<%@LANGUAGE="JAVASCRIPT" CODEPAGE="1252"%> EL PRINCIPIO DEL CAOS

EL PRINCIPIO DEL CAOS

 

 

El representante de las fuerzas de NEGANTROPÍA sabe como buscar.

Desde incontables milenios ha desarrollado su poder hasta alcanzar límites donde ningún ser, individualmente, puede o podrá llegar jamás.

Se sabe único.

Desprovisto de toda compasión o debilidad que le aleje de su destino, cualquier valoración ajena a  su objetivo principal nunca será contemplada, y no solo porque en su naturaleza está la persecución de ese fin, sino porque con el tiempo como aliado y la experiencia de infinidad de posibilidades a las que ha dado realidad, saborea cada instante de su existencia y ama lo que hace.

 La falta del concepto tiempo para la búsqueda infinita de las potencialidades de cada ser y su explotación, la certeza de conseguir que el camino que los seres que elige hacia la definitiva consumación del desarrollo de tales poderes, el sentir como ese poder los consume y los convierte, los transforma hasta que cualquier otra consideración fuera de la búsqueda de mas poder no tenga sentido, lo alimenta y lo mantiene vivo.

Vive para la posibilidad de tocar la esencia última de las cosas y observar su infinitud en el reflejo de los seres elegidos.

Si esto no ocurriera, es por la debilidad del elegido, no por la potencialidad en sí misma.

Odia con toda su esencia a ENTROPÍA, por su elección para la limitación de las posibilidades, porque sabe que nunca alcanzarán la plenitud, por ende infinito, de la esencia de las cosas ya que en ellos está la propia finitud de éstas, porque el desarrollo natural de la naturaleza no tiene conciencia de sí misma y en función de ello realiza el siguiente paso, porque la mera elección es una clara delimitación a la plenitud y, sobre todo, porque en la persecución del poder absoluto, ellos le limitan a él, porque los necesita para su propia supervivencia.

Él no elige, no usa su poder para descubrir quien está más abierto a la necesidad de alcanzar la percepción de su propia esencia, él encuentra seres que buscan por si mismos sentir el poder en su estado más brutal y primitivo, más arcano y puro y les abre un camino al que antes no tenían acceso. Y eso le beneficia.

El camino hacia el poder no puede tener conciencia, ni recuerdos, ni remordimientos, ni cualquier determinante que limite o paralice la total sumisión hacia el objetivo final.

Todo movimiento dado es fruto de la necesidad de avanzar, sin limitar su campo y, sobre todo, sin plantearse sus consecuencias, pues éstas son necesarias y deben ser vistas de forma arbitraria.

Él es MORTOLORD.

Detecta de inmediato multitud de formas que le son favorables para sus intereses como

La envidia, la búsqueda ciega del poder político y económico, la manipulación para el dominio del poder religioso del mundo que le toca estudiar, pero todas ellas son, en suma, banales y superficiales, limitadas y finitas.

El busca necesidades más profundas y amplias, más universales, más atemporales.

Las encuentra, sin embargo, con sorprendente rapidez y en multitud de individuos, lo cual le sorprende durante un momento, y le regocija porque, en su largo viaje nunca había encontrado un mundo tan lleno de seres capaces de tomar tantos y tan variados caminos.

De entre todas ellas, se concentra para extrapolar aquella que más fielmente sirva a sus planes, a sus proyectos, que más seguridad le dé para que se convierta en el más vital representante de su propia búsqueda y, lo encuentra.

Encuentra un ser cuya alma apenas puede distinguirse por sí misma. Toda su esencia está doblegada por el odio hacia todo y todos. Odia a la humanidad por encima de sí mismo, y su furia interior se siente encajonada, encerrada, hostigada por su necesidad de venganza. Ésta  hace tiempo que ya ha colmado toda su capacidad de concentración, de percepción de la realidad y no espera vivir o morir, sino cambiar todo lo que siente, no sabe lo que es un futuro, sino que espera tener tiempo suficiente para conseguir que nadie lo tenga. Se siente odiado, se odia a sí mismo y clama una venganza general contra la esencia de las cosas.
Es un asesino. Y no se arrepiente de ello.

No tiene conciencia de todos los inocentes a los que ha dado muerte y tampoco tiene ningún recuerdo hacia ellos. Odia a la humanidad y cada muerte es representación de su venganza global, de su necesidad de demostrar a todos y a él mismo que quiere destruir todo lo que rechaza para encontrar su paz o, al menos, para que su rencor se vea recompensado.

Sin embargo, va a morir. Ha sido condenado por las fuerzas del orden nativas y será ejecutado en breve.

Será el elegido para la causa de NEGANTROPÍA.

MORTOLORD comienza como tantas veces a vertebrar un plan maestro de victoria final contra las fuerzas arcanas de ENTROPÍA.

 Estudia con más detenimiento al ser que ha elegido para sus fines y da rienda suelta a su imponente y terrorífico poder otorgado por sus congéneres de NEGANTROPÍA, fruto de la unión psíquica, espiritual e intelectual de todos los miembros de su especie, un único intelecto, capaz de relacionar a todos y cada uno de los individuos en uno solo y ampliar las cualidades individuales en beneficio del conjunto.

Solo unos pocos seres especialmente poderosos, seleccionados por el ente denominado NEGANTROPÍA, han sido dignos de materializar la esencia de toda la especie en ellos, y esos individuos son herramienta del ente, aunque pueden tener decisiones propias, en beneficio de la causa final y, siempre, en subordinación al conjunto.

Empieza a materializar una estrategia digna de su altura y su casi infinita capacidad para la batalla; estudia al individuo elegido.

Reconoce la especie humana como seres capaces de realizar todas las acciones que deseen, sin limitaciones de ningún tipo, siempre que el fin que persiguen sea lo suficientemente poderoso como para que todo su interés, tiempo y dedicación, sea esencial para el individuo.

Pero su naturaleza  les ha dotado de un arma natural de defensa de la especie y en contra de los individuos que la componen: la extremada severidad de la temporalidad de su existencia. El tiempo juega en su contra, pues la especie se defiende de los individuos que la componen  haciendo que mueran en un intervalo de tiempo suficiente como para que ésta pueda corregir los errores que la línea de acción modifique, o ponga en peligro su propio destino.

Necesita que su campeón tenga una presencia lo suficientemente larga como para que todo lo que se espera de él pueda ser realizado y, en definitiva, el plan global no se vea afectado por algo tan pueril, insensato e intrascendente como la naturaleza intrínseca de cada elemento que lo compone.

MORTOLORD está acostumbrado a estudiar todos los puntos, los nexos que componen cada uno de los infinitos planes estratégicos que durante una eternidad ha desarrollado y que casi siempre ha visto recompensado con el éxito del mismo y con la huída de su odiado ENPROPÍA, aprendiendo cada vez a cercar más y más a su enemigo hasta conseguir que sus congéneres sean mas fuertes, mas ansiosos de la victoria final y más desesperadamente  implacables.

Su responsabilidad es grande, pero grande también es su deseo de alcanzar la inmensidad del poder absoluto, de tocar psíquicamente la capacidad de construir un orden nuevo de las cosas en todos los universos conocidos, reemplazar las leyes que los rigen para que beneficien al ente, en definitiva, conseguir llegar hasta donde ninguna conciencia ha conseguido llegar jamás.

Sabe que cada vez que realiza un plan de acción pone en peligro al ente, pues el riesgo de que algo salga mal conlleva el fortalecimiento de su contrario y, aunque nunca ha considerado que podría perder en la contienda, le asquea la idea de que esto ocurriera, pues significaría el alejamiento temporal de lo que él  cree su destino.

Elegido un campeón, debe desarrollar el plan que permita llegar a la lucha final con las mejores condiciones para éste y en el momento más adecuado.

Lo principal ahora es alimentar a su especie, pues desde que la batalla en DORMOR llegó a su fin, el ente no se ha alimentado de las energías resultantes de las confrontaciones individuales y sus congéneres reclaman su cuidado.

Busca un individuo brutal, de intelecto escaso y acostumbrado a sobrevivir en cualquier situación, donde la presencia de las fuerzas de seguridad humanas no supongan para él un impedimento para conseguir sus fines inmediatos y le encuentra en la figura de un hombre cercano a los muelles de Nueva York, buscado por la policía por el asesinato de un traficante de drogas del que se dice, era su socio en turbios negocios a espaldas de la sociedad, y le acepta.

No es importante.

No necesita que adquiera la esencia del ente pues es prescindible. Será utilizado para un único plan, para una única causa  y después dependerá de él su propia supervivencia, pues su objeto reside en hacer salir a la luz al campeón de ENTROPÍA, y forzar una batalla que, aunque se pierda, generará ineludiblemente una cadena de luchas cuyo fin principal es el fortalecimiento de ente NEGANTROPÍA, y en segundo plano conocer las habilidades con las que su arcana y odiada Némesis  ha dotado a sus elegidos.

MORTOLORD no se molesta en estudiar a este sujeto, pues su objeto radica en sacar a la luz a los representantes de su enemigo y para ello solo necesita que éste realice el mayor daño posible, en un corto espacio de tiempo y donde las fuerzas del orden locales se vean superadas por las nuevas formas de actuar de este, y con el tiempo otros, sujeto con “poderes” especiales y habilidades nuevas que hasta ahora nunca se habían visto en este primitivo y, a la vez, interesante planeta.

Ese es su terrible poder. Dotar a cualquier ser vivo de impresionantes y antinaturales dominios de las fuerzas propias de su mundo y de la naturaleza de las leyes que lo rigen.

Elige para este nuevo paladín la más baja y la vez efectista forma de dominación: la fuerza bruta.

Le dota de una fuerza descontrolada y brutal, una furia nacida de la posibilidad de conseguir todo lo que quiera o piense sin que puedan dominar su ímpetu, y donde todo su odio, todo su rencor hacia la forma de vida que le había tocado vivir hasta ese momento, adquiere sentido en forma de venganza.

Hace que se vea cercado por las fuerzas nativas y sin salida o vía de escape, donde la única posibilidad real que le queda sea su auto eliminación, provocada o forzada, o entregarse y rendirse a ellas.

Es el momento.

Con un mínimo esfuerzo, con un solo e ínfimo pensamiento, nace la criatura que se conocerá con el nombre de  CERES.

CERES hace lo esperado. Arranca con una impresionante y sobrecogedora  carga hacia las fuerzas del orden y arrasa todo cuanto está en su camino. No repara en nada ni en nadie. Apenas se puede decir que la batalla ha comenzado cuando su fin es lo único que se tiene por seguro. Ante sí un desolador panorama de destrucción y muerte, de ruina y desolación que enmudecería a cualquiera, por muy endurecido que se sea y, que a MORTOLORD consigue sacarle una mueca de agrado. Siente que estas criaturas se ajustarán a sus planes perfectamente y que quizás Éste sea el último planeta por donde vagar en busca de la victoria definitiva, donde ENTROPÍA  será por fin derrotada.

Ceres no puede creer lo que ha ocurrido. Se siente impresionantemente fuerte, capaz de cualquier cosa y de enfrentarse a cualquiera. Ahora todo lo que siempre ha querido, todo lo que le apetezca está a su alcance. No sabe qué ni cómo ha ocurrido, pero tampoco le importa demasiado. Sólo da gracias al cielo, si eso fuera real, por ser a él a quien le ha pasado. Ahora el mundo está en sus manos. O eso cree.

Pero los años de persecución policial, la discreción de las acciones ilegales que está acostumbrado a realizar, la peligrosa e insegura vida de quien ha tenido que sobrevivir durante años en sitios y en ambientes donde nadie se atrevería a cruzar por sus calles, le ha hecho ser prudente, y esa reacción casi instintiva le hace abandonar el lugar devastado segundos antes.

Necesita esconderse de inmediato para razonar todo lo que le ha ocurrido, lo que le está pasando y, sobre todo, porque la policía le conoce y aunque ahora no tiene miedo a nada ni a nadie, necesita elaborar un plan para saborear los nuevos pasos que esta situación tan extraordinaria le brinda.

Sin embargo, es ahora cuando repara en su aspecto. Dios, lo que ve le paraliza todos los músculos, le deja sin habla y siente pánico.

Espera que sea temporal, que sea fruto de esta situación tan extraordinaria, de hecho lo ansía desesperadamente, pues su aspecto es grotesco e infernal, e intenta relajarse, se esconde entre las cajas de un callejón entre los almacenes del puerto; sabe que nadie en su sano juicio iría allí bajo ninguna circunstancia y se siente relativamente a salvo de momento.

Pasan las horas.

Se relaja. Descansa. Espera. Piensa. Se duerme.

Cuando despierta, su primer pensamiento es un relámpago de imágenes e impresiones agolpadas en su memoria, sin tiempo para deshacer la madeja temporal que las agolpa, un torbellino de sensaciones a las que no está acostumbrado.

Pero es solo un segundo. Esta nueva corporalidad, esta extraña manera de encontrarse con la realidad apenas le perturba, pues durante años ya se ha encontrado en situaciones difíciles, complicadas y siempre ha salido airoso de todas ellas, a cualquier precio y a toda costa. No tiene familia, ni amigos, ni siquiera un animal a quien acercarse de forma amistosa. No teme a nada ni a nadie porque no tiene nada que perder, ni posesiones que mantener ni personas a las que proteger.

Recuerda, sin embargo, que su colosal y nueva fuerza, también tiene un precio que pagar, como todo en la vida. Y no le asombra. Siempre ha pagado por todo lo que le ha pasado, hasta por vivir está pagando desde que nació. Nunca le han regalado nada y ahora tampoco y espera que pase. Sin embargo, el precio es muy alto; es demasiado cruel, injusto, pues él no ha pedido este cambio, si conlleva ser un  proscrito para siempre. Sabe que hasta ahora, cuando su condición le hacía serlo, siempre tenía una salida de esa situación, mantenía la esperanza de que un golpe de suerte cambiara su vida y le permitiera salir de la miseria en la que permanentemente se encontraba, pero su aspecto era igual al de cientos, miles de seres que como él se encontraban en situaciones parecidas.

Su aspecto era como el de los demás. Sus acciones, sus actos no.

Pero ahora su terrible y deformado rostro le marcará allá donde vaya, siempre le señalarán con asco y desprecio, con recelo y miedo, nunca podrá ser alguien que se difumine entre las sombras o pase desapercibido entre la multitud.

No está preparado para algo así.

Se pregunta a quien echará la culpa de su situación, de su aspecto, de destrozar su vida desde una perspectiva que nunca se había planteado. Busca respuestas desesperadamente.

Es una persona fría, calculadora de lo inmediato, acostumbrada a dominar todas las situaciones que le rodean, y sin embargo, esto le supera. Quiere escapar pero no sabe dónde podría ir, dónde esconderse de esta realidad que, a pesar de todo, considera en cierta manera un don, una gracia otorgada pero increíblemente retorcida y maliciosa.

Se tranquiliza lo suficiente como para retroceder mentalmente a todos los instantes de las últimas horas y empieza a buscar las respuestas que necesita.

Incauto.

MORTOLORD estudia las reacciones de su nuevo experimento, espera que en cualquier momento explote en brutal y exponencial expresión de fuerza pura y la concentre en cualquier dirección que implique la destrucción masiva  y suficiente como para que el paladín de su némesis salga a la luz...  por fin.

¿Por qué debe salir a la luz? ¿Por qué no esperar a una mejor ocasión?

De sobra sabe que ENTROPÍA no puede negarse a la lucha. Está sentenciada y condenada a batirse una e infinitas veces hasta que alguna de las fuerzas igualadas consiga encontrar el punto de inflexión que decante la batalla hacia su bando y obligue a la otra a una eternidad de doblegación, de inmenso dolor sacrificial, pues su agonía en lento mantenimiento de la existencia es suficiente para verse obligado a mantener la vida en todo su esplendor del oponente ganador. Y eso no solo conlleva la muerte sistemática de la esencia perdedora, sino el cambio de las fuerzas y reglas que rigen el orden natural de las cosas, convirtiendo todo lo que es y lo que será en supeditación a una mente  sin recuerdo, sin clemencia y sin justicia.

También es para él obvio que ENTROPÍA debe alimentarse, porque el suicido no tiene cabida, es imposible, pues no existe una fuerza lo suficientemente poderosa como para que la total aniquilación, la extinción masiva y total de todos y cada uno de los integrantes de esta odiada fuerza, desaparezcan. Si así  ocurriera, la victoria llegase igualmente.

Hasta ahora, siempre ha puesto especial cuidado en no dejar ningún superviviente en otros planetas, en antiguas batallas donde ya no se debatía el final de una era de igualdad o la posibilidad de una victoria total, pues un error de esa magnitud se paga con la agonía eterna.

Sin embargo, hasta el final de la tan ansiada batalla no se sabrá definitivamente si es una realidad o el engaño maestro y final del enemigo.

MORTOLORD reconoce a los seres evolucionados, sin importar cual de las dos fuerzas lo ha creado, tal es su inmenso poder. Sin embargo, no puede discernir la naturaleza ni el lugar donde se manifiesta dicho estado, por lo que cada paladín debe presentarse por sí mismo a la batalla y demostrar su poder o poderes para su reconocimiento.

La estrategia cada vez se complica más en cada nuevo lugar que visitan.

MORTOLORD siempre está preparado para cualquier cosa. Es su naturaleza, es su estado continuo, perpetuo de constante tensión. Nunca se cansa de buscar, de planear, de atisbar las esencias de los seres nativos del planeta  para descubrir, quizás, el individuo perfecto, el ser que contenga en sí mismo la pureza primaria, el que te ofrezca el germen preciso de equilibrio entre las potencialidades inherentes a su naturaleza y la capacidad para asumir la responsabilidad de dominar las fuerzas infinitas y puras del vasto universo. El siempre espera. Infinitamente paciente. Infinitamente ansioso.