la culpabilidad de mis acciones, pero necesito aliados para conseguir la información que pueda necesitar. Eso es lo único que pido.” – Declaró Ceres, que definitivamente mostró todas sus cartas, esperando que Winwood no se echara atrás.
 ¿Qué relación tienes con la víctima numero 109? – Dijo Winwood. Cambiando radicalmente de conversación, e intentando encajar todas las piezas del puzzle, origen de esta extraordinaria situación.
De momento, cuanto menos sepas de mí, mayor seguridad tendrá nuestra alianza. El tiempo se encargará de contestar tu curiosidad.” –Sentenció Ceres, que no podía o no quería dar más explicaciones sin arriesgar su propia seguridad.
¿Qué quieres saber exactamente? – Insistió Winwood nuevamente.
Cada detalle de “la matanza los inocentes”; Debéis contactar con la CÍA, e indagar en cada segundo de lo ocurrido, pues lo que busco es, al culpable de ello, el verdadero culpable, el que generó la causa. Os ofreceré las pruebas que los inculpan en delitos, números de cuenta... como los uséis es cosa vuestra, pero me importan sólo los resultados. La exclusiva es vuestra.  - Explicó Ceres, que ya no puso reparos para exponer  las líneas maestras de lo que buscaba de ellos.
Pero querrán saber quien es el contacto, cómo hemos conectado, quien nos ha entregado el sello... – Se defendió Winwood, que veía en todo esto un riesgo demasiado elevado, en contraposición a lo que recibía a cambio.
Solucionarlo vosotros. Cada miércoles, en tu azotea, a las 21:00 horas, nos veremos. Si necesitas contactar conmigo, empieza  con una “C” tu artículo diario; no creo que tengas problemas para evitar esa consonante .”
 – Exclamó Ceres, que de esta forma puso el punto final a la conversación, a sus exigencias y a sus expectativas, esperando haber conseguido lo que buscaba.
De acuerdo, en nombre de los dos, a lo de la cita pero hablaré con Stonsey antes de dar mi aprobación.”  - Convino Winwood.
En esa bolsa encontrarás setenta mil dólares, más que suficiente para empezar. Necesitaré un lugar seguro como cuartel. Será un ático, y lo alquilaréis por meses. Preferentemente un edificio alto, con pocos muebles, e indicaréis que se trata de alguien que viaja mucho, y lo necesitará sólo de vez en cuando. Tendrá una claraboya como salida a la azotea, y pondréis un ordenador en él. Crearéis un espacio en Internet donde comunicarnos de forma segura, y nunca contactaremos por teléfono. Si alguna vez, una emergencia precisara un contacto rápido, utiliza el correo electrónico del ordenador, pero no esperes respuesta, yo te localizaré.” – Propuso Ceres, dando las primeras pautas a seguir en su estudiado camino hacia la verdad, y asumiendo la lealtad de sus nuevos aliados.
Estaremos en contacto.” – Dijo Winwood, que por fin deshizo todas sus dudas sobre Ceres, sus intenciones y sus fines.


Después de esta conversación, cerró el pacto con sus nuevos aliados extendiendo su gran mano hacia la de Winwood, en señal de acuerdo, y la apretó con fuerza. Fue el primer gran paso para encontrar la respuesta que tanto ansíaba, para descifrar la angustia que se cierne en su vida y poder, quizás descansar. Además, consigue mejorar su paupérrima calidad de vida, tener una cama donde descansar y un sitio espacioso, mejor que el que tiene ahora, para meditar y pasar las horas diurnas. Quizás más adelante no necesite esconderse y el día sea para él parte de su entorno, pero de momento no puede pensar en ello.
Está en el camino adecuado, y ha dado un gran paso.
Cuando, de un gran salto, en parte por demostrar a su nuevo aliado sus cualidades, en parte por la necesidad que le impone la distancia, se marcha de la azotea, lo hace sintiéndose más acompañado, menos desamparado en la búsqueda de una verdad que le es esquiva y le mortifica. Ha encontrado a quien no se ha parado sólo en su aspecto, en su inhumana forma musculada, y se adhiere a la posibilidad de cambiar la realidad del día a día, de la búsqueda de una nueva forma de justicia, más equilibrada, más igualitaria, aunque él mismo sigua sin creer en ella, pues está convencido de que cualquier forma de legalidad tiene sus rémoras, sus indeseables y quienes sacan provecho propio. Pero quizás las nuevas sean más indulgentes con los desfavorecidos, y eso es suficiente para dar por buenas las razones que ha expuesto a sus aliados.
Va vagando por la ciudad, sin reparar demasiado en su entorno, sin fijarse excesivamente en los lugares por donde transita, hasta que la realidad vuelve, una vez más, a imponerse a la fuerza; escucha dos helicópteros volando bajo, cerca de él, y de pronto se ve deslumbrado por un potente foco, que le deja sin visión momentánea, y al apartar la vista, dos disparos a escasos centímetros de su sien, pone en evidencia que no es la policía quien está detrás de este ataque, e intuye que los Moldonny buscan cerrar la brecha que abrió en su seguridad, en su reputación, y sobre todo, porque pone al descubierto sus debilidades y su futuro.


Reacciona inmediatamente, y salta hacia la barandilla de la azotea, asiéndose con una mano al borde mismo y girando en redondo, de forma que su cuerpo queda colgado en el vacío, pero regalándose unos segundos para preparar su próximo movimiento, el tiempo que tardan los dos helicópteros en realizar una elipse en pleno vuelo, y situarse a su altura.
Salta a la fachada de enfrente, clavando sus manos en la pared, resbalando un metro por la perpendicularidad, el fuerte golpe y su peso como lastre, obligando con ello a un nuevo movimiento por parte de sus atacantes. No puede estar así siempre, porque en cualquier momento estará a tiro y no podrá evitar ser un blanco perfecto.
Debe atacar, como sea.
Intenta algo nuevo, y salta a la calle. Ha roto su mejor regla, su más estricta norma, pero está en juego su vida, y ahora vale todo. Cuando, desde una altura cercana a los veinticinco metros, salta hacia el centro de la calle, genera un torbellino de situaciones; coches que derrapan en un intento de frenar su velocidad para no atropellarle, gente que se asusta y se arremolina intentando ver que ha caído desde la altura, sumado a los helicópteros que, a pesar de su delatador ruido, no pueden bajar a su nivel y tampoco disparar, por lo que optan por abandonar la zona, de momento.


Se encuentra en un cerco, en un corro abierto de gente que le mira extrañada, con miedo, y que no entiende que está ocurriendo. Es algo salido de la nada, que debería estar muerto por la caída pero que se encuentra en perfecto estado, vestido de forma anormal y con un aspecto diferente.
Corre saltando entre los coches, en un intento de escapar de la multitud, de buscar el refugio al que ya se ha acostumbrado y que le proporcionan las sombras de los edificios en sus partes más altas, pero en su carrera, en su deseo de huir lo antes posible, comete varios errores; fallos que le pesarán por no estar preparado para enfrentarse a la sociedad, por precipitarse los acontecimientos que le han empujado a exhibirse.
Ha corrido más allá de la velocidad normal de un hombre, ha saltado delante de ellos espacios de casi cuatro metros como si nada, en fin, ha creado un súper-hombre, alguien a quien la prensa va a ensalzar a la categoría de ángel o demonio, según el periódico que le juzgue o la característica que destaque.
Las cosas se han adelantado verdaderamente, y ya no tiene marcha atrás. Ahora, las noches serán bastante más peligrosas, pues tiene detrás a los Moldonny, a la propia policía, la prensa y a la gente mirando al cielo en busca de su imagen.
Al menos ha podido cerrar la alianza con Winwood y Stonsey, que le reportará, espera, la información que tanto le interesa y que le supera. Al menos eso.
Cuando se sientes a salvo, lejos de miradas indiscretas y violentas persecuciones, medita entre las sombras sobre lo ocurrido con los helicópteros, y decide que debe contraatacar, como siempre ha hecho, pues está perseguido, y por las imprecisas pruebas que inconscientemente quedaron en el edificio Romanna, han deducido las claves para dar con su existencia. Y van a por él al margen de la policía. Debe volver a golpear con fuerza a los Moldonny, para evitar que le consideren una victima acorralada y esperando escapar de sus redes; debe hacerles ver que es un enemigo poderoso, con voluntad propia, y con recursos, debe intentar que todos le conozcan como Ceres, y convertir su imagen en la imagen de un paladín de la justicia, aunque quizás de una justicia paralela, pero simpatizante de los que luchan contra las mafias y sus tentáculos. Debe hacer ver que el mundo tiene ahora una nueva arma contra el corrupto sistema.
Pero ¿Por qué?
Cuál es la verdadera causa, la verdadera razón que le mueve a realizar estas acciones, a complicarse la existencia más allá de lo que el destino ha deparado para él, por qué se implica hasta el punto de convertir a la ciudad en su condena, en juzgado de sus actos, de verse odiado por la mitad de un mundo que no le ha dado nada, por el miedo de la otra mitad; que le mueve a mantener un pulso con fuerzas desiguales que están por encima de él, que tienen un poder descomunal, que manejan todos los entornos sociales, políticos, económicos, policiales, que dominan la justicia, la opinión pública...


Es un inconsciente, un presuntuoso, quizás un iluso, un ingenuo, un idealista, pero lo que ya no es, y nunca más será,  es un pasivo social. No dejará que su vida sea vivida a condición y forma de la imposición de otros, no quiere volver a sentirse alienado por el peso de los poderosos; es posible que no pueda hacer nada, que su plan no sean más que papel mojado en un día de lluvia, pero debe intentar luchar contra lo que ahora entiende como digno de ser conservado, de ser heredado por los niños que tienen un futuro, por los que ya no lo tienen, gracias a personas como él que se dejaron arrastrar por las directrices de quienes se aprovechan de las desgracias ajenas.
Quizás también tenga que ver el hecho de convertirse en  centro de atención, quizás sólo sea un orgullo ficticio, superficial, de sentirte dueño de la ley, su ley, que imparte juicios y sentencias, condenas y fallos a semejanza de los que tanto odia y que, por otro lado, le convierte en semejante a ellos.
Quizás no sea tan diferente. Puede que esté sacando partido de la situación igual que todos, aunque la diferencia estribará en el objetivo a perseguir. Ellos buscan dinero y poder, Él venganza y paz interior.
No sabe muy bien cuál es la causa final, sincera, última que le motiva a realizar sus actos, a convertirle, sin proponérselo sinceramente, en baluarte defensivo de la sociedad frente a las perversiones que la dominan, pero reconoce una cosa principal, y es que no es su bando, no es su orilla del río el mismo donde ellos se sitúen, y lo que hace es separarse de ellos, marcar la distancia clara y cristalinamente, y si para ello las fuerzas sociales no corruptas consideran que es un protector de sus valores, lo considerará como un efecto secundario, como un mal menor, pero no como un fin. No debe nada a la sociedad, salvo la indiferencia. Su lealtad está en los muertos del “día de los inocentes”, seas o no culpable, su odio hacia los grandes magnates de la maldad social, pero nada más, a nadie más.
En cualquier caso, algo muy valioso ha debido, sin proponértelo, sustraerles para que se arriesguen de esta manera tan increíble. Piensa que la libreta debe ser una prueba demasiado evidente, y se alegra por ello, pues tendrá un gran peso en manos de la policía como moneda de cambio para conseguir la información que necesita sobre las muertes que se le achacan.
Ahora, hoy, las cosas han cambiado drásticamente y para seguir vivo no puede escapar ni esconderse, debe moverse, contraatacar, golpear como resorte, como salida a su, cada vez mas estrecho, campo de batalla, pues de esta forma quizás sus nuevos y potenciales aliados, aquellos que por sus acciones se vean representados, retratados, y decidan, por intereses propios o por convicción, mover ficha, engrosar su causa, que de momento, no es más que un tríptico de una composición que empieza a dibujarse. Y necesita para conseguir que todo eso  se convierta en un puzzle de muchas piezas. El tiempo lo dirá.


Sigue su camino con la convicción de que lo que hace es lo que debe, es lo que quiere y es lo que necesita.
Las razones que le motivan, las definitivas, no están claras del todo, y quizás durante mucho tiempo no lo estén, pero le hace sentirse mejor, que no sólo bien, y quiere hacerlas, así que no hay mucho más que añadir, excepto, plantear el próximo ataque como contestación al que esta noche ha sufrido, y que le ha costado su anonimato.
La noche todavía no ha acabado. Quedan varias horas de oscuridad, suficientes para proseguir con sus nuevos y forzados planes, sin menoscabo de su intimidad, de su clandestinidad.
Ha escapado de la zona de acción, peor, ahora sabe que la policía, quizás sus fallidos asesinos, u otros semejantes, estén mirando hacia las azoteas, en busca de la rareza gris en que se ha convertido. Es lógico, previsible, y debe contar con ello en todo momento, en cada movimiento que realice.
Sus pasos, sus saltos, le llevan hacia las inmediaciones  del edificio, Romanna, lugar de su primer ataque, donde comenzó todo. Observa con detenimiento. Las plantas superiores, están ahora más fuertemente protegidas con personal especializado. Están armados, y organizados. Son sicarios venidos de fuera, miembros de la organización,  reciclados en la protección del edificio, después de la pérdida de la seguridad del mismo que él provocó.
Calcula que habrá unos siete en la azotea, y alrededor de cinco o diez en el interior de las dos plantas que ocupan las propiedades de los Moldonny. Para su nueva condición, para su fortaleza extraordinaria, no son demasiados, si cuenta con el factor sorpresa.
Salta hasta caer al piso octavo, demasiado bajo para que le puedan detectar, demasiado escondido para que pueda ser controlado. Sube por la pared ayudándose de las ventanas, los salientes, y consigue llegar a la altura de la  primera de las plantas sin ser descubierto. No deja tiempo para pensar.
De un salto, se introduce en el interior rompiendo los cristales de la ventana, y golpeando en la caída a uno de ellos que se encontraba en su camino. No se para a observar, sino que permite a su instinto que le guíe en el ataque, y en apenas unos segundos, ha controlado toda la estancia. Seis personas en total que no sabrán con exactitud qué o quién los atacó. Es demasiado rápido su avance, sin apenas destrucción en el apartamento, y sin un solo tiro.
No se para a observar. Sabe que habrá sido escuchado, por lo que vuelve a escapar por la misma ventana pero ahora en dirección ascendente, hacia el piso superior, y más allá, saltando hacia la azotea y observando tal como suponía, que en cuanto han conocido el ataque, los sicarios la abandonan para dirigirse a la planta atacada.
El  último de ellos se encontraba saliendo por la escalera interior que permite el acceso a las viviendas, pero no le da tiempo. Con una mano le alcanza y le suspende en el aire, arrastrándole otra vez hacia el interior de la azotea y golpeándole con relativa fuerza, pero suficiente para dejarle inconsciente. La escalera tiene dos tramos, lo que mantiene, al entrar en ella, a tres de los sicarios todavía bajando. Manteniendo su rápido movimiento, salta para situarse en el inicio de la misma, bloqueando su paso y atascando su bajada. Todo ocurre en un mismo instante, cuando a la vez, se sincronizan sus miradas hacia arriba, al advertir que algo le ocurría a su compañero, y el paso por el lado izquierdo de Ceres hacia el principio de la escalera.
Levanta en el aire al más cercano a él y lo mantiene así mientras sube los peldaños, hasta conseguir que los otros dos caigan al suelo, fruto de su empuje y de su incapacidad para ser más rápidos subiendo. Disparan sin dudar contra él, pero no consiguen acertarle, aunque su compañero no puede decir lo mismo, pues está siendo utilizando de parapeto, con la esperanza de impedir que dispararan a bocajarro, pero ni siquiera lo han dudado. Lo han acribillado. Cuando los tiene al alcance de su mano, suelta al sicario muerto y golpea con furia a los dos que están en el suelo. Uno de ellos, que en ese momento le ve por primera vez, lanza un grito al aire fruto del miedo que, de pronto y de forma incontrolada, siente al observarle y percatarse del verdadero tamaño de su oponente.
No quiere medir, controlar sus fuerzas con quienes no han tenido ni la más mínima piedad con uno de los suyos, así que con un solo golpe, certero, dejan de ser  un problema. Sigue sin parar su ataque, su movimiento, pues ha eliminado a cuatro, y había contado siete. Salta fuera de la azotea y se dirige al piso inferior desde el exterior; cuenta con que los tres que quedan hayan dado marcha atrás y suban a la azotea a investigar. Además, por lógica, por la ausencia de sus compañeros, que escucha como son llamados por sus nombres, lo harán mucho más despacio, con mucha más precaución, lo que le da un pequeño respiro, un margen para escapar hacia el edificio de enfrente, y situarse en lo más recóndito,  lo más oscuro de la azotea, y observar, y sobretodo, esperar.
Su objetivo no era otra vez la propiedad ya atacada, sino los helicópteros. Debe dejar claro, que el ataque que ha sufrido es responsabilidad de ellos, y que no es un blanco fácil. Espera, pasan alrededor de siete minutos, y ve que la azotea adyacente empieza a llenarse de gente, de pistoleros que ayudan a sus compañeros caídos, que se recuperan poco a poco, excepto uno, que sigue en el suelo. No es el que eliminaron ellos mismos, por lo que piensa que quizás te excedió en su golpe. Es un sicario. No le remuerde la conciencia. Espera..
De pronto, lo que esperaba llega. Empieza con un ruido lejano y sordo, cada vez más potente y acompasado. Son dos helicópteros, los mismos  que una hora antes le atacaron en un intento de eliminarle.
Son su objetivo, uno de ellos se sitúa cerca de la terraza, a una altura adecuada para observar lo ocurrido, mientras el otro, con su foco, otea las azoteas colindantes en busca de una presa que no ha visto.
Es el momento. Busca impulso y salta hacia el helicóptero del foco, que se encuentra más cercano a él, a unos 15 metros. Pero no le alcanza, y cae al vacío. Se topa con la pared vertical de edificio de al lado, rompiendo su fachada, sus adornos, hasta que para su caída. Sin embargo, no ha sido descubierto, pues la acción transcurre en otra dirección y el ruido de los motores ahoga cualquier otro en las inmediaciones.
Escala hacia él de nuevo, pero esta vez se lo encuentra mucho más cerca, y va a intentar una vez más conectar con él. De pronto se van al unísono, ambos buscan una presa que no saben dónde puede estar y se elevan rápidamente, alejándose de su alcance.
No puede dejar que todo quede así.
Los sigue por detrás, por la ciudad, evitando los focos que buscan entre los edificios, hasta que uno de ellos está a su altura.
 No todas las azoteas están vacías por la noche, como ha averiguado desde que se dedica a vagar de esta manera por la ciudad. Encuentra una gran variedad de personas que, por diferentes razones, buscan la soledad de estos oasis interiores, estos enclaves donde cada uno puede encontrar el punto de inflexión a sus problemas, a sus dificultades, pues la soledad que les inunda les permite reconocer varias cosas, como son la belleza del entorno nocturno, rodeado de luces y vida, su privilegiado lugar, en la altura, para ver el mundo un poco más pequeño, más distante, menos agresivo, menos dramático, y sobre todo, porque se encuentran a si mismos.
Las razones son numerosas, a veces extrañas, a veces estrambóticas, a veces importantes. Todas ellas hacen que los helicópteros se detengan en algunas de las azoteas para investigar con sus focos la fuente de su actividad.
Ese momento, la parada en el aire que realizan para situar sus focos encima de las personas elegidas, es el tiempo que necesita para medir la distancia de separación entre ellos y el último punto de apoyo que se encuentre en su camino, y, cuando encuentra una distancia razonable, la aprovecha y salta.
Consigue alcanzar uno de los patines del aparato. El peso extra que añade le desequilibra, e inmediatamente baja cuatro metros en vertical, pero la pericia del piloto consigue estabilizarle y remontar el vuelo. La extraña maniobra del helicóptero llama de inmediato la atención del segundo, que se sitúa en paralelo con el primero para descubrir la sorprendente presencia, de forma que se torna ofensivo, y distingue como un arma de fuego dispara contra él, a pesar del riesgo para sus compañeros.
Debe seguir con sus maniobras rápidamente, pues no tiene demasiado tiempo para lograrlo y no puede confiar en que la puntería de sus perseguidores sea siempre mala.
De forma atlética, se sube al patín y de ahí a la cabina del helicóptero, entrando como una corriente de aire, como una descarga de adrenalina, golpeando al piloto, contundentemente, y dejando a su acompañante con el pánico suficiente como para que no se preocupe en dispararle, aunque estaba preparado para ello.
El aparato se precipita hacia una de las azoteas de la zona, sin tiempo para la corrección de la velocidad y la altura, y  no quiere intentar solucionarlo. Sus potenciales asesinos saben que está en juego la vida de todo el que participa en este tipo de actividades, incluido las suyas, y su suerte se ha acabado.
Al igual que entró, se da media vuelta y salta cuando quedan escasos metros, apenas unos segundos para el definitivo choque contra el hormigón, pero a él eso ya no le preocupa. Tiene un punto de apoyo, el borde de la cabina del helicóptero, para lanzarse al vacío con el máximo impulso pero con la garantía de que su dirección es la correcta. Su inclinación le permitirá encontrarse con el edificio unos pisos más abajo, suficiente para salvarse de la caída y lejos de la explosión que presumiblemente generará el choque del aparato con la azotea.
Cuando choca con él, y sus manos se clavan en la fachada, cuando resbala por la pared hasta encontrar un saliente en una ventana, escucha la explosión más arriba, y siente que su misión ahora se convierte en algo personal, le guste o no.
El otro helicóptero no puede seguir sus pasos cuando desciende por las ventanas a los pisos inferiores, y se cobija en un callejón entre dos edificios. Desde ahí le es fácil escapar sin ser seguido, pues los caminos son múltiples y desde la altura el helicóptero no tiene las pistas suficientes para encontrarle. Además, después de lo que ha visto, su distancia con los edificios ha aumentado considerablemente, es más precavido, más cauto, y aunque eso le vale para su seguridad, le perjudica para la persecución a ras de suelo.
Se pierde en la noche de Nueva York. Hoy su destino se ha sellado. Su camino está fijado para siempre. Será perseguido, hostigado, pero es algo que ha buscado, que ha elegido para encontrarse mejor consigo mismo, y lo consiga o no, esto es lo que es, es lo que siente, es lo que quiere ser.
Día 0. Hoy, se pasa las horas pensando en los acontecimientos que la noche anterior protagonizó. Fueron muchos, y todos ellos importantes, todos ellos dejarán consecuencias, secuelas.
Quizás el más importante para él fue sin duda, la relación que nació con los periodistas y que puede arrojar luz a la losa que le impide descansar en paz, dedicar su tiempo a vivir su vida de la forma que elija, o que le dejen vivir. El más contundente, sin embargo, es el que le ha erigido como enemigo incondicional y eterno de una familia mafiosa, y por consiguiente, de todas ellas, si su condición y experiencia le permiten mantenerse vivo.
Ahora será noticia, todos los medios se harán eco de su existencia, lo que generará un revuelo espectacular, pues no deja de ser más que una anomalía genética, alguien que no debería existir, que no tiene lugar ni espacio en la evolución, una pregunta cuya respuesta pone en tela de juicio valores que comprometen a la ciencia, a la física, a la religión, a la seguridad nacional, en fin, a casi todos los estamentos asentados en la lógica para un desarrollo social y personal estable.
En casi todos ellos, la tendencia, supone, será hacia el temor, hacia el rechazo, hacia el miedo a su existencia, pues es la respuesta científica, fehaciente, a la acotación del poder infinito. Es un atajo evolutivo, y todos querrán estudiarle o poseerle, pues sus extraordinarias cualidades suponen un punto de inflexión en el arte de la guerra, en el equipamiento de un soldado, en el conocimiento de las capacidades humanas...
Ahora, la prensa, principal enemigo directo, opinará, y cuando lo haga, su opinión supondrá la opinión de muchos, de la mayoría, y teme que lo haga en su contra. De momento, no la culpa, pues desde que se ha dado a conocer, ha creado varios conflictos, destrozos, explosiones, y además, se le acusa del asesinato de 173 personas. No la puede culpar.
Quizás alguno de ellos puede que investigue en su figura, en lo que hace, que relacione su ataque a los Moldonny con un intento de buscar el equilibrio con la justicia, que su aspecto diferente e imponente no oculte sus intenciones más loables, aunque lo duda.
Lo que es, no lo va a cambiar, lo que creen que es, puede que no se le parezca, pero deberá enfocarlo hacia su beneficio, por su propio bien futuro.
Hoy descansa algo más tranquilo, pues su mente entiende que los pasos que da, por pequeños que sean, están encaminados hacia el objetivo principal, y eso es suficiente para que, de vez en cuando,  descanse sin las pesadillas cotidianas, las que le acompañan tantas veces y a las que se empiezas a acostumbrar como parte de su vida.
En cualquier caso, tampoco las evita con la misma fuerza que al principio, pues no quiere que el recuerdo de lo que ocurrió, aunque no tiene demasiados del momento en sí, desaparezcan o se deformen, que pierdan fuerza, pues necesita, por propia convicción, descubrir la realidad tal y como ocurrió, y de esa forma poder avanzar en su vida, hacia el lugar que sea, pero hacia adelante.
Descansa.


Cuando la noche, una vez más, se eleva en la ciudad, su tiempo ha llegado. Duda un instante en si esta vez debería salir o quedarte sin más en su refugio, y dejar que algunos días pongan en sus actividades y en su imagen la distancia suficiente para que se enfríen las acciones en tu contra, para que todo  se viera con mayor objetividad .
Pero no puede  hacerlo, en parte porque para ello debe aprovisionarse de alimentos que no tiene, en parte porque no quiere que las presiones le sometan, como siempre en la vida, y le impongan vivir excusándose perennemente  de lo que hace. Es lo que es, hace lo que piensa y cree y lo hará hasta que le paren o se lo impidan. No debe dar  explicaciones a nadie y no lo hará.
Sale con la precaución necesaria, y en pocos minutos está en lo que para él, empieza a ser su elemento, su ambiente; las azoteas.
Se regocija de la visión  nocturna de la ciudad. Le encanta, le apasiona y nunca antes, en su vida anterior, había dedicado el tiempo suficiente para saborear esta maravilla. Sólo por ello, valdría la pena salir cada noche para abrazarla, para observarla, para saludarla.
Su tiempo de belleza, de regocijo, es efímero, pues la realidad, una vez más, se encarga de romper el encanto de la conexión que su mente hace con el entorno.
Hoy, el cielo está especialmente poblado de helicópteros, de gentes en las azoteas, en las ventanas, buscando, indagando, instigados por la prensa o por otros medios en busca, en la mayoría de los casos, de una foto que pudieran vender y poder sacar por ella grandes beneficios. No les culpas, aunque le fastidia ser ese centro.
No tarda en ser visto, y en oír la voz de alarma, de alguien que grita:
¡LA ABOMINACION ESTÁ ALLI, EN LA AZOTEA!
No le asusta exageradamente, pues él mismo se has denominado con ese término hasta que superó, hasta que avanzó en su camino y bajó a lo más profundo de su alma para renacer una vez más como persona, como ser humano.
No espera que la gente normal y corriente le defina así desde el principio; llevará tiempo conseguirlo, y eso, serán sus acciones las que hablen por él.
Sin embargo, la expresión le remonta a la denominación que le impusieron desde los periódicos cuando hacían referencia al “día de los inocentes”, por lo que entiende que la prensa ya ha tomado partido en lo concerniente a su persona, y que le ha relacionado con ello, y, por consiguiente, le sigue culpando.
Se va del lugar lo más rápido que puede, desapareciendo de la vista de los curiosos que se han asomado al sonido de los gritos, y escapa hacia lugares más altos, donde quizás pueda encontrarse menos perseguido.
No es una noche como otra cualquiera. El aire, el ambiente, el conjunto le muestra su cara menos cómplice con la armonía de la noche, y la sensación de ser observado no puede quitársela de encima.
Por tres veces ha huido de las azoteas evitando que su presencia sea detectada y otras tantas no lo ha conseguido. Esta noche está jugando al gato y al ratón, y el juego le empieza a aburrir.
Para evitarlo, ha decidido no parar en ninguna, vagar sin rumbo para saborear la noche, sin preocuparse de ser visto u oído, fotografiado o grabado, hasta encontrar un lugar seguro y tranquilo donde pensar.
Le encanta pensar envuelto en la noche, en la oscuridad, arropado por su manto y protegido por él, mientras puede observar a su alrededor, como luciérnagas, las luces de los apartamentos que se encienden y se apagan en un caótico compás.
A quién le va a explicar que sólo busca una cosa, y es algo que ya no tiene remedio.
Como viene ocurriendo casi cada noche que sale, si le dedica el tiempo suficiente, la ciudad se encarga de suministrarle el entretenimiento necesario como para que no se aburra, aunque su vida dependa de ello.


Apenas ha transcurrido una hora desde que abandonó su refugio, cuando, en una azotea del centro, le han tendido una emboscada. Tiene suerte, pues quien ha ideado ésta jugada es la policía, lo que le concede un pequeño margen, pues su obligación es capturarle antes que matarle, la ley es muy concreta al respecto,  no pueden hacer uso de la fuerza si no es por seguridad personal o la de otros, y eso les obliga a no disparar antes de tiempo, antes de saber ni siquiera qué ha ocurrido. Si dependiera de los Moldonny, quizás estaría muerto antes de tocar la azotea, sin más. Al menos, aquí, tiene una oportunidad. 
Pero no puede permitirse por ello compasión, tiempo para razonar, comprensión de su parte, pues el margen es muy estrecho, y al menor movimiento, les dará la oportunidad, la excusa o la razón para abatirle. Es un ser diferente, extraño, no conocen nada de él salvo su cuerpo sorprendente, de color gris sucio, su tamaño inusual, su musculatura anormal, sus vestimentas estrafalarias, sin saber si responden a algún fin o banda, es un problema, al que se le imputan una serie de asesinatos y destrozos suficientes como para que no se le pregunte por nada. Además, las familias más influyentes de la ciudad estarán presionando para conseguir su captura, y todo ello, se está dilucidando en ese preciso segundo, en un solo instante.
Se queda inmóvil, petrificado, sabe, por experiencia, que en una situación así su mejor baza es no hacer ningún movimiento, y espera. Sin embargo, le da tiempo para poder sopesar la situación, pues tiene una opción a su favor con la que no cuentan, de la que nada se sabe.
Mira a su alrededor, despacio, intentando conocer la realidad de la amenaza hasta el final, y puede ver los edificios colindantes, cuatro de ellos, con policías apuntando directamente hacia él; incluso, puede ver cuantos son. Su privilegiada visión nocturna le permite controlar sus movimientos, su posición exacta, y entiende que está en el vértice de un conjunto de cinco edificios, uno de ellos frente a él, con cuatro policías con chaleco, bien situados y posicionados en la barandilla de seguridad.  
El edificio en el que se encuentra, está controlado por cinco más de ellos, todos a su espalda, y apuntándole directamente a la cabeza, aunque dos están arrodillados. Un poco más al oeste está el tercero, con tres policías, y hacia el noroeste se encuentran los otros dos, calculando que entre ambos le apunten siete u ocho más.
Calcula, además, que está a una altura de unos cuarenta y cinco metros, altura más que suficiente como para matarse si la caída es libre, si su opción fuera lanzarse al vacío.

Piensa:

¿Me dejo atrapar y pasar a manos de la policía, y suponer que la prisión en algún centro de máxima seguridad será tu casa a partir de ahora para siempre?
¿Me dejará el gobierno alguna vez libre, después de estudiarme concienzudamente, hasta arrancarme el alma a golpe de experimentación?
¿Puedes permitirte, después de todo lo que has pasado, de vivir en un depósito con el único propósito de mantener intacta la clandestinidad, de pasar calamidades diarias pudiendo robar lo que quisieras, puedes dejarte recluir pasivamente sin las respuestas que tanto ansías y que quizás, si no es por tu cuenta, nunca consigas responder?”
Intenta sopesar las opciones que tiene en estos precarios momentos.
Aunque le cueste la vida, juró no permitir que la ley, las fuerzas que dominan la ciudad o cualquier situación, controle su determinación, su naturaleza renovada y ansiosa de respuestas, y ante ello no le queda otra opción que actuar, como sea y de la forma que sea. Actuar e intentar salir de la situación lo mejor posible.  
Y salta, salta al vacío como nunca antes había intentado. Sabes que puede con alturas de entre quince y veinte metros. Lo ha probado, en alguna ocasión, rebotando entre las paredes de algún edificio adyacente, pero nunca como una caída desde tan alto, sin protección, sin escape.
Cuando cae, piensa en muchas cosas, a la vez que escucha los disparos de la policía que responde a su movimiento con el suyo. Tiene suerte y ninguna le roza, le hiere, aunque ese ahora es el menor de sus problemas y no le preocupa morir de un balazo, sino de la caída, pues al menos, si muere de ella, sus preocupaciones se acabarán rápidamente, pero puede romperte solo el cuello, o la espalda, y quedar a merced de sus atacantes para siempre, sin escapatoria, y sumido en un doloroso y eterno sufrimiento.
Mira al asfalto, con su vida anodina, sin estridencias, donde el paso de la gente sin rostro es eterno, como eterno es el ir y venir de coches por sus calles, sin reparar en lo que está a punto de ocurrir. Él es la excepción en un mundo de constantes cambios determinados por la rutina de los mismos. Generará en un segundo una cacofonía, una estridencia, acaso se convierta en una historia más como tantas otras con el tiempo necesario para pasar a ser tal.
El golpe contra un taxi es contundente, impresionante. Tuvo que saltar con un gran impulso hacia abajo, de forma que la policía no pudiera conseguir el ángulo ni el tiempo necesario para que fuera un blanco aceptable, y eso ahora le perjudica, pues esa fuerza, esa velocidad actúa en su contra.


El coche se para en seco, pues al golpear con su gran cuerpo su capó, genera una serie de inevitables secuencias en el equilibrado y articulado engranaje del movimiento ciudadano que no puede controlar.
El taxi se levanta casi un metro desde la parte del maletero, rompiéndose la luna delantera, trasera y el cristal de una de las ventanillas, el air-bag de seguridad del conductor le salva la vida, pero por su aspecto, las lesiones que le genera el accidente no son menores, el pasajero que llevaba en ese momento, le golpea con su brazo al ser lanzado por el aire desde el interior del vehículo e intentando salir por el hueco de la luna delantera. Está inconsciente, con cortes y aparatosa sangre en su rostro, pero vivirá.
La gente se para en seco, buscando lo ocurrido con la mirada y  rápidamente encuentra la causa. El resto de coches frena bruscamente a su alrededor, golpeándose unos a otros en un frenesí momentáneo de cláxones y estruendo de metal contra metal. Hay varios heridos.
La gente invade la calle intentando ayudar a unos y a otros, pues en unos pocos instantes el caos y el desorden han tomado cuerpo. Cuando, los que deciden intentar ayudar se acercan a él, se apartan enseguida al darse cuenta de quien es. Unos dan la voz de alerta a los siguientes, y en breve, la gente se arremolina a su alrededor, no por el afán de ayudarle, sino por la ocasión de ver en primera persona a la abominación, al monstruo al que los periódicos hacen referencia.
Todo lo que ve, lo hace con la visión deformada, pues el impresionante golpe le ha dejado semi inconsciente, con reacciones lentas y poco coordinadas, sin habla, y no puede darse cuenta de todo lo que está ocurriendo a su alrededor.
Apenas unos segundos para percatarse de que por encima de todo debe huir, que no puede permanecer más tiempo allí, después de lo que se ha jugado para escapar de la policía. Debe hacerlo por lo que tiene que conseguir averiguar, por las víctimas que puede que haya dejado atrás, por si mismo, así que, haciendo un esfuerzo sobre humano, intenta levantarse.
Sus movimientos son espesos, lentos, adormecidos, y empieza paulatinamente a conocer la dolorosa realidad de la que es parte. Su cabeza está a punto de estallar, sus sentidos apenas le permiten reconocer el entorno que él mismo ha creado, sus músculos le duelen como nunca lo habían hecho antes, y sin embargo, debe ponerse de pié y escapar de todo ello. Siente el mal que ha causado, aunque se está convirtiendo en su señal de identidad, pues cada noche acaba con un saldo negativo en su contra, a ojos de la sociedad, ajena e ignorante a las razones que le motivan a salir cada día, a recorrer la ciudad y sentir la vida a través de ella.


Saca fuerzas de flaqueza, se mueve por puro instinto, pues su cuerpo y su alma le piden gritar, un grito de dolor, de comprensión, de ayuda que no llegará, así que empieza a moverse. Su cuerpo se arrastra pesadamente unos metros, hasta que consigue levantarte, ponerte por fin erguido.
La gente que se arremolina a su alrededor, se deja un pasillo por el que te desliza, no por conducirle por una vía de escape, sino por temor, inseguridad, por mantener el espacio necesario que mínimamente les confiere la seguridad que necesitan para seguir mirando lo que ocurre sin ponerse potencial y físicamente en peligro.
Está de pié, y puede ver por encima de las cabezas de la gente, que los coches de policía se acercan rápido a la zona, pues las sirenas delatan su presencia. Corre torpemente hacia el primer callejón que se encuentra, y ayudado por su estatura y sus menguadas fuerzas, trepa como puede hasta escapar de la gente, del desastre causado, habiendo sido lo suficientemente precavido como para moverse en dirección contraria a los edificios llenos de policía.
No está a salvo todavía, pues le pisan los talones desde arriba, y desde la calle, que ahora está tomada por las fuerzas del orden.
Se encuentra mejor, un poco, la cabeza se despeja y nota que las fuerzas le vuelven lentamente. Está sorprendido, encantado, no por lo que ha creado, pues pudiera haber muerto gente, aunque no es una preocupación que le deprima, ya que la vida de la ciudad está llena de situaciones como ésta, donde estar en el lugar equivocado en el momento menos adecuado está a la  orden del día, sino porque lo que ha ocurrido lo ha decidido él de forma voluntaria y consciente, y asume la responsabilidad moral de lo que pudiera ocurrir, y además, ha sobrevivido.
Esa es la gran diferencia. En cualquier caso, le gustaría que no hubiera muerto nadie, ya que su intención no fue nunca esa, y las víctimas, espera que no pasen de ser temporales, y que puedan perdonar algún día. 
Con las fuerzas que ha reunido en los pocos minutos que han pasado desde la caída, puede hacer pequeños y poco arriesgados saltos, pero suficiente como para escapar rápidamente en dirección indefinida, y evitar que la policía pueda seguirle, pues cuando a lo lejos escucha helicópteros,  presume que son fuerzas de apoyo.
No sabrán encontrar su presa.
A pesar de todo, la noche sólo acaba de empezar y quedan muchas cosas en el aire.


Es Miércoles, así que se dirige a casa de Winwood, y esperará a que la hora fijada llegue, y con ella conseguir información útil de lo que tanto le interesa, y que hoy casi le cuesta la vida proteger.
Las sombras de su azotea le abrigan, y cuando consigue llegar hasta ella, cuando los minutos pasan y asume que nadie le ha visto, que reina la tranquilidad en la zona, se relaja y descansa. Mentalmente se reconoce, hace de si mismo un rápido examen físico para corroborar que no está herido o cualquier cosa que se le haya pasado por alto y da por bueno los moratones y golpes que recorren su cuerpo. Los músculos están cargados, dolorosamente henchidos, pero no tiene ningún hueso roto.
Cuando pasa el tiempo, cuando lleva en la oscuridad el tiempo suficiente como para que su respiración se torne rítmica y profunda, intensa, empieza a sentir verdaderamente el dolor de la caída, cuando sus pesados músculos se enfrían, es cuando empieza de verdad a conocer el alcance de lo que hizo. Paga con un dolor intenso y abrumador la hazaña que realizó, y cuando  Winwood y Stonsey salen a la azotea, como respuesta al acuerdo que alcanzó con el primero, le encuentran de rodillas, amarrándose el estómago en señal evidente de dolor y con la cabeza muy baja, vencido y entregado.
Stonsey se para; nunca le había visto, nunca había podido observar de cerca todo lo que su compañero le había contado de él, y ahora que tiene la oportunidad, un creciente temor le invade. Es real, e inverosímil. No es humano, tu aspecto al menos no lo indica, y eso le paraliza.
Está desvalido, vencido por una proeza que ellos no conocen, y aunque saben que por su aspecto es capaz de muchas cosas, no imaginan cuanto le ha costado esta noche llegar a la cita.
Intentan hablar con él. Winwood es el primero que le pregunta, que intenta una incipiente conversación que no prospera, porque no puede articular ninguna palabra.
Entonces, los mira, y sus ojos, su postura, les indican que ahora no es tiempo para  las palabras, para el diálogo. Necesita su ayuda, y si están de su parte, si han acudido a la cita, esperas que se la proporcionen.
Lo hacen, no sin antes otear a su alrededor y asegurarse que no son observados. Entre ambos, y con cierta ayuda del propio Ceres, le recogen del suelo y le llevan a su apartamento. Son precavidos, y a cada paso van poniendo todo su saber en el arte de la discreción y el escurridizo mundo de la clandestinidad, y consiguen entrarle en el apartamento sin que nadie les vea.
Le tumban en la cama, y poco a poco, entre contracciones, espasmos y dolores musculares, va relajándose, van perdiendo intensidad hasta que sus manos dejan de estar presionando su estómago, hasta que todo su cuerpo consigue situarse en una postura suficientemente cómoda y descansar.
Inconscientemente, hace tanto que su piel no nota la suavidad de una cama, el confort de una almohada, que pierde la noción del tiempo que lleva tumbado y, de verdad, por esta vez, descansa. Cuando despierta, han pasado treinta y cuatro horas, y los dos periodistas están a su alrededor.
Nota que el miedo que le tenía Stonsey ya ha pasado, pues ambos han tenido tiempo suficiente para observarle con detenimiento, para acostumbrarse a sus formas agigantadas y a su color grisáceo. Su cara no es para ellos algo repugnante, sino solo extraño y raro.
Es la hora de las explicaciones y las preguntas.
Se levanta y se siente bien; perfectamente. Su cuerpo se ha recuperado. Ha necesitado un tiempo imprescindible que le han proporcionado, arriesgando bastante para ello, y está agradecido. Nota hambre, mucha, y recuerda que lleva una eternidad sin comer nada, e intenta que sea esa la primera necesidad  satisfecha, antes de contestar las preguntas que por derecho se han ganado.
Cuando su apetito está saciado, sonríe por dentro pensando en la diferente degustación que pudo saborear el día que se introdujo por primera vez en el ordenador para buscar los nombres de los periodistas que cubrían el caso de la “matanza de los inocentes”, y lo mal que cocina Winwood, si a lo que hace en la cocina se le puede llamar así, porque el esquema clásico de soltero, solo, mal alimentado y mal cocinero lo cumple a la perfección. 
Está de pié, en el salón, sin apoyarse en nada, mirándoles, intentando construir las frases que  inicien  la explicación que debe dar, en justificar sus acciones, su estado dolorido y semi muerto en el que le encontraron, cuando la palabra pasa a ser de Stonsey, que ya no necesita encontrar fuerzas para dirigirse a él directamente:
Supongo que no debo presentarme, pues fue a mí a quien dirigiste tu primera nota, con la que contactaste con nosotros, aún a pesar de que empiezo a sospechar que en realidad me utilizaste para llegar hasta Winwood de una forma más segura.
Consideraré de momento el hecho como  cierto, y que puede que no me necesites, porque no pienso consentir que nadie juegue conmigo, con mi reputación, ni con mi capacidad. La elección fue tuya al principio, pudiendo decidir si necesitabas a uno de nosotros o a los dos, pero ahora interpreto la forma menos importante que el fondo y daré por hecho que llegando a uno sabías que llegarías  a los dos
”.
 –Intervino Stonsey, dejando ver su incipiente malestar.
Me gustaría saber, antes que nada, el significado de tu nombre, ¿qué es Ceres?, Y sobre todo, ¿qué busca exactamente?- Dijo Winwood.
Despacio, meditando la respuesta, se dirigió a él diciendo:
Dices que eres un gran profesional, y no lo dudo, pero no estás haciendo las preguntas correctas, las adecuadas. No debería preocuparte lo que soy, sino quién hace que lo sea, y quizás deberías priorizar las cuestiones que te plantean mi presencia, pues por encima de mis motivos, están los que crearon la tecnología para que exista..
Lo importante no es saber de mí, sino por qué existo, y si lo hago, ¿cuántos como yo pueden hacerlo?, ¿con qué fin? ¿cuáles son las verdaderas intenciones que esconde la creación antinatural de personas evolucionadas artificialmente?.
De todas formas, para tranquilizar tu conciencia, y en prueba de nuestra alianza mutua, te diré que mi nombre está tomado de la semejanza que existe entre el primer asteroide que el hombre pudo observar, y que dio paso a cientos de ellos con el transcurso del tiempo, descubriendo y abriendo ante él un mundo, un universo nuevo de cuerpos celestes, de naturaleza nueva que de pronto empezó a ser importante en un mundo que desconocía su presencia y vivía ajena a ella. Yo soy como ese primer asteroide, que abrirá el camino a, me temo, a muchos otros seres que serán desarrollados por quien domina esta extraordinaria tecnología y hará cambiar la forma, las creencias y el estilo de vida de la tierra entera.
El  mundo, para bien o para mal, tiene un antes y un después a partir de mí.
Ahora, sólo basta con que sepáis que mi interés por el “día de los inocentes”es personal, y nada tiene que ver con la verdadera razón que me hizo contactar con vosotros, y que está por encima de todos nosotros.
Debemos intentar descubrir qué tipo de fuerza es capaz de hacer lo que veis, y si ello es bueno o malo. Puede que yo sea el éxito o el fracaso de un experimento, pero debemos intentar que no se esté engendrando un monstruo social, un ente con poder suficiente como para que el mundo se encuentre desvalido antes de poder enfrentarse a él.
Las familias mafiosas de la ciudad, contra esta amenaza, no tienen ninguna importancia, pero son una cortina de humo excelente para justificar el movimiento que necesito para que mi presencia no sea olvidada, dejada de lado, eliminada por las fuerzas sociales afines o controladas por quién me creó, y, después de todo, no se pierde nada ayudando a la gente normal y corriente a devolver el golpe que cada día debe encajar.
No soy la respuesta a nada, pero mi existencia es suficiente para formular nuevas  preguntas
”.
- Sentenció Ceres, intentando de esta forma sincerarse con ellos y abrir el camino hacia sus verdaderas intenciones, hacia sus motivaciones reales.
Tomó la palabra Winwood:
Nos pides que vivamos para ti, para ser tus ojos, tus bibliotecarios, tus intermediarios y puede que tus chivos expiatorios si alguien acaba conociendo nuestra relación.
¿Acaso crees que un hombre sólo, por muy fuerte que sea, por muchos metros que salte, es capaz de cambiar algo, de ser el ariete contra los que han forjado sus fortunas a golpe de crueldad y dominación?
”. – Intervino de forma totalmente coherente y razonable el periodista.
Y si así fuera, ¿No deberíamos considerar la responsabilidad de intentarlo?, ¿No es infinitamente peor no hacer nada?
“Somos lo que somos y podremos hacer lo que podamos, pero el mundo se merece que seamos su frente, su primera defensa, aunque no sirva para mucho. De momento, no sabemos quien está detrás de todo esto, y por lo que a mí respecta, puede ser el propio gobierno quien está experimentando en busca de nuevas defensas, de soldados de alto nivel o qué sé yo, por lo que no puedo dirigir mis pasos confiados a nadie con representación social a sus espaldas.
Vosotros Representáis a la voz que llega al pueblo mismo, sois quienes, si caigo, pueden dar el conocimiento social de mi presencia, de mis motivos, y descubrir documentalmente que plan está detrás de todo esto. Sois la prensa, y el mundo sabrá lo que ocurre por vosotros.
El riesgo es muy grande, pero la responsabilidad también
”. – Contestó Ceres, buscando la mejor respuesta que pudo encontrar para no perder la posición dominante. No puede permitirse que no acepten, que las dudas, el temor a lo que pueda pasar, o tantas otras razones le dejen  sin aliados, nuevamente en soledad frente a todos. Necesita desesperadamente que formen equipo con él.
Después de todo lo dicho, se miraron entre sí y un silencio infinito, de varios segundos, confirmó la convicción de que el camino que han comenzado a andar es el adecuado, el correcto. Ese silencio se convirtió en la forma más expresiva de todo lo que habían dicho, de todas las razones expuestas, comentadas, y servirá como sello para cimentar una alianza que será sólida y perdurable, aun a pesar de las duras pruebas que el futuro planea para ella.
Ceres busca nuevas respuestas, pues ahora confía en sus nuevos aliados plenamente, ya que durante las treinta y cuatro horas que ha estado inconsciente, recuperándose del dolor que le ocasionó la caída que tuvo que elegir para no perder la clandestinidad, y quizás su vida; podían haberle delatado, entregado a las fuerzas policiales, a la familia Moldonny, e incluso a la prensa, con lo que se habrían convertido en millonarios de la noche a la mañana, con un simple pero traicionero acto, pero no lo hicieron, y eso, por ahora, les convierte en sólidos aliados.
Pregunta por los resultados que la semana anterior encargó, en lo referente al lugar donde poder esconderse con seguridad, y al resto de las cosas que se pactaron.
Algunas las hemos conseguido, y otras no.
La zona norte de la ciudad, es un lugar adecuado para alguien que necesita soledad, independencia, nula relación con los vecinos y discreción. Hemos elaborado un plan, de forma que el apartamento que te hemos conseguido, bastante caro, es un espacio apenas amueblado, ideal para alguien de tu tamaño, con espacio abierto, y donde las dependencias dominan casi el total de ésta,, lo que concede un libre acceso a la azotea, tanto por las escaleras como por la claraboya que permite la iluminación natural al salón y es el centro del mismo.
Tiene portero, y eso filtra muchas de los curiosos que intenten el acceso al mismo, o al edificio, que cuenta con veinticuatro plantas.
Ha sido registrado a nombre de ANTHONY MILTER STERVORMIG, de origen irlandés, y nacionalizado búlgaro, marchante, cuya ocupación se centra en las antigüedades y la compraventa de objetos antiguos. Su ocupación principal le obliga a estar mucho tiempo viajando, lo  que  justifica que el apartamento esté largos períodos de tiempo vacío, sin levantar sospechas.
Ha sido alquilado por medio de una sociedad, a su nombre, creada en FRANCIA como sede principal, y cuyo nombre corresponde a SERECSA GALERIES, con delegaciones en  ESPAÑA y ALEMANIA, siendo de ésta última la propiedad del alquiler del apartamento, y cuyo contrato se ha formalizado mediante una  compañía de alquiler norteamericana, activa, legal y en perfecto orden, habiendo sido pagado al contado.
Es difícil que le sigan la pista, si no se levantan sospechas sobre él.
Está alquilado por seis meses, tiempo suficiente para que el propósito del mismo cumpla con su cometido. En cuanto al ordenador, tienes todo lo necesario, activado, y en perfecto uso.
Las claves y los lugares de la Internet donde contactaremos te lo daremos más tarde, y por lo demás, corre de tu cuenta que seas descubierto o no.
Contactar con la CIA, es muy complicado, sin un perfecto plan que encubra nuestra presencia, por lo que creemos que lo mejor es informarte del agente responsable del caso, y seas tú mismo quien contacte con él, de forma que nos mantengas al margen en cuanto al primer plano, siguiendo todo lo relacionado con el mismo desde las sombras
”.
 – Explicó Stonsey de forma apasionada, pues había sido él quien se había llevado las gestiones para realizar todo el papeleo necesario.
Quizás sea mejor así. No debéis arriesgaros más de lo necesario, y las miradas de todos deben enfocarse hacia mí. Sólo os digo que, en el futuro, puedo necesitar vuestra ayuda, y puede depender de ello la vida o muerte, no sólo mía, sino de otros, y si fuera así, espero contar con vuestra ayuda tan efectivamente como hasta ahora.
La honestidad en nuestra relación es la clave de su éxito. Confío en ello.-
Os mantendré informados. Si necesitáis contactar, recordar nuestro sistema. Cada miércoles a la misma hora en el mismo sitio, Internet como escenario de información y tu artículo diario, empezándolo con la letra “C”, si la urgencia la requiere
”. – Dijo Ceres, que de esta manera agradeció el apoyo, la discreción y la alianza que por fin se constituía como cierta.
Después de decir eso, recogió la información necesaria, la dirección de su nueva guarida, las claves de acceso al ordenador y buscó las sombras que le son tan familiares en la azotea. No deja que le sigan, pues no conviene que la reunión de los tres sea más extensa que lo estrictamente necesario, y sin añadir nada más, se escabulló en la oscuridad dejando tras de sí a dos personajes sumidos en sus pensamientos y en sus inseguridades sobre dónde se están metiendo y si estarán a la altura de lo que sus mentes les exigen.

 El tiempo lo dirá.